Hoy domingo, febrero 15, 2026
Oro (oz) ...
Bitcoin ...

Qué es la inflación: definición, causas, consecuencias y todo lo que necesitás saber

Inflación

La inflación es uno de los fenómenos económicos más malentendidos de nuestro tiempo. La mayoría de la gente cree que entiende lo que es, pero en realidad maneja una idea incompleta, superficial y, en muchos casos, directamente equivocada.

En este artículo voy a explicarte a fondo qué es la inflación, cuál es su verdadera causa, cómo funciona el mecanismo que la genera, quién se beneficia de ella, a quién perjudica, qué consecuencias tiene sobre tu vida y la economía, y qué se puede hacer al respecto. No voy a darte respuestas tibias ni repetir lo que dicen los manuales convencionales. Voy a darte la explicación más completa y honesta que vas a encontrar sobre este tema.

¿Qué es la inflación?

La inflación es el aumento de la cantidad de dinero en circulación.

Cuando un banco central emite dinero nuevo, cuando el sistema bancario multiplica el crédito sin respaldo en ahorro real, cuando el gobierno financia sus gastos con emisión monetaria, lo que están haciendo es inflar la oferta de dinero. De ahí viene la palabra: «inflar». Se infla la masa monetaria.

La consecuencia directa e inevitable de ese aumento en la cantidad de dinero es que cada unidad monetaria pierde valor. Si hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios, el precio de esos bienes y servicios tiende a subir. Eso que la gente percibe como «los precios suben» no es la inflación en sí misma: es el efecto visible, el síntoma, la consecuencia de la inflación. La inflación ya ocurrió antes, en el momento en que se creó el dinero nuevo.

Esta distinción entre causa y efecto es absolutamente fundamental. Si confundís el síntoma con la enfermedad, nunca vas a entender el problema y mucho menos vas a poder solucionarlo.

La inflación es el aumento de los medios fiduciarios, es decir, del dinero creado de la nada por el sistema bancario y el banco central. No cualquier aumento en la cantidad de dinero califica como inflación en el sentido. Si en una economía basada en el oro se descubre una nueva mina y aumenta la cantidad de oro disponible, eso no es inflación, es un aumento genuino de la riqueza monetaria, producido por trabajo real y sometido a las leyes naturales de escasez. La inflación ocurre cuando el dinero se crea artificialmente, sin respaldo en producción real, por decisión de una autoridad central.

Ludwig von Mises por ejemplo, lo expresaba de esta manera: la inflación es un incremento en la cantidad de dinero que no está respaldado por un aumento correspondiente en la demanda de dinero, lo cual conduce inevitablemente a una caída en el poder adquisitivo de cada unidad monetaria.

Pensalo con un ejemplo cotidiano. Imaginá que estás en una subasta donde hay 10 personas con 100 pesos cada una pujando por un cuadro. El precio final rondará cierto nivel. Ahora imaginá que de golpe le das a cada persona 1.000 pesos adicionales. ¿Subió el valor del cuadro? No. ¿Hay más cuadros disponibles? No. Lo único que cambió es la cantidad de dinero disponible para pujar. El precio se disparará, pero no porque el cuadro sea más valioso, sino porque cada peso vale menos.

Eso es exactamente lo que pasa en una economía cuando el banco central crea dinero de la nada. No hay más bienes, no hay más servicios, no hay más producción. Solo hay más papelitos (o más dígitos en una computadora) compitiendo por los mismos recursos.

¿Cuál es la causa de la inflación?

Si la inflación es el aumento de la oferta monetaria, la causa es quien tiene el poder de aumentarla. Y en el mundo moderno, ese poder lo tiene exclusivamente el Estado a través de dos mecanismos: el banco central y el sistema bancario de reserva fraccionaria.

El banco central

Un banco central es una institución creada y protegida por el gobierno que tiene el monopolio legal de emitir moneda. Nadie más puede hacerlo. Si vos imprimís billetes, vas preso por falsificación. Si lo hace el banco central, se llama «política monetaria».

El banco central puede crear dinero sin ningún límite real. No necesita tener oro en sus bóvedas, no necesita que alguien haya producido algo, no necesita que exista ahorro previo. Simplemente crea dinero. En la era moderna esto ni siquiera requiere una imprenta: se hace electrónicamente, con unas teclas en una computadora.

¿Por qué lo hace? La razón principal, históricamente y en la práctica, es financiar al gobierno. Cuando el Estado gasta más de lo que recauda en impuestos (lo que se conoce como déficit fiscal), necesita cubrir la diferencia. Tiene tres opciones: subir impuestos (políticamente costoso), endeudarse (tiene límites) o emitir dinero (el camino fácil). Casi todos los gobiernos, tarde o temprano, eligen la tercera opción.

El mecanismo típico funciona así: el gobierno emite bonos de deuda pública. El banco central compra esos bonos con dinero recién creado. El gobierno recibe ese dinero y lo gasta (en salarios públicos, obras, subsidios, programas sociales, gasto militar, lo que sea). Ese dinero nuevo entra en la economía y empieza a circular, diluyendo el valor de todo el dinero que ya existía.

Este proceso se llama «monetización de la deuda» y es, en la práctica, un impuesto encubierto. El gobierno obtiene poder de compra real (puede comprar bienes y servicios con el dinero nuevo) a costa de reducir el poder de compra de todos los demás. No necesita aprobar ninguna ley impositiva, no necesita pasar por el Congreso, no necesita pedir permiso a nadie. Simplemente imprime y gasta.

Rothbard, en El caso contra la Fed, lo denunciaba con una contundencia admirable: la Reserva Federal, lejos de ser la solución al problema de la inflación, es en sí misma el corazón y la causa del problema. El banco central es el pirómano que se disfraza de bombero.

La reserva fraccionaria: el multiplicador de la inflación

Pero el banco central no es el único que crea dinero. El sistema bancario comercial, a través de lo que se conoce como «reserva fraccionaria», también genera dinero de la nada. Y lo hace en cantidades que multiplican varias veces la emisión original del banco central.

¿Cómo funciona la reserva fraccionaria? De la siguiente manera:

Vos depositás 10.000 pesos en el banco. Creés que esos 10.000 pesos están guardados en una caja fuerte esperando a que los retires. Pero no es así. El banco tiene permitido legalmente quedarse solo con una fracción de tu depósito como reserva (digamos, el 10%) y prestar el resto.

Entonces el banco guarda 1.000 pesos y presta 9.000. Esos 9.000 pesos llegan a otro banco (porque quien recibió el préstamo los gasta y el vendedor los deposita). Ese segundo banco guarda 900 pesos y presta 8.100. Y así sucesivamente.

El resultado final es que, a partir de tus 10.000 pesos originales, el sistema bancario puede crear hasta 100.000 pesos en créditos. De tu depósito real de 10.000 pesos, aparecieron 90.000 pesos que nadie ahorró, que nadie produjo, que no representan riqueza real alguna. Son dinero creado literalmente de la nada.

Este proceso se llama «multiplicador bancario» y es, junto con la emisión directa del banco central, la otra gran fuente de inflación. De hecho, en la práctica, la mayor parte de la creación de dinero nuevo en las economías modernas proviene de la expansión crediticia del sistema bancario, no de la impresión directa de billetes.

Para el profesor Jesús Huerta de Soto (cuyo libro Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos es la obra más completa sobre este tema), la reserva fraccionaria es jurídicamente una forma de apropiación indebida. Cuando depositás dinero a la vista (es decir, en una cuenta corriente o caja de ahorro de disponibilidad inmediata), estás entregando tu dinero en custodia. El banco tiene la obligación de mantenerlo disponible para que lo retires cuando quieras. Pero en vez de custodiarlo, lo presta. Si todos los depositantes fueran al banco al mismo tiempo a retirar su dinero, el banco no podría pagar. Y eso no es un «riesgo sistémico»: es la evidencia de que el sistema opera sobre una base fraudulenta.

