El neoliberalismo es una corriente de pensamiento económico y político que nació en 1938, durante el Coloquio Walter Lippmann celebrado en París. Fue concebido como una tercera vía entre el socialismo y el liberalismo clásico, y su creador, Alexander Rüstow, lo diseñó como un proyecto explícitamente intervencionista que rechazaba el laissez-faire. En este artículo voy a contar la historia completa de cómo surgió, quiénes participaron, qué divisiones internas hubo y por qué el neoliberalismo no tiene nada que ver con el liberalismo.
El origen del neoliberalismo: el Coloquio Walter Lippmann de 1938
El contexto histórico: un mundo entre totalitarismos
Para entender por qué nació el neoliberalismo, hay que entender el mundo de la década de 1930. Europa estaba atrapada entre tres fuerzas colectivistas que avanzaban sin freno: el comunismo soviético, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. En Estados Unidos, Franklin Roosevelt había implementado el New Deal, un paquete masivo de intervención estatal en la economía que rompía con la tradición liberal norteamericana. El keynesianismo estaba ganando terreno en todo el mundo académico y político.
El liberalismo clásico, la tradición intelectual que defendía la propiedad privada, el libre comercio y la no intervención del Estado en los asuntos económicos, estaba en retirada. Casi nadie quería defenderlo públicamente. La Gran Depresión de 1929 había sido utilizada como argumento definitivo contra el laissez-faire, aunque las verdaderas causas de esa crisis tenían mucho más que ver con la expansión crediticia de la Reserva Federal y las políticas proteccionistas del gobierno norteamericano que con el libre mercado en sí.
En ese clima de hostilidad hacia la libertad económica, un grupo de intelectuales europeos decidió que había que hacer algo. Pero no todos coincidían en qué.
Walter Lippmann y «The Good Society»: el libro que lo inició todo
En 1937, el periodista y escritor estadounidense Walter Lippmann publicó un libro titulado «An Inquiry into the Principles of the Good Society» (traducido al francés como «La Cité Libre»). En esta obra, Lippmann hacía una crítica al colectivismo totalitario, y hasta ahí coincidía con los liberales clásicos. Pero su propuesta iba en una dirección muy distinta a la del laissez-faire.

Lippmann argumentaba que el viejo liberalismo había fracasado, que la doctrina del laissez-faire no era sostenible y que el Estado debía intervenir activamente en la economía para garantizar el funcionamiento del mercado. No se trataba de planificar la economía al estilo socialista, pero sí de regularla, dirigirla y corregirla. Lippmann proponía, en esencia, un Estado de bienestar intervencionista que reconociera la utilidad de la competencia de mercado para producir bienes, pero que no dejara las cosas libradas a la acción espontánea de los individuos.
Lippmann se basó en gran medida en los escritos de Mises y Hayek sobre la inviabilidad de la planificación centralizada, pero torció sus conclusiones en una dirección que ni Mises ni Hayek compartían. Donde los austríacos veían la demostración de que el Estado debía retirarse, Lippmann veía la oportunidad de construir un Estado interventor más sofisticado.
Esta posición entusiasmó a varios intelectuales europeos, especialmente a los ordoliberales alemanes, que venían desarrollando ideas similares desde la República de Weimar. La traducción al francés del libro de Lippmann fue el detonante para organizar un encuentro internacional que cambiaría la historia del pensamiento económico.
Los participantes del coloquio y sus divisiones internas
El Coloquio Walter Lippmann se celebró en París entre el 26 y el 30 de agosto de 1938, en la sede del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, un organismo vinculado a la Sociedad de Naciones y con apoyo de la Fundación Rockefeller. Fue organizado por el filósofo francés Louis Rougier y contó con la participación de veintiséis intelectuales de primer nivel provenientes de toda Europa y Norteamérica.
