Álvaro Alsogaray: el mejor ministro de Economía que tuvo Argentina

Un balance necesario del liberal más influyente del siglo XX argentino, entre sus aciertos de mercado y sus compromisos con el poder
Álvaro Alsogaray
Álvaro Alsogaray diseñado por Miguel Hernández

Alsogaray fue lo más parecido a un ministro que entendiera cómo funciona un mercado. Lo cual, dicho sea de paso, no es exactamente un estándar muy alto.

Un tipo que nadó siempre contra la corriente

Álvaro Carlos Alsogaray nació en 1913 y murió en 2005. En el medio, fue militar, ingeniero aeronáutico, empresario, diputado durante dieciséis años seguidos, candidato a presidente, embajador en Washington y fundador de más partidos políticos de los que uno puede recordar. Pero si hay que definirlo en una línea, fue el tipo que se pasó medio siglo diciéndole a la Argentina lo que no quería escuchar.

Él mismo se definía como «un predicador en el desierto». Y la imagen es bastante precisa. Mientras todo el arco político argentino de posguerra coincidía en que el Estado debía manejar la economía, controlar los precios y proteger la industria nacional cerrando las importaciones, Alsogaray repetía tres cosas que sonaban a herejía: que la inflación se frena dejando de emitir, que el gasto público destruye capital y que el proteccionismo empobrece a los que dice proteger.

Su frase más famosa, «hay que pasar el invierno», la dijo en 1959 antes de meter un plan de austeridad durísimo. Se la usó durante décadas para burlarse de él. Pero esconde una verdad que la política argentina se niega a aceptar: los ajustes no los inventan los ministros. Los ajustes son la factura de la fiesta que armó el gobierno anterior.

Tres cosas que hizo bien

Si uno evalúa lo que Alsogaray intentó hacer cuando fue ministro bajo Frondizi y después bajo Guido, tiene que reconocer que apuntaba en la dirección correcta.

Primero, intentó algo que en la Argentina es casi subversivo: gastar menos. Recortó subsidios, frenó la contratación estatal y buscó que las cuentas del Estado cerraran sin recurrir a la maquinita de imprimir billetes. En un país donde cada presidente financia su popularidad con emisión, eso era revolucionario. No alcanzaba, pero era el primer paso lógico.

Segundo, eliminó controles de precios. Esto parece menor, pero es fundamental. Los precios no son caprichos: son señales. Le dicen a la economía qué sobra, qué falta y dónde conviene invertir. Cuando un gobierno los congela, no soluciona nada. Solo tapa el termómetro y deja que la fiebre siga subiendo. Alsogaray entendió eso cuando la mayoría de los funcionarios argentinos ni siquiera se lo planteaban.

Tercero, abrió la puerta al capital extranjero y al comercio internacional. Frente al proteccionismo peronista, que en la práctica era un sistema donde los industriales amigos del poder ganaban plata a costa de los consumidores, Alsogaray propuso que la Argentina dejara de aislarse del mundo. No lo logró del todo, pero al menos marcó el rumbo.

Tres cosas que hizo mal

Ahora, que haya sido el mejor no significa que haya sido bueno. Y acá hay que ser honestos.

El primer problema es la devaluación. Bajo su gestión, el peso se desplomó y el dólar llegó a 148 pesos, un récord para la época. Una devaluación no es una herramienta técnica. Es la confesión oficial de que el gobierno destruyó el valor de su propia moneda. Es el Estado admitiendo que te robó poder adquisitivo. Alsogaray la ejecutó como si fuera una medida más del plan. Aunque no lo era.

El segundo problema es el FMI. Alsogaray predicaba disciplina fiscal, pero al mismo tiempo firmaba acuerdos con un organismo que en la práctica funciona como el prestamista de los gobiernos que gastan de más. Es como ir al nutricionista y salir por la puerta de atrás a comprar medialunas. Los créditos del Fondo no resuelven el problema; lo patean para adelante y le agregan intereses.