El déficit fiscal: la raíz política de la inflación

Detrás de toda inflación persistente hay un gobierno que gasta más de lo que recauda. El déficit fiscal es la raíz política del problema monetario.

Un gobierno responsable debería gastar solo lo que recauda en impuestos. Si quiere gastar más, debería convencer a sus ciudadanos de que vale la pena pagar más impuestos. Pero eso tiene un costo político enorme: a nadie le gusta que le suban los impuestos.

La emisión monetaria resuelve ese dilema político. El gobierno puede gastar todo lo que quiera sin subir impuestos. El costo lo paga la sociedad a través de la pérdida de poder adquisitivo, pero como ese costo es difuso, gradual e invisible, la mayoría de la gente no lo atribuye correctamente a la política monetaria del gobierno.

Es el impuesto perfecto: recauda sin que la víctima sepa que le están cobrando.

¿Cómo funciona la inflación en la práctica? El efecto Cantillon

Uno de los aspectos más importantes y menos comprendidos de la inflación es que no afecta a todos por igual. El dinero nuevo no llega a todos al mismo tiempo ni en la misma proporción. Este fenómeno se conoce como «efecto Cantillon», en honor al economista Richard Cantillon que lo describió en el siglo XVIII.

La distribución desigual del dinero nuevo

Cuando el banco central crea dinero nuevo, ese dinero no aparece mágicamente en los bolsillos de todos los ciudadanos al mismo tiempo. Entra en la economía por puntos de entrada específicos: el sistema bancario, el gobierno y sus contratistas, los mercados financieros.

Los primeros en recibir el dinero nuevo son los bancos comerciales (que obtienen crédito del banco central), las grandes corporaciones (que tienen acceso privilegiado al crédito bancario), los contratistas del Estado (que reciben pagos del gobierno) y los operadores de los mercados financieros (que compran y venden los bonos que el banco central adquiere).

Estas personas y entidades pueden gastar el dinero nuevo cuando los precios todavía no han subido. Compran bienes, activos, propiedades e inversiones a precios viejos con dinero nuevo. Obtienen un beneficio real a costa del resto.

A medida que ese dinero circula y se dispersa por la economía, los precios empiezan a subir. Pero los últimos en recibir el dinero nuevo (o en sentir sus efectos a través de aumentos de sueldo) son los trabajadores asalariados, los jubilados, los pequeños ahorristas y, en general, la gente más alejada de los centros de poder financiero y político.

Cuando a ellos finalmente les llega el ajuste (si es que les llega), los precios ya subieron. Su poder adquisitivo se deterioró sin que hayan recibido ningún beneficio de la expansión monetaria. Son los perdedores netos del proceso inflacionario.

Ganadores y perdedores: quién se beneficia y quién pierde

La inflación es un juego de suma cero disfrazado de fenómeno macroeconómico abstracto. Siempre hay ganadores y perdedores, y la distribución no es aleatoria: está determinada por la cercanía al punto de creación del dinero nuevo.

Quiénes ganan con la inflación:

El gobierno es el primer y principal beneficiario. Puede financiar su gasto sin enfrentar el costo político de subir impuestos. Cada peso nuevo que crea le da poder de compra real a costa de diluir el valor del dinero de todos los demás.

Los bancos comerciales ganan porque son los intermediarios privilegiados de la creación de dinero. La reserva fraccionaria les permite prestar dinero que no existe y cobrar intereses por ello. Es un negocio extraordinariamente rentable: prestás algo que no tenés y cobrás como si lo tuvieras.

Los grandes deudores ganan porque la inflación reduce el valor real de sus deudas. Si debés 1 millón y la inflación es del 50% anual, al cabo de un año tu deuda en términos reales se redujo a la mitad. Esto beneficia especialmente a las grandes corporaciones con acceso al crédito barato y, por supuesto, al gobierno, que es el mayor deudor de todos.

Los tenedores de activos reales ganan porque los precios nominales de inmuebles, acciones, tierras y otros activos suben con la inflación. Su riqueza se preserva o incluso aumenta en términos relativos, mientras que la riqueza de quienes ahorran en dinero se evapora.

Quiénes pierden con la inflación:

Los trabajadores asalariados pierden porque sus sueldos siempre se ajustan con retraso respecto a los precios. Cuando finalmente reciben un aumento, los precios ya subieron al nivel que el aumento apenas compensa, o ni siquiera eso.

Los jubilados y personas con ingresos fijos pierden porque su ingreso no se ajusta (o se ajusta insuficientemente) a la suba de precios. Cada mes pueden comprar menos con el mismo monto.

Los pequeños ahorristas pierden porque sus depósitos bancarios, que rinden intereses muy inferiores a la tasa de inflación, pierden valor constantemente. Están literalmente perdiendo riqueza por dejar su dinero en el banco.

Los emprendedores y las pymes pierden porque no tienen acceso al crédito barato que sí tienen las grandes corporaciones, y porque la distorsión de precios dificulta el cálculo económico y la planificación a futuro.

En definitiva, los más pobres y vulnerables de la sociedad son siempre quienes más sufren la inflación. La ironía es brutal: los gobiernos que emiten dinero supuestamente «para ayudar a los pobres» están implementando un mecanismo que transfiere riqueza de los pobres a los ricos. Es la redistribución regresiva más grande y menos discutida de la historia.

¿Por qué nadie habla del efecto Cantillon?

La respuesta es simple: porque expone la verdadera naturaleza de la inflación como mecanismo de transferencia de riqueza. Si la gente entendiera que la inflación no es un fenómeno «natural» o «inevitable» sino un acto político deliberado que beneficia a unos pocos a costa de la mayoría, la legitimidad de todo el sistema monetario actual se derrumbaría.

No es casualidad que este concepto casi nunca aparezca en los libros de texto de economía mainstream ni en los informes de los bancos centrales. El efecto Cantillon es el secreto a voces que sostiene el sistema: todos los que están adentro lo conocen, pero nadie quiere que el público lo entienda.

Inflación de precios vs. inflación monetaria: una distinción crucial

Para entender la inflación correctamente, es imprescindible distinguir entre dos conceptos que la mayoría de la gente confunde: la inflación monetaria (el aumento de la oferta de dinero) y la inflación de precios (el aumento del nivel general de precios).

Por qué los precios suben no siempre es inflación

Los precios pueden subir por muchas razones que no tienen nada que ver con la inflación monetaria:

Si hay una sequía severa y se pierde la cosecha de un cultivo importante, el precio de ese producto va a subir. Eso es oferta y demanda, no inflación.

Si un terremoto destruye una fábrica que producía un componente electrónico clave, el precio de los dispositivos que usan ese componente va a subir temporalmente. Eso es un shock de oferta, no inflación.

Si se descubre que un mineral tiene una nueva aplicación tecnológica importante, la demanda de ese mineral va a aumentar y su precio va a subir. Eso es el mercado reasignando recursos hacia un nuevo uso más valorado, no inflación.

Si un país entra en guerra y se interrumpen las rutas de comercio, muchos precios van a subir por la escasez. Eso es una consecuencia del conflicto, no inflación monetaria.

En todos estos casos, algunos precios suben pero otros tienden a bajar (porque si la gente gasta más en alimentos, gasta menos en otras cosas). Los precios relativos cambian, pero no hay un aumento generalizado y sostenido de todos los precios. Para que eso ocurra, hace falta un aumento en la cantidad de dinero.

La inflación verdadera es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Los precios no suben solos, no suben porque los empresarios sean «codiciosos» (¿acaso no eran codiciosos el año pasado, cuando los precios estaban más bajos?) y no suben por «la especulación». Suben porque hay más dinero circulando en relación a la cantidad de bienes disponibles.