Entre los participantes más destacados estaban: Ludwig von Mises y Friedrich Hayek por la Escuela Austríaca de Economía; Alexander Rüstow y Wilhelm Röpke por el ordoliberalismo alemán; Raymond Aron, el filósofo y sociólogo francés; Jacques Rueff, economista liberal francés; Louis Baudin; Michael Polanyi; Étienne Mantoux; y el propio Walter Lippmann como invitado de honor. Cabe destacar que Walter Eucken, figura clave del ordoliberalismo, fue invitado pero el régimen nazi no le dio permiso para salir de Alemania.
Lo fundamental para entender el neoliberalismo es que estos participantes no estaban de acuerdo entre sí. Existían divisiones profundas que las actas del coloquio dejan en evidencia. Por un lado, estaba la mayoría intervencionista liderada por Rüstow, Röpke, Lippmann y Rougier, que consideraban que el laissez-faire había fracasado y que el nuevo liberalismo debía incorporar intervención estatal, regulación de mercados y políticas de bienestar social. Por otro lado, estaba la minoría representada por Mises y en menor medida por Rueff y Mantoux, que defendía el liberalismo clásico y se oponía a la dirección intervencionista que estaba tomando el encuentro.
Hayek, aunque cercano a Mises en muchos aspectos, ocupó una posición más ambigua en el coloquio. Sus intervenciones ni siquiera quedaron registradas en las actas por cuestiones lingüísticas. En 1938, Hayek todavía estaba a la sombra de su mentor Mises y no era el líder intelectual del movimiento. Ambos, Mises y Hayek, encarnaban un polo importante pero minoritario, aplastado por las figuras de Rüstow, Röpke y Lippmann.
El organizador, Louis Rougier, dejó clara la orientación del coloquio desde su discurso inaugural, donde afirmó que la cuestión central no era si debía haber intervención estatal en la economía, sino qué tipo de intervenciones eran compatibles con el mecanismo de mercado. Para Mises, esa pregunta ya contenía la respuesta equivocada (razón por la cual se opuso).
Alexander Rüstow y la creación del término «neoliberalismo»
Quién era Rüstow: del socialismo al ordoliberalismo
Alexander Rüstow fue un sociólogo y economista alemán nacido en Wiesbaden en 1885, en el seno de una familia prusiana. Su trayectoria intelectual es suficientemente reveladora: entre 1903 y 1908 estudió matemáticas, física, filosofía, psicología, derecho y economía en las universidades de Gotinga, Múnich y Berlín. Después de la Primera Guerra Mundial, Rüstow participó activamente en la Revolución de Noviembre y trabajó en el Ministerio de Economía alemán en procesos de nacionalización de la industria del carbón en la región del Ruhr. Es decir, Rüstow venía del socialismo.
Con el tiempo se desilusionó de la planificación, pero nunca abandonó del todo su inclinación estatista. En 1924 comenzó a trabajar para la Asociación Industrial de Ingeniería Mecánica de Alemania (VDMA), formada por empresas disconformes con la política proteccionista del Estado alemán. En 1933, ante el clima hostil del régimen nazi, obtuvo una cátedra en historia y geografía económica en la Universidad de Estambul, Turquía, donde trabajó en su obra principal, «Ortsbestimmung der Gegenwart» (Libertad y dominación), una crítica de la civilización desde una perspectiva que combinaba elementos liberales con una fuerte convicción en la necesidad de un Estado regulador.
Desde Estambul, Rüstow desarrolló junto con Walter Eucken y Franz Böhm las bases de lo que se conocería como ordoliberalismo, una visión económica que proponía un Estado fuerte que regulara activamente los mercados para garantizar la competencia. No un Estado que dejara hacer, sino un Estado que construyera y mantuviera las condiciones para que el mercado funcionara según sus diseñadores lo consideraran adecuado.
Rüstow no era un liberal. El simplemente tomaba lo que el consideraba correcto de varias ideologías. Y es importante tener esto presente porque fue él quien le puso nombre al neoliberalismo.
