La vinculación de Milei con el judaísmo no surge de una conversión espiritual auténtica, ni siquiera de un estudio intelectual serio. Surge de una red de contactos políticos y empresariales. A fines de 2021, cuando Milei era apenas un diputado recién electo, conoció al rabino Axel Wahnish, de la comunidad sefardí marroquí de la Argentina. Wahnish se convirtió en su guía espiritual y lo introdujo a la lectura de la Torá. Pero el acceso al mundo Lubavitch llegó por otro canal, el economista Darío Epstein, quien lo conectó con figuras como Eduardo Elsztain, el mayor terrateniente de la Argentina, y Gerardo Werthein, dos empresarios con peso determinante en la órbita de Jabad Lubavitch.
La conclusión que emerge de este recorrido no tiene nada de espiritual. El sociólogo Jorge Elbaum, ex director de la DAIA, lo sintetizó con claramente diciendo que el proceso de vinculación de Milei con el judaísmo tiene causalidades económicas y geopolíticas. No supone un vínculo espiritual genuino, sino contacto con sectores vinculados a Wall Street y a la derecha judía tanto en Israel como en los Estados Unidos y en la Argentina.
Esto no sorprende. Rothbard entendía el Estado como una banda de ladrones institucionalizados que opera capturando legitimidad cultural, religiosa o ideológica para perpetuarse. Milei no es una excepción, adoptó el simbolismo judío ortodoxo como credencial de acceso a redes de poder financiero internacionales. La kipá, las visitas a la tumba del Rebe Schneerson en Queens, las lágrimas frente al Muro de los Lamentos en febrero de 2024, el shofar en su cierre de campaña… todo esto no es religiosidad, es branding político. Y un branding particularmente costoso para los argentinos.
La designación de Wahnish
El punto más concreto y criticable desde el libertarismo coherente es la designación del rabino Axel Wahnish como embajador de la Argentina en Israel. Acá no estamos ante un cargo técnico, ni ante un diplomático de carrera. Wahnish es el líder espiritual personal de Milei, su tutor religioso, un religioso sin ninguna formación diplomática conocida. Su nombramiento no responde a criterios de idoneidad estatal, sino a una deuda de lealtad personal y a una señal política hacia las redes de Jabad Lubavitch y hacia el Estado de Israel.
Rothbard fue implacable contra el nepotismo y el clientelismo del Estado. Pero lo que ocurre acá va más allá del nepotismo ordinario, es la colonización de un aparato estatal por una red religiosa y empresarial específica. Werthein como embajador designado en Washington, Wahnish en Tel Aviv. Ambos con vínculos directos con Jabad Lubavitch y con capitales que apoyaron a Milei. El Estado argentino, que supuestamente se iba a quemar, en la práctica fue entregado a un núcleo selecto de operadores políticos y religiosos.
El Embajador de la Luz y la diplomacia religiosa
En abril de 2024, Milei viajó a Miami para recibir de la Jabad Lubavitch de Bal Harbour el título de Embajador Internacional de la Luz, una distinción que, hasta ese momento, no existía. Su hermana Karina recibió el mismo galardón. El evento sirvió además para que Milei sostuviera reuniones con empresarios de Estados Unidos y América Latina interesados en invertir en la Argentina.
¿cuál es la diferencia entre un presidente que usa el aparato del Estado para favorecer a una red religiosa-empresarial específica y el peronismo que usa el Estado para favorecer a sindicatos y punteros? La respuesta honesta es que la diferencia es mínima en términos estructurales. En ambos casos el Estado opera como instrumento de transferencia de privilegios hacia grupos organizados. El grupo cambia, la lógica no.
Jabad Lubavitch, cabe recordarlo, es una organización jasídica ultraconservadora con influencia global desproporcionada respecto a su tamaño. Tiene una orientación muy precisa de vincularse con millonarios, como lo explican quienes conocen esa red desde adentro. En Argentina, esa red incluye a Elsztain y a Werthein. Los mismos que ahora ocupan embajadas en Washington y cuyas fortunas se construyeron en parte gracias a relaciones privilegiadas con el Estado argentino.