El IPC: la medida que no mide lo que debería medir

Los gobiernos y los bancos centrales utilizan el Índice de Precios al Consumidor (IPC) como la medida oficial de la inflación. El IPC toma una canasta de bienes y servicios «representativos» y mide cómo varían sus precios de un período a otro.

Pero el IPC tiene problemas graves que lo convierten en una herramienta profundamente engañosa.

En primer lugar, el IPC mide el efecto (precios), no la causa (oferta monetaria). Es como medir la gravedad observando la velocidad a la que caen los objetos en lugar de medir la masa de los cuerpos celestes. Puede darte una idea aproximada, pero no te dice nada sobre el fenómeno subyacente.

En segundo lugar, la composición de la canasta la decide el gobierno. Y el gobierno tiene incentivos enormes para subestimar la inflación: las jubilaciones, los ajustes salariales del sector público, los bonos indexados a la inflación y muchas otras obligaciones dependen del IPC. Cuanto más bajo sea el número, menos tiene que pagar el gobierno. No es paranoia: es un incentivo perverso pero perfectamente lógico.

En tercer lugar, el IPC aplica «ajustes hedónicos» y sustituciones que maquillan el resultado. Si una computadora es más potente que la del año pasado pero cuesta lo mismo, el IPC puede registrar una «caída de precio» aunque vos estés pagando exactamente lo mismo. Si el asado sube mucho de precio y la gente empieza a comprar pollo, el IPC puede sustituir asado por pollo en la canasta y registrar una inflación menor. Pero tu nivel de vida bajó: antes comías asado y ahora comés pollo. Eso no se refleja en el índice.

En cuarto lugar, el IPC no captura la inflación de activos. Cuando el dinero nuevo entra en la economía, no sube inmediatamente el precio de la leche y el pan. Primero sube el precio de los activos financieros: acciones, bonos, inmuebles. La bolsa se infla, los departamentos se encarecen, los activos especulativos se disparan. Nada de eso aparece en el IPC. Y cuando finalmente la inflación se traslada a los bienes de consumo, los bancos centrales actúan sorprendidos, como si no la hubieran causado ellos mismos.

La medida correcta de la inflación debería ser, simplemente, la tasa de crecimiento de la oferta monetaria. Si la base monetaria crece un 40% en un año, la inflación es del 40%. Que ese 40% se manifieste como suba de precios al consumidor, como suba de activos financieros, como burbuja inmobiliaria o como una combinación de todo eso, es una cuestión de distribución, no de magnitud. La inflación ya ocurrió en el momento en que se creó el dinero.

Consecuencias de la inflación sobre la economía y la sociedad

La inflación no es simplemente «los precios suben y todo sale más caro». Es un fenómeno que distorsiona toda la estructura económica, destruye incentivos fundamentales, genera crisis recurrentes y erosiona el tejido moral de la sociedad. Veamos cada una de estas consecuencias en detalle.

Destrucción del ahorro

La consecuencia más directa, más visible y más cruel de la inflación es la destrucción del ahorro.

Si tenés 100.000 pesos ahorrados y la inflación es del 50% anual, al cabo de un año tus 100.000 pesos tienen el poder de compra que antes tenían 50.000. Después de dos años, 25.000. Después de tres, 12.500. Tu ahorro de toda la vida se pulveriza en cuestión de meses.

Pero incluso con inflaciones «moderadas» que los bancos centrales consideran «saludables» (2-3% anual), la destrucción es significativa en el largo plazo. Un 3% anual parece inofensivo, pero compuesto en el tiempo es devastador: en 24 años, tu ahorro pierde la mitad de su valor. En 48 años, el 75%. Una persona que ahorra durante toda su vida laboral y se jubila a los 65 años habrá perdido tres cuartas partes del poder adquisitivo de lo que ahorró al inicio de su carrera.

Esto no es un efecto secundario menor. El ahorro es la base de todo progreso económico. Sin ahorro no hay acumulación de capital. Sin capital no hay inversión. Sin inversión no hay aumento de productividad. Sin aumento de productividad no hay mejora del nivel de vida. La inflación destruye el primer eslabón de la cadena del progreso.

Y lo más perverso es que castiga la virtud económica más importante: la prudencia. Ahorrar es hacer un sacrificio presente en favor del futuro. Es postergar la gratificación inmediata para construir algo duradero. La inflación penaliza exactamente ese comportamiento y premia el opuesto: el endeudamiento, el gasto inmediato, el vivir al día. Incentiva una mentalidad destructiva a nivel individual y colectivo.

Distorsión de precios y malas inversiones (malinvestments)

Los precios en una economía de mercado no son números arbitrarios que alguien decide. Son señales que transmiten información vital sobre la escasez relativa de los recursos, las preferencias de los consumidores, las condiciones de producción y las oportunidades de inversión.

Cuando un emprendedor ve que el precio de un bien sube, interpreta que hay más demanda o menos oferta de ese bien, y decide producir más de él. Cuando ve que el precio baja, interpreta lo contrario y reasigna sus recursos. Este mecanismo de precios funciona como un sistema descentralizado de coordinación que permite que millones de personas tomen decisiones coherentes sin que ninguna autoridad central las dirija.

La inflación destruye este mecanismo porque distorsiona las señales de precios. Cuando entra dinero nuevo en la economía, no afecta a todos los precios por igual ni al mismo tiempo. Algunos precios suben antes que otros. Algunos sectores reciben el dinero nuevo antes y experimentan una demanda artificial que no refleja las verdaderas preferencias de los consumidores.

Esto genera lo que la Escuela Austríaca denomina «malas inversiones» o malinvestments. Son inversiones que parecen rentables solo porque los precios están distorsionados por la inyección de dinero nuevo y el crédito artificialmente barato. Los emprendedores inician proyectos que, bajo condiciones normales, nunca habrían emprendido. Construyen edificios que nadie necesita, desarrollan tecnologías que nadie demanda, expanden capacidades productivas que no tienen sustento en demanda real.

Mientras dura la expansión crediticia, todo parece funcionar. Los proyectos avanzan, los empleos se crean, la economía «crece». Pero es una prosperidad ilusoria, construida sobre cimientos de arena. Cuando la expansión se detiene o se desacelera, la realidad se impone con brutalidad: esos proyectos no eran viables, esas inversiones no tenían demanda real, esos empleos no eran sostenibles.

La burbuja inmobiliaria de 2008 en Estados Unidos es el ejemplo más reciente y elocuente. La Reserva Federal mantuvo las tasas de interés artificialmente bajas durante años. Los bancos, inundados de dinero barato, concedieron hipotecas a personas que no podían pagarlas. Se construyeron millones de viviendas que nadie necesitaba realmente. Los precios de los inmuebles se inflaron hasta niveles absurdos. Y cuando la burbuja estalló, el resultado fue una crisis financiera global que destruyó billones de dólares en riqueza y arruinó la vida de millones de personas.

La burbuja de las puntocom en 2000, las crisis inmobiliarias en España e Irlanda, las burbujas en mercados emergentes: todas siguen el mismo patrón. Expansión crediticia artificial, distorsión de precios, malas inversiones masivas, colapso inevitable.

La Teoría Austríaca del Ciclo Económico

Lo que describí en la sección anterior es el mecanismo central de la Teoría Austríaca del Ciclo Económico (TACE), desarrollada por Ludwig von Mises y expandida por Friedrich Hayek (que recibió el Premio Nobel en parte por este trabajo).

La TACE explica por qué las economías modernas experimentan ciclos recurrentes de auge y recesión. El mecanismo funciona así:

Fase 1: Expansión crediticia. El banco central baja las tasas de interés por debajo de su nivel natural de mercado (el nivel que reflejaría las verdaderas preferencias de ahorro de la población). Esto puede hacerlo comprando bonos gubernamentales con dinero nuevo, reduciendo el encaje bancario, o mediante otros mecanismos de política monetaria.