El neoliberalismo como tercera vía entre socialismo y liberalismo
Durante el Coloquio Walter Lippmann, se debatió qué nombre debía adoptar este nuevo movimiento. Las actas registran varias propuestas: Jacques Rueff propuso «liberalismo de izquierda». Louis Baudin sugirió «individualismo». Louis Rougier prefería «liberalismo constructivo». Fue Rüstow quien propuso el término «neoliberalismo», y fue este el que finalmente se adoptó.
La elección del nombre no fue casual. El prefijo «neo» no significaba «más» o «mejor» liberalismo. Significaba un liberalismo nuevo, distinto, que se separaba explícitamente del liberalismo clásico y del laissez-faire. En su libro «El fracaso del liberalismo económico», Rüstow dejó esto perfectamente claro cuando escribió que los neoliberales estaban de acuerdo con los marxistas y socialistas en que el capitalismo del laissez-faire era insostenible y necesitaba ser superado.
Esto es clave porque el creador del «neoliberalismo» declaraba abiertamente que coincidía con los socialistas en el diagnóstico sobre el capitalismo liberal. La diferencia estaba en la solución que proponían, donde los socialistas querían planificación total, los neoliberales querían intervención parcial. Pero ambos rechazaban el libre mercado como lo hacía el liberalismo.
El neoliberalismo nació, entonces, como una tercera vía explícita entre el socialismo y el liberalismo clásico. No era una extensión del liberalismo, no era una actualización del liberalismo, no era tampoco un nuevo socialismo ni una actualización del mismo. Era una doctrina que se oponía tanto al socialismo como al laissez-faire, y que proponía un Estado interventor como garante del orden económico.
Wilhelm Röpke y la economía social de mercado
Wilhelm Röpke, otro participante central del coloquio, compartía y profundizaba la visión de Rüstow. Röpke abogaba por lo que él llamaba una «economía social de mercado» con fuerte intervención estatal, políticas redistributivas y protecciones sociales amplias. Su propuesta incluía subsidios, regulaciones y un rol activo del Estado en la corrección de las supuestas fallas del mercado. De hecho, Röpke llegó a defender una agricultura no sometida a las leyes del mercado, algo difícil de conciliar con cualquier forma de liberalismo.
Para Röpke, el coloquio fue un éxito rotundo. En su correspondencia posterior lo calificó como «extraordinario» y se mostró entusiasmado con la dirección que estaba tomando el movimiento. No es difícil entender su entusiasmo, la mayoría de los participantes compartía su visión de un Estado regulador fuerte.
Este modelo no se quedó en la teoría. La «economía social de mercado» se implementó en la Alemania de posguerra bajo el gobierno de Konrad Adenauer y la dirección económica de Ludwig Erhard. Es la base del modelo que hoy conocemos como socialdemocracia europea (ya existía el concepto pero pero el modelo era diferente). Cuando alguien habla del «milagro económico alemán» de la posguerra, está hablando en gran medida del programa ordoliberal de Röpke y Rüstow, no del liberalismo clásico.
Este punto es fundamental, la economía social de mercado que hoy asociamos con la socialdemocracia europea tiene su origen directo en el neoliberalismo de 1938. En el programa intervencionista que Rüstow y Röpke diseñaron como alternativa al libre mercado.
La oposición de Ludwig von Mises al proyecto neoliberal
Mises y la defensa del laissez-faire en minoría
Ludwig von Mises asistió al Coloquio Walter Lippmann, pero su posición fue radicalmente distinta a la de la mayoría. Mises había dedicado décadas a demostrar con rigor teórico exactamente lo contrario de lo que proponían Rüstow, Röpke y Lippmann.
En 1920, Mises había publicado su célebre artículo «El cálculo económico en la comunidad socialista», donde demostró que sin propiedad privada de los medios de producción no puede existir un sistema de precios funcional, y sin sistema de precios es imposible la asignación racional de recursos. En 1922 amplió este argumento en su libro «Socialismo». En 1929 publicó «Crítica del intervencionismo», donde demolía precisamente la idea de una «tercera vía» entre capitalismo y socialismo, argumentando que toda intervención estatal genera distorsiones que llevan a más intervención, en un proceso que inevitablemente conduce al socialismo total.