La política exterior
Rothbard fue uno de los críticos más consecuentes del imperialismo norteamericano y de la política exterior intervencionista. Su non-interventionism no era una postura táctica, era un principio ético derivado del derecho de propiedad y de la soberanía individual. Ningún Estado tiene el derecho de comprometer los recursos de sus ciudadanos en conflictos bélicos ajenos.
Milei viola este principio de manera flagrante. Desde el inicio de su mandato adoptó un alineamiento incondicional con el Estado de Israel en el contexto de la guerra en Gaza. Fue a los territorios del sur israelí atacados el 7 de octubre de 2023, lloró frente al Muro de los Lamentos, declaró ante el Wall Street Journal su deseo de convertirse al judaísmo y anunció su intención de trasladar la embajada argentina a Jerusalén, algo que casi ningún país del mundo hace por las implicancias diplomáticas que conlleva.
Nada de esto tiene base rothbardiana. Rothbard hubiera analizado el conflicto de Medio Oriente con la misma vara con la que analizó Corea, Vietnam o el Golfo: ¿a quién beneficia? ¿Quién financia el aparato bélico? ¿Cuál es el costo para los contribuyentes? El Estado de Israel es un Estado como cualquier otro, financia su ejército mediante impuestos coercitivos, expande su burocracia, restringe libertades individuales dentro de su territorio, y desde 1948 ha dependido crónicamente de subsidios norteamericanos. Apoyar incondicionalmente a un Estado porque uno se identifica espiritualmente con él no es libertarismo. Es exactamente el tipo de tribalismo que el liberalismo clásico intentó superar.
El no-intervencionismo rothbardiano implica que la Argentina no tiene ningún interés legítimo en el conflicto de Gaza, en las disputas territoriales entre Israel y Palestina, ni en la rivalidad entre Netanyahu y sus opositores internos. Comprometer el aparato diplomático argentino, incluyendo la posición en organismos internacionales, en función de la agenda de un Estado extranjero es una traición a los contribuyentes argentinos que financian ese aparato.
La paradoja Lubavitch
Hay acá además una contradicción interna que los entusiastas de Milei raramente mencionan. Jabad Lubavitch, la organización a la que Milei está más vinculado en el mundo judío, no es estrictamente sionista en el sentido político del término. No suelen cantar la Hatikva, el himno de Israel, y tampoco le dan una gran dimensión al Día de la Independencia de Israel, porque su teología sostiene que el Estado de Israel solo será plenamente legítimo después de la llegada del Mesías. Además, en términos teológicos no son sionistas, aunque sí apoyan la existencia del Estado de Israel.
Milei, en cambio, adoptó un sionismo político militante que va bastante más allá de lo que la propia Jabad predica. Esto sugiere que el vínculo con Lubavitch es fundamentalmente de red empresarial y financiera, mientras que el sionismo político sirve a una agenda diferente, la de posicionarse en la derecha internacional trumpista como el«campeón latinoamericano de Israel.
El diagnóstico
La conclusión es desagradable pero necesaria. Milei no está liquidando el Estado argentino. Está reconvirtiendo sus lealtades. El Estado peronista capturaba rentas para satisfacer a sindicatos, punteros y empresarios con subsidios. El Estado mileísta captura legitimidad religiosa y diplomática para satisfacer a una red específica de capitales vinculados al judaísmo ortodoxo norteamericano, a Netanyahu y a los intereses de Jabad Lubavitch.
Rothbard entendía que el problema no es quién controla el Estado, sino la existencia del Estado mismo. Un gobernante que llega al poder prometiendo reducirlo, y en cambio lo redirige hacia sus redes de financiamiento político, no es un libertario. Es un político convencional con un vocabulario tomado del liberalismo.