El error estratégico de negociar con la casta

La semana entregó una lección: el Estado no se reforma desde adentro. La Ley Ómnibus, ese mamotreto de más de seiscientos artículos que el gobierno de Milei presentó como el instrumento de su refundación liberal, acaba de morir en el recinto de la Cámara de Diputados. No la mató la oposición kirchnerista. La mató la lógica inherente al proceso político.

En menos de una semana, la Cámara de Diputados pasó de aprobar en general la ley a retirarla. En el medio, con Milei de gira en Israel, el proyecto se trabó en el debate artículo por artículo, y el oficialismo no logró conseguir los acuerdos que necesitaba para que avanzara al Senado. El resultado fue la primera derrota legislativa de envergadura del gobierno, y con ella, la exposición de una contradicción que este espacio viene señalando desde el primer día: no se puede combatir a la casta con las herramientas de la casta.

La ilusión de la mayoría legislativa

Milei llegó al poder con 27 diputados sobre 257. No tiene senadores propios de peso. No controla ninguna gobernación relevante. Para aprobar cualquier ley necesitaría comprar votos, y comprar votos en el mercado político argentino tiene un precio conocido: partidas presupuestarias, cargos, fondos discrecionales a las provincias. Es decir, más Estado.

El fracaso dejó en evidencia que la escuálida tropa libertaria en el parlamento no alcanza para empujar la magnitud de las transformaciones que se proclaman, al menos con la estrategia confrontativa adoptada, alejada de la negociación y de la búsqueda de consensos. Esta descripción, que circuló en medios alineados al establishment, la presentan como crítica al estilo de Milei. El verdadero problema no fue la falta de negociación sino exactamente lo contrario, que se negoció en absoluto.

La reducción del Estado no puede lograrse desde adentro del Estado porque el Estado es, por su naturaleza, una coalición de intereses que se autoperpetúa. Cada concesión que hacés a un bloque legislativo para conseguir votos es una transferencia de recursos desde los contribuyentes hacia ese bloque. No estás reformando el Estado estás renegociando los términos del saqueo.

La trampa de los gobernadores

Milei, desde Israel, denunció que la caída de la ley se explicaba porque «las partidas discrecionales a las provincias cayeron en un 98%, lo cual explica la traición de los gobernadores, que te dicen que quieren el cambio siempre y cuando lo suyo no se toque». El diagnóstico es correcto pero la pregunta obvia es: ¿qué esperaba? ¿Que los gobernadores, cuya supervivencia política depende íntegramente del flujo de fondos nacionales, iban a votar su propia extinción?

Los políticos maximizan su consumo en el presente porque saben que no son propietarios del aparato estatal, sino administradores temporales. Un gobernador peronista que le vota a Milei una reducción de las transferencias automáticas no está actuando en contra del pueblo, está actuando exactamente según la lógica del sistema en el que opera. Esperar otra cosa es ingenuidad o deshonestidad intelectual.

Desde el Senado, varios legisladores enumeraron errores del Ejecutivo: haber hecho todo lo posible para que la Ley Ómnibus no saliera, haber permitido un cuarto intermedio de casi cuatro días dando tiempo a la oposición dialoguista para moverse, no haber hecho nunca los números para la votación en particular. Esto lo presentan como errores tácticos. Son algo peor, la consecuencia inevitable de intentar legislar reformas estructurales con una minoría parlamentaria en un sistema donde cada voto tiene precio.

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Analista económico especializado en teoría monetaria, mercados financieros y política económica. Mi trabajo ha sido referenciado por medios como Revista Marca, Centro Urbano, Escenario Mundial, y Visión Liberal. Orador TEDx (2018). Estudiante de Marketing por la Universidad de Palermo, premio al Mejor Proyecto en Publicidad (2024). Actualmente desarrollo Atlas HQ (atlashq.us).

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