Fase 2: Señal falsa. Las tasas artificialmente bajas envían una señal falsa a los empresarios: les dicen que hay más ahorro disponible del que realmente existe. En una economía sin manipulación, una tasa de interés baja significa que la gente está ahorrando mucho, es decir, que está dispuesta a consumir menos hoy para consumir más en el futuro. Los empresarios interpretan eso como una luz verde para invertir en proyectos de largo plazo (infraestructura, construcción, industria pesada, desarrollo tecnológico) que serán rentables cuando esa demanda futura se materialice.

Fase 3: Boom artificial. Los empresarios, respondiendo a la señal de tasas bajas, inician una oleada de inversiones en bienes de capital de largo plazo. La construcción se dispara, se abren nuevas fábricas, se expanden las líneas de producción, se contratan más trabajadores. La economía parece estar en un auge espectacular. El empleo crece, los salarios suben, la bolsa se dispara. Todos se sienten ricos.

Fase 4: La contradicción. Pero ese ahorro no existe. La gente no ahorró más; de hecho, las tasas bajas la incentivaron a ahorrar menos y consumir más. Hay un conflicto fundamental entre lo que los empresarios creen (que hay ahorro para sostener sus inversiones de largo plazo) y la realidad (la gente quiere consumir ahora, no esperar). No hay suficientes recursos reales para completar todos los proyectos de inversión y al mismo tiempo satisfacer el consumo presente.

Fase 5: El crack. Eventualmente, la realidad se impone. Las tasas de interés suben (ya sea porque el banco central las sube para «controlar la inflación» o porque el mercado las empuja hacia arriba). Los proyectos de largo plazo que parecían rentables con crédito barato ya no lo son con crédito más caro. Las inversiones se detienen, las empresas descubren que sus proyectos no son viables, las obras quedan sin terminar, los despidos comienzan. La burbuja estalla.

Fase 6: La recesión. La recesión es el doloroso pero necesario proceso de liquidación de las malas inversiones. Los recursos mal asignados durante el boom deben reasignarse hacia usos genuinamente productivos. Las empresas inviables quiebran, los precios de los activos inflados se desploman, el empleo cae. Es un proceso traumático, pero es la cura, no la enfermedad. La enfermedad fue el auge artificial que lo precedió.

El punto crucial es que la recesión no es el problema. El problema fue la expansión crediticia que causó el boom artificial. Intentar «curar» la recesión con más expansión monetaria es exactamente tan absurdo como intentar curar una resaca con más alcohol. Puede darte un alivio temporal, pero solo posterga y agrava el ajuste inevitable.

Y sin embargo, es exactamente lo que hacen los gobiernos y los bancos centrales cada vez. Cada crisis se «resuelve» con más emisión, más crédito barato, más tasas artificialmente bajas. Y cada «solución» genera una burbuja más grande que eventualmente explota en una crisis más grande. Es un ciclo ascendente de intervención y destrucción que solo puede terminar de dos formas: con una reforma radical del sistema monetario o con un colapso sistémico.

Erosión moral y del tejido social

Las consecuencias de la inflación no son solo económicas. La inflación corroe los fundamentos morales de la sociedad de maneras profundas y difíciles de revertir.

La inflación premia el endeudamiento y castiga el ahorro. Esto invierte una de las lecciones morales más básicas y universales de la humanidad: que la prudencia, la previsión y la moderación son virtudes, y que el despilfarro, la imprudencia y vivir a costa de otros son vicios.

En un entorno inflacionario, la persona prudente que ahorra para el futuro ve cómo su esfuerzo se desvanece. Mientras tanto, la persona que se endeuda hasta el cuello para comprar bienes y activos termina beneficiándose porque la inflación licúa sus deudas. El mensaje es claro e insidioso: no ahorres, no planifiques, no seas prudente. Gastá todo hoy, endeudáte lo más que puedas, y dejá que la inflación resuelva tus deudas.

La inflación destruye la planificación a largo plazo. ¿Para qué hacer un plan a 20 años si no sabés cuánto va a valer tu dinero el mes que viene? ¿Para qué firmar contratos a largo plazo si los precios pueden cambiar drásticamente antes de que se cumplan? La inflación acorta el horizonte temporal de toda la sociedad, forzándola a vivir en un perpetuo presente.

La inflación genera cinismo y desconfianza. Cuando la gente ve que las reglas del juego cambian constantemente, que el dinero que ganó honestamente pierde valor por decisiones políticas ajenas, que los bien conectados se benefician mientras los demás pierden, la confianza en las instituciones y en la propia idea de justicia se erosiona. ¿Por qué respetar las reglas si las reglas están amañadas?

La inflación fomenta la especulación sobre la producción. En un entorno de dinero sólido, la forma de enriquecerse es producir bienes y servicios que la gente valore. En un entorno inflacionario, la forma más eficiente de enriquecerse es especular: comprar activos antes de que suban, apostar a la dirección de las tasas de interés, arbitrar las distorsiones que la propia inflación genera. La economía se «financiariza»: el sector financiero crece a expensas del sector productivo real, y la sociedad se divide entre los que saben jugar el juego financiero y los que no.

Cada expansión monetaria constituye una forma de falsificación legalizada que roba a todos los poseedores de dinero. Y tenía razón. La inflación es, en su esencia, un robo. Un robo sofisticado, institucionalizado, protegido por la ley y justificado por teorías económicas elaboradas, pero un robo al fin.

Tipos de inflación según su intensidad

Aunque toda inflación tiene la misma causa (expansión monetaria), sus manifestaciones varían en intensidad y velocidad. Es útil distinguir los diferentes grados para entender la gravedad del fenómeno.

Inflación moderada

Se habla de inflación moderada cuando los precios suben a un ritmo relativamente bajo, generalmente en un rango del 2% al 10% anual. Es el tipo de inflación que los bancos centrales consideran «aceptable» o incluso «deseable».

Pero que sea moderada no significa que sea inocua. Como ya vimos, incluso un 3% anual destruye la mitad de tu poder adquisitivo en 24 años. La inflación moderada es como un veneno lento: no te mata de un día para el otro, pero te va debilitando progresivamente hasta que un día te das cuenta de que ya no podés comprar lo que antes podías, que tu nivel de vida bajó sin que hayas hecho nada diferente.

La inflación moderada es, en muchos sentidos, la más peligrosa porque es la menos perceptible. La gente se acostumbra, la normaliza, la acepta como parte de la vida. Y esa aceptación es exactamente lo que les permite a los gobiernos sostenerla indefinidamente.

Inflación alta

Cuando la inflación supera el 20-30% anual de forma sostenida, entramos en territorio de inflación alta. En este escenario, los efectos negativos ya son claramente perceptibles para toda la población: los precios cambian con frecuencia, el sueldo pierde valor notoriamente entre un cobro y el siguiente, la planificación económica se dificulta enormemente y la gente empieza a buscar desesperadamente formas de proteger su poder adquisitivo.

La inflación alta genera comportamientos adaptativos que agravan el problema: la gente intenta desprenderse del dinero lo más rápido posible (lo que aumenta la velocidad de circulación y acelera aún más la suba de precios), las empresas ajustan precios con mayor frecuencia (lo que genera una espiral), y se generalizan prácticas como la dolarización informal, la indexación de contratos y los «remarcadores» de precios.

Los países que sufren inflación alta crónica pagan un precio enorme en términos de desarrollo. La incertidumbre permanente ahuyenta la inversión de largo plazo, dificulta el comercio internacional, destruye la confianza entre las partes contratantes y genera una economía orientada a la supervivencia en lugar de al crecimiento.

Inflación galopante

La inflación galopante se produce cuando las tasas superan el 100% anual. En este escenario, la economía ya está en serios problemas. Los precios se duplican cada año o menos, el dinero pierde valor de forma vertiginosa, el ahorro en moneda nacional se vuelve imposible y la actividad económica se contrae porque la incertidumbre es demasiado grande para que los emprendedores planifiquen o inviertan.