Mises insistió durante el coloquio en que el único papel legítimo del Estado era proteger la propiedad privada y garantizar el cumplimiento de los contratos. Cualquier intervención adicional, por bien intencionada que fuera, distorsionaría el sistema de precios y generaría consecuencias no deseadas que luego se usarían como excusa para más intervención.
Su posición era clara, consistente y minoritaria. La mayoría de los participantes se inclinaba hacia alguna forma de intervencionismo. Mises debió abandonar la conferencia sintiéndose aislado, casi el último hombre en pie defendiendo el laissez-faire. Menos de dos años después, él y su esposa emprenderían un desesperado viaje en autobús desde los Alpes para llegar a la neutral España mientras el Eje irrumpía en Francia, para eventualmente emigrar a Estados Unidos, donde pasaría el resto de su vida.
Puedo decir que esta es una de las constantes más frustrantes de la historia del pensamiento económico, Mises tuvo razón una y otra vez, y una y otra vez fue ignorado por quienes preferían soluciones pragmáticas que terminaban siendo desastrosas.
Por qué toda intervención distorsiona el sistema de precios
El argumento central de Mises contra el neoliberalismo (y contra toda forma de intervencionismo) es simple: los precios de mercado son el único mecanismo que permite coordinar las decisiones de millones de personas de manera descentralizada.
Un ejemplo que hasta un niño puede entender: si el gobierno fija el precio del pan por debajo del precio de mercado, los panaderos producen menos pan porque no les resulta rentable, y los consumidores quieren comprar más pan porque está barato. El resultado es escasez. El gobierno entonces puede intervenir de nuevo, subsidiando a los panaderos o racionando el pan, pero cada nueva intervención genera nuevas distorsiones. Es una cadena sin fin que Mises describió con precisión en su «Crítica del intervencionismo».
Esto es exactamente lo que Mises advirtió en el Coloquio de 1938, no existe un punto intermedio estable entre el libre mercado y la planificación centralizada. Toda intervención genera la necesidad de más intervención. La «tercera vía» neoliberal es, en realidad, un camino lento pero seguro hacia el socialismo.
La fractura definitiva: intervencionismo vs. liberalismo clásico
El Coloquio Walter Lippmann dejó al descubierto una fractura que persiste hasta hoy: la división entre quienes creen que el Estado debe intervenir en la economía para mejorarla y quienes sostienen que cualquier intervención estatal es destructiva por naturaleza.
Rüstow era perfectamente consciente de esta división. En privado, Rüstow dijo sobre Mises y Hayek que su lugar está en el museo, en el formol, y que gente como ellos era responsable de la gran crisis del siglo XX. Esta frase revela el desprecio que los neoliberales sentían por el laissez-faire, no lo veían como un ideal a alcanzar sino como un error a superar.
La fractura del Coloquio Lippmann generó dos caminos completamente distintos: el neoliberalismo intervencionista de Rüstow y Röpke, y el liberalismo antiintervencionista de Mises.
Neoliberalismo vs. liberalismo: por qué no son lo mismo
El liberalismo defiende el laissez-faire; el neoliberalismo lo rechaza
La diferencia más fundamental entre liberalismo y neoliberalismo no es de grado sino de naturaleza. El liberalismo clásico, desde Adam Smith hasta Ludwig von Mises, pasando por Frédéric Bastiat y toda la tradición del laissez-faire, sostiene que la mejor política económica es la no intervención. Que el mercado, dejado en libertad, genera prosperidad a través de la cooperación voluntaria entre individuos, coordinada por el sistema de precios.
El neoliberalismo rechaza esta premisa de raíz. Para los neoliberales, el laissez-faire era un error. El mercado libre, sin regulación estatal, supuestamente conducía a monopolios, desigualdad y crisis. Por lo tanto, el Estado debía intervenir activamente para crear y mantener las condiciones de competencia.
