Hoy martes, febrero 03, 2026
Oro (oz) ...
Bitcoin ...

Desmitificando la Igualdad: Por Qué la Justicia Social Es una Falacia Intelectual

Justicia Social
Justicia Social

El concepto de igualdad domina el discurso político contemporáneo con una fuerza casi religiosa. Políticos de todos los colores prometen «igualdad de oportunidades», los intelectuales claman por «justicia social» y los Estados modernos destinan billones a programas redistributivos. Pero, ¿qué ocurre cuando sometemos estos conceptos a un análisis riguroso? El economista Miguel Anxo Bastos ofrece una crítica devastadora que merece atención seria: la igualdad es un concepto matemático que no tiene cabida legítima en las ciencias sociales.

La igualdad como error categorial

El primer problema con el igualitarismo contemporáneo es fundamentalmente epistemológico. La igualdad pertenece al dominio de las matemáticas, donde dos más dos siempre equivale a cuatro. Trasladar este concepto al ámbito de la política y la economía constituye lo que los filósofos denominan un error categorial: aplicar conceptos de un dominio donde tienen sentido a otro donde carecen de él.

Las ciencias sociales estudian la acción humana, y los seres humanos son radicalmente únicos. Diferimos en inteligencia, belleza, salud, carácter, talentos y circunstancias. Estas diferencias no son accidentes que corregir, sino características constitutivas de nuestra naturaleza. Pretender igualar a los seres humanos es tan absurdo como pretender que todos los árboles tengan la misma altura o que todas las piedras pesen lo mismo.

El espejismo de la justicia cósmica

Thomas Sowell introdujo el concepto de «justicia cósmica» para describir la pretensión de corregir todas las desigualdades naturales. Bastos retoma esta idea con claridad meridiana: el mundo no es justo ni injusto en abstracto. La justicia solo puede predicarse de acciones deliberadas.

Si alguien roba usando la fuerza, comete una injusticia. Pero si alguien nace enfermo mientras otro nace sano, eso no constituye injusticia alguna. Es una desgracia, ciertamente, pero no hay culpable. Nadie decidió deliberadamente que esa persona naciera con determinada condición. Confundir las desgracias naturales con las injusticias humanas es el error fundacional del igualitarismo.

Esta confusión tiene consecuencias devastadoras. Si toda desigualdad natural es una «injusticia» que el Estado debe corregir, entonces el poder estatal no conoce límites. Cualquier diferencia entre personas —de talento, de esfuerzo, de suerte— se convierte en pretexto para la intervención coactiva.

La imposibilidad de la igualdad de oportunidades

Uno de los conceptos más invocados para justificar la intervención estatal en la educación y la economía es la «igualdad de oportunidades». El análisis de Bastos demuestra que este concepto es intrínsecamente incoherente.

Las oportunidades no son entidades abstractas que flotan en el vacío. Son siempre oportunidades para algo específico, en un contexto determinado, para personas concretas. Una joven con talento para la ópera china en Ciudad de Guatemala tiene pocas probabilidades de descubrir su don, simplemente porque allí no existe la infraestructura cultural para detectarlo. Esa misma persona, nacida en Beijing, podría convertirse en una estrella.

El ejemplo es revelador: poseemos talentos que nunca descubriremos porque nacimos donde nacimos, cuando nacimos, con la familia que tuvimos. Alguien podría ser un genio del GO, un brillante piloto de Fórmula 1 o un virtuoso del ballet, pero jamás lo sabrá porque nunca tuvo acceso a esas actividades. Esta realidad es irreductible. Ninguna política estatal puede igualar las oportunidades porque las oportunidades están determinadas por infinitos factores que escapan a cualquier planificación central.

La contradicción del redistribucionismo selectivo

Bastos expone una contradicción devastadora en el corazón del programa igualitarista: ¿por qué redistribuir solo la renta y no otros atributos?

La inteligencia, la belleza, la salud y el carácter son heredados y no merecidos, exactamente igual que una herencia monetaria. Sin embargo, los igualitaristas proponen redistribuir el dinero mientras potencian las desigualdades intelectuales. Al más inteligente se le dan las mejores escuelas, las mejores becas, las mejores oportunidades. Al menos dotado intelectualmente se lo abandona.

Si el criterio fuera realmente la igualdad, habría que enviar a los más inteligentes a las peores escuelas y a los menos dotados a las mejores universidades. Habría que prohibirle leer al más listo y darle bibliotecas enteras al más limitado. Por supuesto, esto es absurdo. Pero igual de absurdo es pretender que la redistribución de renta sea moralmente obligatoria mientras la redistribución de inteligencia no lo sea.

La renta que obtienen las personas depende de múltiples factores: herencia, habilidades intelectuales, salud, talentos artísticos, capacidad retórica, belleza. Todos estos factores son «inmerecidos» en el sentido de que no los elegimos. Entonces, ¿por qué obsesionarse únicamente con redistribuir dinero?

El interés de clase de los intelectuales

Bastos ofrece una explicación sociológica de por qué el igualitarismo triunfa pese a sus contradicciones evidentes: sirve a los intereses de clase de quienes lo promueven.

El intelectual típico posee inteligencia abstracta y capacidad de escribir y hablar persuasivamente. Lo que no posee es capacidad para generar riqueza en el mercado. Le resulta intolerable que un carnicero, un vendedor, un comerciante, gane más dinero que él pese a su supuesta inferioridad intelectual.