La inflación galopante suele ir acompañada de controles de precios (que generan desabastecimiento), controles cambiarios (que generan mercados negros), y una batería de regulaciones cada vez más desesperadas que solo agravan la situación. Los gobiernos que causaron el problema con exceso de emisión intentan «solucionarlo» con más intervención, generando un círculo vicioso de destrucción económica.

Hiperinflación

La hiperinflación es el estadio terminal de la enfermedad inflacionaria. Se produce cuando la expansión monetaria se descontrola completamente y la población pierde toda confianza en la moneda.

La definición técnica más usada (propuesta por el economista Phillip Cagan) establece el umbral en una inflación mensual superior al 50%, lo que equivale a una tasa anualizada de aproximadamente 12.900%. Pero en la práctica, la hiperinflación puede alcanzar tasas absurdas: millones, miles de millones o incluso billones por ciento.

El mecanismo de la hiperinflación es un círculo vicioso autoalimentado:

  1. El gobierno emite dinero masivamente para cubrir su déficit.
  2. Los precios suben rápidamente.
  3. La recaudación tributaria pierde valor en términos reales (efecto Olivera-Tanzi): cuando el gobierno cobra un impuesto, el dinero que recibe ya vale menos que cuando se generó la obligación.
  4. El déficit se agranda en términos reales, lo que obliga a emitir aún más.
  5. La gente pierde la confianza en la moneda y trata de deshacerse de ella lo más rápido posible, aumentando la velocidad de circulación.
  6. Los precios se aceleran aún más, lo que aumenta la necesidad de emisión, y el ciclo se retroalimenta hasta el colapso total de la moneda.

El punto de no retorno llega cuando se produce lo que Mises llamaba el «crack-up boom»: el momento en que la huida del dinero se vuelve generalizada e imparable. La gente deja de usar la moneda nacional para transacciones, se dolariza o recurre al trueque, y la moneda se convierte en un pedazo de papel sin valor.

La hiperinflación siempre, sin excepción, termina con el abandono de la moneda: ya sea por una reforma monetaria drástica (nueva moneda, nuevo sistema) o por la adopción informal o formal de una moneda extranjera. No existe en la historia un solo caso de hiperinflación que se haya «controlado» gradualmente. Siempre termina en un punto de quiebre.

Casos históricos de inflación y hiperinflación

La historia ofrece numerosos ejemplos que confirman, sin excepción, la relación entre expansión monetaria y destrucción del valor del dinero.

La República de Weimar (Alemania, 1921-1923)

El caso más emblemático de hiperinflación es el de la República de Weimar, la Alemania de la posguerra de la Primera Guerra Mundial.

Después de la guerra, Alemania enfrentaba deudas enormes, reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles y una economía devastada. El gobierno recurrió a la impresión masiva de marcos para financiar sus obligaciones.

Los números son difíciles de procesar. En enero de 1921, un dólar costaba unos 65 marcos. Para noviembre de 1923, un dólar costaba 4,2 billones de marcos. Los precios se duplicaban cada pocos días. Los trabajadores cobraban su sueldo dos veces al día y corrían a gastarlo antes de que perdiera valor. Se necesitaban carretillas llenas de billetes para comprar comida. Los billetes se usaban como papel tapiz o como combustible, porque valían menos que la madera o el carbón.

Las consecuencias sociales fueron catastróficas. La clase media alemana, que había ahorrado durante generaciones, vio cómo la totalidad de su riqueza se evaporaba en cuestión de meses. Los seguros de vida, los bonos del gobierno, las cuentas de ahorro: todo se volvió polvo. La desesperación y el resentimiento que generó esta destrucción crearon el caldo de cultivo perfecto para el extremismo político.

No es exagerado afirmar que la hiperinflación de Weimar fue uno de los factores que prepararon el terreno para el ascenso del nazismo. La destrucción de la clase media, la pérdida de confianza en las instituciones y la sensación de que el sistema había traicionado a la gente común fueron tierra fértil para quien prometiera orden y venganza.

Argentina: una historia de destrucción monetaria

Si existe un país que encarna la inflación crónica como modo de vida, es Argentina. No como episodio aislado, sino como condición permanente durante más de ocho décadas.

Algunos datos que ilustran la magnitud del desastre:

Argentina cambió de moneda cinco veces desde 1945, eliminando en total 13 ceros. Dicho de otra forma: 10.000.000.000.000 de pesos de 1945 equivalen a 1 peso actual. Cada cambio de moneda fue necesario porque la anterior había sido destruida por la emisión.

La hiperinflación de 1989 alcanzó tasas mensuales superiores al 100%. Los supermercados remarcaban precios varias veces al día. La gente corría a gastar su sueldo el mismo instante en que lo cobraba. Los más vulnerables, que no tenían acceso a dólares ni a mecanismos de protección, fueron devastados.

Incluso en los períodos de «estabilidad relativa», la inflación anual rara vez bajó del 20%. Y cada intento de estabilización que no atacó la raíz del problema (el déficit fiscal y la emisión monetaria) terminó en una nueva crisis, generalmente peor que la anterior.

Lo más notable del caso argentino no es la intensidad de la inflación en momentos puntuales, sino su persistencia. Es un país donde cada generación vivió la destrucción de sus ahorros, donde la moneda nacional es sinónimo de pérdida de valor, y donde la gente desarrolló mecanismos de supervivencia (dolarización, compra de inmuebles, economía informal) que son perfectamente racionales pero que reflejan una patología sistémica.

Venezuela: del país más rico de Latinoamérica al colapso

Venezuela es un caso particularmente instructivo porque muestra la velocidad con la que la inflación puede destruir un país cuando se combinan emisión monetaria descontrolada, destrucción del aparato productivo y controles de precios.

Bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, Venezuela financió un gasto público masivo (subsidios, controles de precios, expropiaciones, programas sociales clientelares) con emisión monetaria y con los ingresos petroleros. Cuando el precio del petróleo cayó, la emisión se convirtió en la única fuente de financiamiento.

El resultado fue una hiperinflación que en 2018 alcanzó una tasa anualizada estimada en más de 1.000.000%. El bolívar se desintegró. La gente usaba billetes como servilletas porque valían menos que el papel. Millones de venezolanos emigraron en la mayor crisis migratoria de la historia reciente de América Latina. Los que se quedaron enfrentaron escasez de alimentos, medicinas y productos básicos.

El patrón es siempre el mismo: gobierno que gasta más de lo que tiene, emisión monetaria para cubrir la diferencia, destrucción del valor de la moneda, empobrecimiento masivo. No hay magia, no hay misterio, no hay «mala suerte». Es causa y efecto, tan predecible como la ley de gravedad.

Zimbabwe: la hiperinflación del siglo XXI

Zimbabwe bajo Robert Mugabe ofrece otro ejemplo de manual. La expropiación masiva de tierras productivas destruyó el sector agrícola (que era la columna vertebral de la economía). La producción se desplomó. El gobierno, en lugar de revertir las políticas que causaron el desastre, financió sus gastos con emisión monetaria.

La hiperinflación alcanzó niveles absurdos: en noviembre de 2008, la inflación mensual estimada fue de 79.600.000.000%. Se emitieron billetes de 100 billones de dólares zimbabuenses que no alcanzaban para comprar un pan. El gobierno eventualmente abandonó su propia moneda y adoptó el dólar estadounidense y el rand sudafricano como monedas de curso legal.

El patrón común

En todos estos casos, y en todos los casos de inflación elevada e hiperinflación de la historia, el patrón es idéntico:

  1. Un gobierno que gasta más de lo que recauda
  2. Un banco central que emite dinero para financiar el déficit
  3. Un aumento sostenido de la oferta monetaria
  4. Una pérdida progresiva del valor de la moneda
  5. Un empobrecimiento masivo de la población
  6. Una destrucción del ahorro, la inversión y el crecimiento

No existe un solo caso en la historia de la humanidad donde una expansión monetaria descontrolada haya producido prosperidad duradera. Ni uno. Siempre, absolutamente siempre, el resultado es el mismo: destrucción económica y sufrimiento social.