No son dos versiones de la misma idea. Son dos ideas opuestas sobre el rol del Estado en la economía. La metáfora que usó Rougier en su discurso inaugural del coloquio lo ilustra a la perfección: para los neoliberales, el Estado no debía ser como alguien que deja a los coches circular según su capricho (laissez-faire), sino como alguien que impone un código de circulación. El liberalismo dice, dejá que cada uno conduzca. El neoliberalismo dice, nosotros escribimos las reglas de la ruta.
El neoliberalismo como intervencionismo
Los neoliberales del Coloquio de 1938 querían regulación estatal de los mercados, políticas redistributivas, protección social, intervención en la política monetaria y un Estado fuerte que diseñara el orden económico. Lippmann y Rougier llegaban a proponer la prohibición del autofinanciamiento empresarial, es decir, obligar a las sociedades a distribuir todos sus beneficios, porque el autofinanciamiento les parecía que sustraía capitales de la ley del mercado. Todo esto es intervencionismo puro. Que lo hayan envuelto en lenguaje liberal no cambia su naturaleza.
¿Se aplicó realmente el neoliberalismo?
El mito de Thatcher y Reagan
Una de las narrativas más repetidas es que Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos aplicaron el neoliberalismo en la década de 1980. Esta afirmación es, como mínimo, una simplificación extrema.
Lo que Thatcher y Reagan hicieron no coincide con el neoliberalismo del Coloquio Lippmann. El neoliberalismo proponía una economía social de mercado con intervención estatal activa, políticas redistributivas y protecciones sociales al estilo de Röpke. Thatcher privatizó empresas y redujo el poder sindical, pero no implementó ese modelo. Reagan bajó impuestos, pero el gasto público estadounidense siguió creciendo durante todo su mandato.
Ni Thatcher ni Reagan eliminaron el Estado de bienestar. Ninguno abolió los bancos centrales. Ninguno instauró un libre mercado real. Implementaron reformas parciales dentro de un marco fundamentalmente intervencionista. Lo que hicieron fue, en el mejor de los casos, una liberalización parcial y selectiva. Atribuirles la aplicación de un programa coherente es una exageración.
El Consenso de Washington
En 1989, el economista John Williamson acuñó el término «Consenso de Washington» para describir un paquete de diez reformas económicas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a los países en desarrollo: disciplina fiscal, liberalización comercial, privatización de empresas estatales y desregulación.
Hay que señalar algo importante, estas reformas fueron impulsadas por organismos internacionales que son instituciones burocráticas supranacionales. Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca, el FMI y el Banco Mundial no son instituciones de libre mercado, son aparatos de planificación a escala global. Que estas instituciones recomienden liberalizar la economía no convierte sus recetas en liberalismo.
Además, la implementación en América Latina fue selectiva y parcial. Se privatizaron empresas, sí, pero muchas veces transfiriendo monopolios públicos a monopolios privados con protección estatal. Se abrieron mercados, pero se mantuvieron sistemas monetarios controlados por bancos centrales que manipulaban el tipo de cambio y la oferta de dinero. Se redujo el gasto en algunas áreas, pero se incrementó la deuda externa.
Por qué no existe un caso real de aplicación neoliberal
Si somos rigurosos con la definición de neoliberalismo, como tercera vía intervencionista entre socialismo y laissez-faire, el caso más cercano a una aplicación real sería la Alemania de posguerra. Y ese modelo es lo que hoy conocemos como socialdemocracia europea aunque no de manera estricta.
Fuera de eso, no existe ningún país que haya implementado de forma completa y coherente el programa neoliberal tal como fue concebido en 1938. Lo que existen son aproximaciones ambiguas, reformas parciales y mezclas incoherentes de medidas que no responden a ningún programa teórico definido.
La crítica austríaca al neoliberalismo
El problema de la tercera vía según Mises y Rothbard
Ludwig von Mises dedicó una parte sustancial de su obra a demoler la idea de que existe una tercera vía viable entre el capitalismo y el socialismo. En «Crítica del intervencionismo» (1929) y en su obra magna «La Acción Humana» (1949), Mises demostró que el intervencionismo no es un sistema estable sino un proceso dinámico que tiende inevitablemente hacia uno de los dos extremos.