La solución: diseñar un orden social donde gobiernen los sabios, los técnicos, los planificadores. Un mundo donde la capacidad de escribir artículos, dar conferencias y elaborar teorías sea más valorada que la capacidad de satisfacer las necesidades del consumidor.

Por eso los intelectuales igualitaristas critican la desigualdad de rentas pero defienden la desigualdad de inteligencias. Por eso quieren un Estado que redistribuya dinero pero que financie universidades de élite. Su programa no busca la igualdad genuina; busca un orden social donde ellos ocupen la cúspide.

El capital erótico y la supervivencia de los más guapos

Bastos recomienda dos obras que iluminan las dimensiones ocultas de la desigualdad natural: La supervivencia de los más guapos de Nancy Etcoff y Capital erótico de Catherine Hakim. Estos estudios documentan exhaustivamente las ventajas que obtienen las personas atractivas: mejores empleos, mayores ingresos, más amistades, mayor influencia social.

Las personas feas enfrentan desventajas sistemáticas que ningún programa estatal puede corregir. ¿Es esto «justo»? La pregunta está mal planteada. No hay agente responsable de estas diferencias. Son simplemente parte de la condición humana.

Estos estudios demuestran que la desigualdad más profunda no es económica sino existencial. Pretender que el Estado pueda crear «igualdad de oportunidades» cuando no puede igualar el atractivo físico, la inteligencia o el carácter revela la futilidad del proyecto igualitarista.

Las redes sociales y el factor relacional

Uno de los factores más determinantes del éxito o fracaso personal escapa completamente al control estatal: las relaciones personales. Con quién andamos, quiénes son nuestros amigos, quiénes nuestras parejas constituye probablemente la decisión más importante de nuestra vida.

Buenos amigos que nos impulsan hacia arriba, que nos inspiran a trabajar y mejorar, pueden ser la diferencia entre el éxito y el fracaso. Amigos que nos arrastran al vicio, la droga o la mediocridad pueden arruinarnos. Esta dimensión relacional de la existencia humana es radicalmente inigualable.

El Estado puede proveer la misma escuela, pero no puede proveer los mismos compañeros de clase. Puede ofrecer el mismo currículo, pero no los mismos profesores ni la misma dinámica de aula. Aun cuando igualara perfectamente los recursos materiales, las diferencias humanas persistirían y generarían resultados desiguales.

La experiencia comunista como refutación empírica

La historia del siglo XX ofreció un experimento natural sobre las consecuencias del igualitarismo llevado a sus últimas consecuencias. El comunismo soviético, especialmente en su período de «comunismo de guerra» entre 1918 y 1920, intentó la igualdad radical mediante la nacionalización total.

El resultado fue la caída de producción más grande registrada en la historia escrita. Nunca antes había colapsado una economía de manera tan catastrófica. El experimento demostró empíricamente lo que la teoría austríaca predecía: sin propiedad privada y precios de mercado, el cálculo económico racional es imposible.

La socialdemocracia posterior aprendió parcialmente esta lección, abandonando el marxismo ortodoxo en el Congreso de Bad Godesberg de 1959. Pero mantuvo la pretensión igualitaria en forma atenuada: el Estado de bienestar. Hoy, aproximadamente la mitad de las economías occidentales pasa por manos estatales. El igualitarismo moderado triunfó donde el radical fracasó.

Los derechos de ciudadanía como innovación ideológica

El Estado de bienestar se justificó mediante una innovación conceptual: los «derechos de ciudadanía». Pensadores como T.H. Marshall, Beveridge y Titmuss introdujeron la idea de que todo ciudadano tiene derecho a ciertos bienes y servicios provistos por el Estado.

Friedrich Hayek dedicó un volumen entero de Derecho, legislación y libertad a demoler el concepto de «justicia social». Demostró que atribuir justicia o injusticia a los resultados impersonales del mercado constituye un error lógico. El mercado no es un agente que distribuya bienes según criterios morales; es un proceso donde millones de personas intercambian libremente.

Pero como explica Bastos, las filosofías triunfan no por su verdad sino por su funcionalidad. El igualitarismo es funcional para políticos que prometen redistribución, para burócratas que administran programas sociales y para intelectuales que diseñan políticas. Que sea intelectualmente incoherente resulta irrelevante para su éxito político.

Conclusión: la igualdad como tiranía disfrazada

El análisis de Miguel Anxo Bastos conduce a una conclusión incómoda pero inevitable: el igualitarismo contemporáneo no es un ideal noble mal implementado, sino un programa intelectualmente fraudulento que sirve intereses particulares disfrazados de universales.

La igualdad perfecta solo podría lograrse mediante una tiranía perfecta. Para igualar a seres radicalmente desiguales, habría que coaccionar permanentemente al más talentoso, al más trabajador, al más creativo. Habría que nivelar hacia abajo porque nivelar hacia arriba es imposible.

Los pensadores liberales clásicos distinguieron sabiamente entre igualdad ante la ley —todos sujetos a las mismas normas abstractas— e igualdad de resultados. La primera es condición de la libertad; la segunda es su negación.

Quienes genuinamente se preocupan por los menos favorecidos harían bien en abandonar las quimeras igualitarias y concentrarse en lo que realmente mejora las condiciones de vida: mercados libres, propiedad privada segura, Estado de derecho y crecimiento económico. La historia demuestra que estos factores elevan a todos, mientras el igualitarismo coactivo empobrece a todos excepto a quienes administran la redistribución.

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Economía austríaca, libertad y paz.

Leave a Reply

Your email address will not be published.