La inflación como impuesto oculto: el robo silencioso

Si alguien entrara a tu casa y se llevara la mitad de tus ahorros, lo llamarías robo. Si el gobierno te sacara la mitad de tu sueldo en impuestos, al menos lo verías en tu recibo y podrías protestar. Pero cuando la inflación reduce tu poder adquisitivo a la mitad, la mayoría de la gente no entiende qué pasó ni a quién culpar.

La inflación es el impuesto más perverso que existe, y lo es por varias razones:

Es invisible. No aparece en ningún recibo ni declaración impositiva. Simplemente notás que todo sale más caro, que ya no llegás a fin de mes, que tus ahorros compran menos. Pero no hay una línea que diga «impuesto inflacionario: tanto por ciento».

Es universal. No hay forma de evitarlo si tenés dinero. Un impuesto sobre la renta lo pagás solo si tenés renta. Un impuesto al consumo lo pagás solo cuando consumís. Pero el impuesto inflacionario lo pagás por el solo hecho de tener moneda nacional en tu poder, ya sea en el bolsillo, en el banco o debajo del colchón.

No requiere aprobación legislativa. El gobierno no necesita pasar una ley por el Congreso para «cobrar» el impuesto inflacionario. No necesita debate público, no necesita mayorías parlamentarias, no necesita negociar con la oposición. El banco central simplemente emite y listo.

Es regresivo. Afecta proporcionalmente más a los pobres que a los ricos. Los ricos tienen asesores financieros, acceso a inversiones sofisticadas, propiedades, activos en el exterior. Los pobres tienen sus escasos ahorros en efectivo o en una cuenta bancaria de baja rentabilidad. La inflación les come proporcionalmente más a quienes menos tienen.

Destruye capital. A diferencia de un impuesto sobre la renta (que reduce tu ingreso pero no destruye capital productivo), la inflación destruye capital real al distorsionar el cálculo económico, generar malas inversiones y desincentivar el ahorro. Hace a la sociedad estructuralmente más pobre, no solo con menos ingreso disponible.

La inflación no es un accidente ni un efecto secundario indeseado de las políticas gubernamentales. Es una herramienta deliberada de expropiación. Los gobiernos la usan porque les permite financiar sus gastos sin el costo político de subir impuestos. Y la sostienen porque el sistema educativo, los medios de comunicación y los economistas del establishment se encargan de que la población no entienda quién es el verdadero responsable.

¿Qué es la deflación y por qué no es el monstruo que te dicen?

Si la inflación es el aumento de la oferta monetaria (y el consecuente aumento de precios), la deflación es lo contrario: una caída en los precios. Y contrariamente a lo que dicen los economistas del mainstream, la deflación de precios no es un desastre. Es el estado natural de una economía productiva.

La deflación de precios es progreso

Pensá en la historia de la tecnología. Hace 30 años, una computadora costaba varios miles de dólares y tenía una fracción de la capacidad de un teléfono actual. Hoy podés comprar un teléfono más potente que las computadoras de la NASA en los años 70 por unos pocos cientos de dólares.

¿Alguien dice que la industria tecnológica está en crisis porque los precios bajan? Al contrario: la caída de precios es señal de progreso, innovación y aumento de productividad. Es algo bueno. Significa que la sociedad produce más y mejor con menos recursos.

En una economía con dinero sólido (como un patrón oro), la tendencia general de los precios es a la baja. A medida que la tecnología avanza, la productividad aumenta y los costos de producción se reducen, los precios de los bienes y servicios tienden a bajar gradualmente. Esto significa que cada unidad de dinero compra más con el paso del tiempo. Tu poder adquisitivo aumenta naturalmente. El ahorro se premia: el dinero que guardás hoy vale más mañana.

Esto es exactamente lo que ocurrió durante gran parte del siglo XIX. Bajo el patrón oro, los precios tendían a bajar suavemente, los salarios reales subían constantemente, y el nivel de vida mejoró de una forma que no tenía precedentes en la historia humana. Fue la época de mayor progreso económico y tecnológico que el mundo había conocido. Y ocurrió con deflación de precios.

El falso terror a la deflación

Entonces, si la deflación de precios es signo de progreso, ¿por qué los bancos centrales, los gobiernos y los economistas mainstream le tienen tanto «miedo»?

La respuesta es simple: porque la deflación es enemiga del endeudamiento, y los gobiernos modernos están endeudados hasta la médula.

Si los precios bajan, el valor real de las deudas aumenta. Cada peso que el gobierno debe pagar mañana vale más que el peso que pidió prestado ayer. Para un gobierno con deuda de billones de dólares, eso es una sentencia de insolvencia.

La inflación, en cambio, licúa las deudas. Permite a los gobiernos pagar sus obligaciones con moneda devaluada. Cada año, la deuda pesa menos en términos reales. Es el sueño de todo deudor: que tu acreedor pierda sin que vos pagues.

El «miedo a la deflación» es, en esencia, una narrativa construida para justificar la inflación permanente. Los economistas del mainstream, que en su mayoría trabajan directa o indirectamente para el Estado o para instituciones financieras beneficiarias del sistema inflacionario, han elaborado teorías enteras sobre los «peligros» de la deflación (la «espiral deflacionaria», la «trampa de liquidez», etc.) que, analizadas con rigor, no resisten el escrutinio empírico ni lógico.

La verdadera «espiral» peligrosa no es la deflación. Es la espiral inflacionaria: emisión que genera suba de precios, que genera más emisión para financiar un gasto creciente, que genera más suba de precios. Esa sí destruye economías. La deflación, en cambio, premia el ahorro, disciplina el gasto y fomenta el progreso.

Breve historia del dinero: del oro al papel sin respaldo

Para entender por qué vivimos en un mundo inflacionario, es necesario entender cómo llegamos hasta acá. La historia del dinero es la historia de cómo el Estado fue gradualmente apropiándose del control monetario.

El dinero como producto del mercado

El dinero no fue inventado por ningún gobierno. Surgió espontáneamente del intercambio voluntario entre personas. En los orígenes de la civilización, la gente intercambiaba bienes directamente (trueque), pero esto tenía limitaciones enormes: necesitabas encontrar a alguien que quisiera exactamente lo que vos ofrecías y que tuviera exactamente lo que vos querías.

Con el tiempo, ciertos bienes empezaron a ser aceptados no por su utilidad directa sino por su capacidad de ser intercambiados fácilmente por otros bienes. Estos bienes se convirtieron en «medios de intercambio». Carl Menger, el fundador de la Escuela Austríaca, explicó magistralmente este proceso: el dinero no fue creado por decreto gubernamental ni por contrato social. Surgió de la acción humana individual como solución al problema del trueque.

A lo largo de miles de años, diferentes bienes sirvieron como dinero: sal, ganado, conchas, tabaco, pieles, cobre. Pero con el tiempo, el mercado fue seleccionando los bienes que mejor cumplían las funciones del dinero. Y los ganadores absolutos de esa competencia fueron los metales preciosos, particularmente el oro y la plata.

¿Por qué el oro? Porque reúne todas las propiedades que un buen dinero necesita:

Escasez. No se puede crear oro de la nada. Hay que extraerlo de la tierra con trabajo y capital, lo que limita naturalmente la oferta.

Durabilidad. El oro no se oxida, no se deteriora, no se descompone. Una moneda de oro de la antigua Roma sigue siendo oro hoy.

Divisibilidad. Se puede dividir en porciones muy pequeñas sin perder valor por unidad de peso.

Portabilidad. Tiene un alto valor por unidad de peso, lo que facilita transportar cantidades significativas.

Homogeneidad. Un gramo de oro puro es igual a otro gramo de oro puro, sin importar de dónde venga.