El tercer problema, y el más grave, es su relación con los militares. Su carrera arrancó con la Revolución Libertadora del 55 y terminó como embajador de Onganía, cuyo golpe lo encabezó su propio hermano, el general Julio Alsogaray. No hay forma de defender la libertad económica mientras se avala la supresión de la libertad política. Es lo que Murray Rothbard le criticó a Friedman por asesorar a Pinochet: la libertad no se puede partir en pedazos. Si la cortás por lo político, no crece por lo económico. Y encima, las reformas liberales hechas bajo dictaduras quedan asociadas para siempre con la represión. Le hacen un daño enorme a las ideas que dicen promover.

Un liberal a medias

Si uno mira con honestidad el pensamiento de Alsogaray, lo que encuentra no es un liberal radical sino un ordoliberal. Su modelo no era Murray Rothbard ni Ludwig von Mises. Era Ludwig Erhard, el padre de la Economía Social de Mercado alemana. Un tipo que creía que el Estado debía retirarse de muchas cosas, sí, pero que también debía quedarse para «garantizar las reglas del juego».

El problema con esa posición es que deja la puerta abierta. Si el Estado puede fijar las reglas, también puede cambiarlas. Si tiene el poder de liberar precios, tiene el poder de volver a controlarlos. Si mantiene el Banco Central, mantiene la herramienta para inflarte la moneda cada vez que necesite financiarse.

Alsogaray nunca cuestionó la existencia del Banco Central. Intentó usarlo mejor, emitir menos, ser más prudente. Pero eso es como tratar de usar una granada con cuidado. El problema no es cómo la usás; el problema es que existe. Un banco central es un monopolio estatal sobre el dinero. Punto. Mientras exista, cualquier gobierno puede apretar el botón de la emisión.

Lo mismo pasa con la deuda pública. Alsogaray la gestionó como si fuera legítima. Pero las deudas del Estado son compromisos que toman los políticos con la plata futura de gente que nunca les dio permiso para endeudarse en su nombre.

Las reformas que intentó Alsogaray eran reformas dentro del sistema. Lo que la Argentina necesitaba era cambiar el sistema.

¿Por qué el mejor, entonces?

Por descarte. Porque la alternativa siempre fue peor.

Antes de Alsogaray estuvo Perón, que montó un aparato de intervención estatal del que el país nunca terminó de salir. Después vinieron Gelbard, Martínez de Hoz con su tablita cambiaria, Sigaut y su «el que apuesta al dólar pierde», Sourrouille con el Plan Austral, Cavallo con la convertibilidad (un tipo brillante que nunca se animó a cuestionar los cimientos del sistema que administraba), Lavagna, Kicillof, Massa. Cada uno, a su manera, fue alguna versión del mismo error: creer que el Estado puede manejar la economía mejor que millones de personas tomando decisiones libres.

Alsogaray fue el único ministro de Economía argentino que llegó al cargo entendiendo por qué los mercados funcionan. El único que intentó achicar el Estado en vez de agrandarlo. El único que durante cincuenta años repitió que la propiedad privada, la moneda sana y el libre comercio eran el camino, en un país que lo miraba como a un loco.

¿Fue suficiente? No. ¿Fue coherente hasta el final? Tampoco. Pero en la Argentina de los Rodrigazos, los corralitos, los cepos, las expropiaciones y las inflaciones de cuatro dígitos, ser el mejor ministro de Economía es un título que se gana más por lo desastroso de la competencia que por mérito propio.

Lo que nos deja

De Alsogaray se pueden sacar tres lecciones que hoy siguen vigentes.

La primera: las reformas a medias se las lleva el viento. Si no cambiás la estructura institucional de fondo, si no le ponés límites reales al poder del Estado sobre la economía, cualquier avance liberal dura lo que dura el gobierno que lo implementó. Llega el siguiente populista y deshace todo en una semana.

La segunda: meterse con los militares o con cualquier forma de autoritarismo para imponer reformas liberales es un error que se paga caro. Puede funcionar un par de años, pero el daño que le hace a las ideas de libertad dura generaciones.

La tercera, y la más importante: la libertad económica no se puede separar de la libertad en todo lo demás. No existe la libertad a medias.

Álvaro Alsogaray fue el mejor ministro de Economía que tuvo la Argentina. Que eso sea al mismo tiempo un elogio para él y una condena para el país es, probablemente, la mejor síntesis de nuestra tragedia económica.

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Economía austríaca, libertad y paz.

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