Llevamos catorce meses de gobierno de Javier Milei. Catorce meses en los que la promesa más citada, más aplaudida y más coreada de toda su campaña electoral sigue sin cumplirse. El presidente que juraba que el cierre del Banco Central de la República Argentina no es un asunto negociable hoy administra ese mismo banco con la misma burocracia, los mismos funcionarios de traje y el mismo edificio en Reconquista 266.
El BCRA no cerró. No va a cerrar pronto. Y los argumentos que circulan para justificar la demora no resisten el menor análisis desde la teoría monetaria austriaca.
El diagnóstico que Milei nunca completó
Durante su campaña, Milei identificó correctamente el problema, el Banco Central es el instrumento institucional que permite al Estado confiscar riqueza a través de la inflación. Es el mecanismo por el cual la clase política financia el gasto que los contribuyentes no tolerarían si se les cobrara directamente.
Lo que Milei propuso en campaña era la dolarización, reemplazar el monopolio del peso por el monopolio del dólar. Un banco central por otro banco central, sólo que el segundo está en Washington.
La solución genuina, la única que permite una coordinación económica libre de interferencia estatal, es la banca libre con patrón oro y reserva al cien por ciento, tal como la desarrolló Jesús Huerta de Soto. Todo lo demás es gestión del monopolio, no su eliminación.
Pero incluso aceptando la premisa más modesta de la dolarización como primer paso hacia algo mejor: ¿cuándo? ¿En qué condiciones? ¿Bajo qué arquitectura jurídica?
Nadie en el gobierno sabe responder estas preguntas.
El cepo sigue. El BCRA sigue. La promesa, no.
A un año de su mandato, la promesa de cerrar el BCRA se encontraba «en proceso, demorada» según chequeado. Se avanzó en el saneamiento de la institución, pero no hay señales concretas de cierre. Y en estos primeros días de febrero de 2025, el panorama no cambió en nada sustancial.
En enero, la base monetaria registró un aumento promedio mensual de $2,7 billones, es decir un crecimiento del 3,2% a precios constantes y sin estacionalidad. El BCRA sigue expandiendo la cantidad de dinero. Lo hace con otras excusas, con otros instrumentos, con otra narrativa. Pero lo hace.
El cepo cambiario, ese control de capitales que sería impensable en cualquier economía que se precie de liberal, permanece intacto. Milei explicó que para abrir el cepo necesita conseguir 15.000 millones de dólares, es decir, el Estado argentino necesita acumular reservas de divisas, como si la propiedad privada del ahorro dependiera de la solvencia del gobierno. Esa es la lógica de un planificador central, no la de un anarcocapitalista.
En enero de 2025, el BCRA concertó compras netas por USD 1.748 millones en el mercado de cambios, interviniendo activamente en la determinación del precio de la moneda. El Banco Central opera, regula, compra, vende y fija. Todo lo que hace un banco central activo y poderoso.
El argumento del saneamiento previo es una trampa
El gobierno repite que primero hay que sanear el balance del BCRA para después poder cerrarlo. Milei señaló que el banco central que recibió estaba literalmente quebrado, con reservas netas negativas por USD 11.500 millones. Eso es cierto. Pero el argumento del saneamiento previo es una trampa lógica que conviene examinar con cuidado.
Si el BCRA está quebrado, la solución liberal no es recapitalizarlo sino liquidarlo. Un banco insolvente en el mercado libre va a la quiebra. No se le inyectan recursos públicos para que mejore su balance y algún día pueda cerrar dignamente. Esa lógica es la misma que usó Ben Bernanke para rescatar a los bancos de inversión en 2008, y que la Escuela Austriaca denunció como el mecanismo exacto por el cual el ciclo económico se perpetúa en lugar de corregirse.
Sanear el BCRA con reservas compradas en el mercado de cambios, con fondos del FMI y con instrumentos de deuda del Tesoro no es destruir el banco central. Es refundarlo con mejores números para que siga cumpliendo las mismas funciones.
La base monetaria amplia, que el gobierno utiliza como indicador de su propia política, se ubicaba en torno a $48,4 billones, con un aumento nominal del 54% desde diciembre de 2023, aunque con caída real del 32%.
La distancia entre el discurso y la realidad institucional
Emilio Ocampo, el economista que Milei había designado para diseñar y ejecutar el cierre del BCRA, fue desplazado antes de que el gobierno asumiera. En su lugar llegó Luis Caputo, un hombre del sistema financiero convencional con larga trayectoria en el mercado de deuda soberana. El propio comunicado de la Oficina del Presidente salió a aclarar en noviembre de 2023 que el cierre del Banco Central no es un asunto negociable precisamente porque había rumores fundados de que sí lo era.
Los rumores tenían base. El nombramiento de Caputo lo confirmó.
La arquitectura institucional que Milei construyó no es la de un gobierno que planea eliminar el banco central. Es la de un gobierno que planea administrarlo con mayor ortodoxia que sus predecesores. Eso puede ser mejor que lo anterior, del mismo modo que una prisión más limpia es mejor que una sucia. Pero sigue siendo una prisión.
El populismo monetario de los dos lados
Hay un populismo monetario de izquierda que consiste en emitir sin límites para financiar gasto social. Argentina lo practicó durante décadas y el resultado fue la inflación más alta de su historia reciente.
Pero existe también un populismo monetario de derecha, que consiste en prometerse la eliminación del banco central mientras se lo recapitaliza, se acumulan reservas en él y se lo usa para anclar el tipo de cambio. Este segundo populismo es más peligroso porque viene disfrazado de revolución.
Milei practica el segundo. Y una parte significativa del mundo libertario en español, hipnotizada por la retórica de la motosierra y los gestos teatrales, no quiere verlo.
Ver la realidad tal como es no es traicionar la causa liberal. Es el primer requisito para defenderla con honestidad intelectual.
Conclusión
El Banco Central de la República Argentina existe, opera y emite. El cepo cambiario existe y restringe la propiedad privada de divisas. La promesa de cierre del BCRA lleva catorce meses en el cajón de «en proceso, demorada».
Esto no es una crítica menor de gestión. Es una crítica de fondo al esquema de poder que Milei eligió construir.
Una reforma monetaria genuina no se mide en puntos de inflación ni en reservas acumuladas. Se mide en instituciones destruidas, el banco central eliminado, el monopolio monetario disuelto, el dinero restituido a la coordinación voluntaria del mercado. Todo lo demás, por eficiente que sea, es administración del estatismo.
Sin eliminar el Banco Central, no hay revolución monetaria. Hay ajuste fiscal. Y el ajuste fiscal, sin transformación institucional, es sólo la precondición para que el próximo ciclo político tenga más margen para volver a gastar.
La historia económica argentina ya conoce eso y no termina bien.