Reconocibilidad. Es fácil de identificar y difícil de falsificar.

El oro no es dinero porque un gobierno lo decidió. Es dinero porque el mercado libre, a lo largo de milenios, lo seleccionó como el mejor medio de intercambio disponible.

El patrón oro y la estabilidad de precios

Bajo el patrón oro clásico (que funcionó con diferentes variantes desde la antigüedad hasta el siglo XX), la cantidad de dinero en circulación estaba limitada por la cantidad de oro disponible. Los billetes eran certificados de depósito: cada billete representaba una cantidad específica de oro guardada en un banco o en el tesoro público, y era canjeable por ese oro a demanda.

Esto imponía una disciplina monetaria estricta. No se podía «imprimir dinero» porque cada billete nuevo requería oro nuevo que lo respaldara. El gobierno no podía financiar déficits con emisión monetaria: si quería gastar más, tenía que recaudar más impuestos, vender activos o endeudarse de verdad (pidiendo prestado dinero que alguien había ahorrado realmente).

El resultado fue una estabilidad de precios notable. En Estados Unidos, el nivel de precios en 1913 era aproximadamente el mismo que en 1800. Más de un siglo de estabilidad. Los precios de algunos bienes subían, los de otros bajaban, pero el nivel general era estable. El poder adquisitivo del dólar se mantuvo intacto durante generaciones.

Bajo este sistema, los salarios reales subían constantemente (porque la productividad aumentaba y los precios bajaban), el ahorro era premiado (un dólar ahorrado hoy valía lo mismo o más mañana), y los ciclos económicos, cuando ocurrían, eran relativamente breves y suaves.

La era de los bancos centrales

Todo cambió con la creación de los bancos centrales modernos. La Reserva Federal de Estados Unidos fue creada en 1913, y su modelo fue replicado en el resto del mundo a lo largo del siglo XX.

Los bancos centrales fueron vendidos al público como instituciones necesarias para «estabilizar la economía» y «prevenir crisis bancarias». Rothbard documentó meticulosamente cómo la creación de la Fed fue impulsada por los grandes banqueros de Wall Street, que querían un prestamista de última instancia que los rescatara cuando sus aventuras con la reserva fraccionaria les explotaran en la cara.

El resultado de más de un siglo de banca central habla por sí solo:

Apenas 16 años después de la creación de la Fed, Estados Unidos sufrió la Gran Depresión, la peor crisis económica de su historia. Rothbard demostró, en La Gran Depresión de América, que fue la expansión crediticia de la Fed durante los años 20 la que generó la burbuja que inevitablemente colapsó.

Desde 1913, el dólar perdió más del 96% de su valor. Un dólar de 1913 compra hoy menos de 4 centavos de lo que compraba entonces. «Estabilidad» monetaria, le llaman.

Las crisis bancarias no desaparecieron. Se multiplicaron y se volvieron más grandes, más sistémicas y más destructivas: la Gran Depresión, la estanflación de los 70, la crisis del ahorro y préstamo de los 80, la burbuja puntocom, la crisis financiera de 2008, la crisis del COVID.

Los bancos centrales no cumplieron ninguna de sus promesas. Pero acumularon un poder enorme e incontrolado sobre la vida económica de miles de millones de personas.

El fin del patrón oro: 1971

El golpe final al dinero sólido se produjo el 15 de agosto de 1971, cuando el presidente Richard Nixon anunció que Estados Unidos dejaría de convertir dólares en oro. Este acto, conocido como el «Nixon Shock», eliminó el último vínculo entre el dinero y una mercancía real.

El contexto fue el siguiente: después de la Segunda Guerra Mundial, el sistema monetario internacional se organizó bajo los Acuerdos de Bretton Woods (1944). El dólar quedó vinculado al oro a una tasa de 35 dólares por onza, y las demás monedas se vincularon al dólar. Era un patrón oro indirecto.

Pero Estados Unidos imprimió muchos más dólares de los que podía respaldar con oro, para financiar la Guerra de Vietnam y los programas de gasto social de la administración Johnson. Países como Francia empezaron a exigir la conversión de sus dólares por oro, drenando las reservas norteamericanas.

En lugar de asumir la disciplina fiscal necesaria, Nixon optó por eliminar la restricción: cerró la «ventanilla del oro» y declaró que el dólar ya no sería convertible. De un día para el otro, todas las monedas del mundo pasaron a ser puro papel sin respaldo. Dinero fiat: dinero por decreto, cuyo valor depende exclusivamente de la imposición legal del gobierno y de la (decreciente) confianza pública.

Desde 1971, la creación de dinero no tiene ningún freno real. Los bancos centrales pueden expandir la oferta monetaria sin límite. Y lo han hecho: la cantidad de dinero en circulación se ha multiplicado exponencialmente. No es casualidad que desde 1971 la desigualdad se haya disparado, las burbujas financieras se hayan multiplicado, la deuda global haya alcanzado niveles históricos y el poder adquisitivo de los salarios se haya estancado.

Mitos comunes sobre la inflación

La inflación está rodeada de mitos, medias verdades y mentiras deliberadas que conviene desmontar.

«Un poco de inflación es buena para la economía»

Esta es probablemente la mentira más repetida y más dañina. Los bancos centrales del mundo fijan «metas de inflación» del 2% anual y presentan esa cifra como el objetivo «saludable» y «deseable».

No hay absolutamente nada saludable en una inflación del 2%. Un 2% anual compuesto durante 35 años destruye la mitad de tu poder adquisitivo. Durante la vida laboral completa de una persona (45 años), destruye el 60%. Eso no es «un poquito». Es una expropiación sistemática y silenciosa.

La justificación que dan es que la inflación «engrasa las ruedas de la economía», «facilita el ajuste de salarios reales» y «evita la temida deflación». Todas estas justificaciones son falsas o, en el mejor de los casos, confunden un efecto secundario deseable (para el gobierno) con un beneficio real (para la sociedad).

La verdad es más simple: la meta de inflación del 2% existe porque permite a los gobiernos erosionar gradualmente sus deudas, financiar sus déficits y transferir riqueza de los ahorradores al sistema financiero sin que la gente se queje demasiado. Es lo suficientemente baja como para no generar protestas masivas, pero lo suficientemente alta como para cumplir su función redistributiva en favor del Estado.

«La inflación la causan los empresarios que suben los precios»

Este mito es el favorito de los políticos populistas porque les permite culpar al sector privado del desastre que ellos mismos causaron.

Los empresarios no causan la inflación. Los empresarios ajustan sus precios a la realidad monetaria. Si la cantidad de dinero se duplica, los costos de producción (materias primas, salarios, alquileres, insumos) suben. Un empresario que no sube sus precios cuando sus costos aumentan, quiebra. No es codicia: es supervivencia económica básica.

Culpar a los empresarios por la inflación es como culpar al termómetro por la fiebre, al barómetro por la tormenta o al velocímetro por el exceso de velocidad. Los precios son indicadores, no causas.

Si los empresarios pudieran simplemente «decidir» subir los precios cuando quisieran, ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Eran menos «codiciosos» el año pasado? ¿Se volvieron todos codiciosos al mismo tiempo por casualidad? La pregunta se responde sola: los empresarios suben los precios cuando el entorno monetario los obliga a hacerlo, no porque decidan colectivamente ser más ambiciosos.

«Los controles de precios pueden frenar la inflación»

Los controles de precios son la respuesta instintiva de los gobiernos que quieren atacar los síntomas sin tocar la causa. Y no funcionan. No funcionaron nunca, en ningún lugar, en ninguna época de la historia.

El mecanismo de fracaso es simple y predecible:

El gobierno fija un precio máximo para un producto por debajo del precio de mercado. Como el precio no puede subir para reflejar los mayores costos de producción (causados por la inflación que el gobierno generó), los productores pierden dinero con cada unidad que venden. Respuesta lógica: producen menos. Resultado: escasez.