El razonamiento es lógico, cuando el Estado interviene en el mercado (por ejemplo, fijando un precio máximo para el alquiler), genera una distorsión (escasez de viviendas). Esa distorsión crea un problema visible que los políticos atribuyen al mercado en lugar de a su propia intervención. Entonces intervienen de nuevo (por ejemplo, subsidiando la construcción). La nueva intervención genera nuevas distorsiones, y así sucesivamente. Cada intervención justifica la siguiente, en una espiral que solo puede terminar con el abandono de la intervención (retorno al libre mercado) o con la planificación total (socialismo).
Murray Rothbard llevó esta crítica aún más lejos. Para Rothbard, no solo la tercera vía era inestable económicamente, sino que era incoherente filosóficamente. Si la propiedad privada es un derecho, entonces el Estado no tiene legitimidad para violarla mediante regulaciones, impuestos o redistribución, sin importar cuán moderada sea la intervención. Si la propiedad privada no es un derecho, entonces estamos en el terreno del socialismo, donde todo pertenece al colectivo y el Estado dispone de ello según su criterio.
No hay punto medio lógico. O la propiedad es del individuo, o es del Estado. Cualquier intento de crear un medio camino es simplemente una forma de violar la propiedad privada parcialmente, lo cual es violar la propiedad privada de todas formas.
No existe punto medio entre mercado libre e intervencionismo
En economía, la moderación no es una virtud. Es una ilusión. No existe un grado justo de intervención estatal que mejore el mercado sin distorsionarlo. Toda intervención, por pequeña que sea, distorsiona el sistema de precios. Y un sistema de precios distorsionado lleva a una asignación ineficiente de recursos, que lleva a problemas económicos, que llevan a más intervención.
El intervencionismo no es un sistema económico viable. Es una transición. O se retira la intervención y se vuelve al mercado libre, o se amplía la intervención hasta llegar al socialismo. No hay equilibrio intermedio sostenible.
Los neoliberales de 1938 creían haber encontrado ese equilibrio. La historia demostró que estaban equivocados. Su economía social de mercado derivó en los Estados de bienestar sobredimensionados de la Europa actual, con cargas fiscales aplastantes, regulaciones asfixiantes y deuda pública insostenible. La tercera vía no llevó a un capitalismo humano. Llevó, como Mises predijo, a un intervencionismo creciente.
El neoliberalismo como puerta trasera al socialismo
Si uno lee con atención lo que proponían Rüstow y Röpke, y luego observa en qué se convirtieron los países que siguieron su receta, la conclusión es inevitable, el neoliberalismo, lejos de ser una barrera contra el socialismo, fue una puerta trasera hacia él.
La economía social de mercado alemana, que empezó con regulaciones razonables y políticas sociales moderadas, se transformó con el tiempo en uno de los sistemas fiscales más gravosos de Europa, con un Estado de bienestar que consume casi la mitad del PIB. Lo mismo ocurrió en los demás países de Europa occidental que adoptaron variantes del modelo ordoliberal.
El propio Walter Lippmann, a quien se dedicó el coloquio, advirtió en su libro que el intervencionismo moderado podía convertirse fácilmente en una puerta trasera escalonada hacia una sociedad planificada. Tenía razón, aunque no se dio cuenta de que su propia propuesta era esa puerta trasera.
El Estado, por su propia naturaleza, tiende a expandirse. Darle la función de regular el mercado es darle una licencia ilimitada para intervenir, porque siempre habrá alguna falla del mercado que supuestamente justifique una nueva regulación. Y cada regulación concentra más poder en el Estado y menos libertad en el individuo.
En Estados Unidos, Mises encontró finalmente a un grupo de hombres dedicados al liberalismo en su antiguo y verdadero sentido. Uno de ellos era un joven Murray Rothbard, quien junto con un puñado de otros impulsaría un renacimiento austríaco que con el tiempo se extendería al mundo.