Cuando hay escasez, aparece el mercado negro. Los productos que desaparecen de las góndolas se consiguen «por abajo», a precios mucho más altos que los oficiales. El gobierno responde con más controles, más inspecciones, más multas, más regulaciones. Los productores responden reduciendo aún más la producción o directamente cerrando. El desabastecimiento se agrava.

Este ciclo se ha repetido infinitas veces en la historia: desde el Edicto de Precios Máximos del emperador Diocleciano en la Roma del siglo III (que establecía pena de muerte para quien vendiera por encima de los precios fijados y fracasó estrepitosamente) hasta los controles de precios en la Unión Soviética (que generaron colas de horas para comprar productos básicos durante 70 años), pasando por Venezuela (que impuso controles de precios y se quedó sin papel higiénico, medicinas y alimentos) y Argentina (que los implementó decenas de veces con resultados siempre catastróficos).

Los controles de precios no frenan la inflación. Agravan sus consecuencias al sumar la escasez a la pérdida de poder adquisitivo.

«La inflación se puede controlar con regulación»

Más regulación no soluciona un problema causado por el regulador. Es pedirle al pirómano que apague el incendio que él mismo provocó.

La única «regulación» que funciona contra la inflación es dejar de crear dinero de la nada. Todo lo demás (controles de precios, «precios cuidados», «precios justos», acuerdos de precios, regulaciones anti-especulación, controles cambiarios) son parches cosméticos que no atacan la raíz del problema y generalmente lo agravan al introducir distorsiones adicionales en la economía.

«La inflación la causan los monopolios»

Otro mito popular. Incluso si un monopolio puede cobrar precios más altos por su producto, eso afecta el precio relativo de un bien específico, no el nivel general de precios. Si gastás más en el producto del monopolio, gastás menos en otros productos, y los precios de esos otros bienes tienden a bajar. Los precios relativos cambian, pero no hay un aumento generalizado.

Para que haya un aumento generalizado y sostenido de todos los precios, hace falta un aumento en la cantidad de dinero. Punto. El único «monopolio» que causa inflación es el monopolio del banco central sobre la emisión de moneda.

La solución: dinero sólido, banca sana y libertad monetaria

Si el problema es la manipulación monetaria por parte del Estado, la solución es eliminar esa manipulación. Los economistas de la Escuela Austríaca han propuesto diversas soluciones, todas basadas en el mismo principio fundamental: el dinero es demasiado importante como para dejarlo en manos del gobierno.

Patrón oro con coeficiente de caja del 100%

Primero, un retorno al patrón oro. El dinero debe ser una mercancía real con valor intrínseco, seleccionada por el mercado, cuya oferta esté limitada por la naturaleza y no pueda ser manipulada por una autoridad central. El oro cumple estas condiciones.

Segundo, la eliminación de la reserva fraccionaria. Los bancos deben mantener el 100% de los depósitos a la vista en sus bóvedas. Si depositás 10.000, esos 10.000 están ahí, disponibles para que los retires cuando quieras. Los bancos solo pueden prestar dinero que los ahorristas hayan depositado explícitamente a plazo fijo, aceptando que no podrán disponer de él hasta que venza el plazo.

En este sistema, todo crédito estaría respaldado por ahorro real previo. No habría creación de dinero de la nada. No habría ciclos económicos artificiales. No habría burbujas especulativas alimentadas por crédito inexistente. No habría impuesto inflacionario. No habría efecto Cantillon.

Es un sistema simple, sólido y honesto. Lo cual explica por qué el establishment bancario y político lo rechaza con tanta vehemencia.

La desnacionalización del dinero

Friedrich Hayek propuso una alternativa diferente pero basada en el mismo principio: la competencia monetaria. En su obra La desnacionalización del dinero, Hayek sugería eliminar el monopolio gubernamental sobre la emisión de moneda y permitir que cualquier entidad privada pudiera emitir su propia moneda.

En un mercado de monedas competitivas, las monedas mal gestionadas (es decir, las que pierden valor por exceso de emisión) serían rechazadas por el público en favor de monedas más estables. La competencia disciplinaría a los emisores de la misma forma que disciplina a cualquier productor en un mercado libre: el que ofrece un producto inferior, pierde clientes.

El rol de Bitcoin y las criptomonedas

En la era digital, la propuesta hayekiana de competencia monetaria ha cobrado nueva relevancia con la aparición de Bitcoin y otras criptomonedas con oferta limitada.

Bitcoin presenta varias características del dinero sólido: tiene una oferta máxima fija de 21 millones de unidades (nunca habrá más), es descentralizado (ningún gobierno ni banco central lo controla), es resistente a la censura y es verificable por cualquiera. No es perfecto: tiene volatilidad significativa, limitaciones de escalabilidad y riesgos regulatorios. Pero representa algo que habría sido impensable hace 20 años: la posibilidad de tener dinero que no dependa de la voluntad de un burócrata.

Lo más importante no es si Bitcoin específicamente se convertirá en el dinero del futuro. Lo importante es el principio que encarna: que la tecnología permite crear alternativas al monopolio monetario del Estado. Y que la competencia entre formas de dinero puede hacer por la disciplina monetaria lo que la competencia hace por la calidad y el precio en cualquier otro mercado.

Lo fundamental: separar el dinero del Estado

Sea cual sea el mecanismo específico (patrón oro, banca libre, competencia monetaria, criptomonedas), el principio subyacente es siempre el mismo: hay que separar el dinero del Estado.

De la misma forma en que se separó la Iglesia del Estado para proteger la libertad religiosa, hay que separar el dinero del Estado para proteger la libertad económica. Mientras el gobierno tenga el monopolio de la emisión monetaria, va a abusar de él. No porque los políticos sean especialmente malvados, sino porque los incentivos del sistema lo garantizan: gastar sin el costo político de cobrar impuestos es una tentación que ningún gobierno ha resistido en la historia.

La inflación no va a desaparecer mientras el Estado controle el dinero. La única solución definitiva es quitarle ese control.

¿Cómo protegerse de la inflación?

Mientras el sistema no cambie (y no hay señales de que vaya a cambiar pronto), cada persona tiene la responsabilidad de proteger su patrimonio y el de su familia. No podemos esperar que el gobierno nos proteja de la inflación porque el gobierno es la inflación.

Regla número 1: no mantener riqueza en dinero fiat

Este es el principio fundamental. Mantener tus ahorros en la moneda que el gobierno emite y devalúa es garantizar la pérdida de tu poder adquisitivo. No importa si la inflación es del 2% o del 200%. En ambos casos, tu dinero pierde valor. La diferencia es solo la velocidad.

Esto no significa que no debas tener algo de liquidez en moneda fiat para gastos corrientes y emergencias. Pero la mayor parte de tu patrimonio debería estar en activos que el gobierno no pueda diluir.

Oro y plata

Los metales preciosos han sido reserva de valor durante más de 5.000 años de historia humana. Un gramo de oro hoy compra aproximadamente la misma cantidad de bienes que compraba hace un siglo. No te vas a hacer rico con oro, pero tampoco vas a perder tu patrimonio. El oro es un seguro contra la irresponsabilidad monetaria de los gobiernos, y ha cumplido esa función a lo largo de toda la historia registrada.

La plata tiene características similares, con la ventaja adicional de tener una demanda industrial significativa y de ser más accesible para pequeños ahorristas.

Activos reales

Inmuebles, tierras productivas, bienes de capital: cualquier cosa que tenga valor intrínseco y utilidad real tiende a mantener su valor frente a la inflación. Los precios nominales de estos activos suben con la inflación, preservando (o incrementando) el valor del patrimonio del propietario.

Los inmuebles, en particular, han sido históricamente una de las formas más populares de protección contra la inflación. Tienen la ventaja de generar renta (alquiler) y de ser bienes tangibles cuyo valor no depende de la confianza en una moneda.

Monedas más sólidas

En países con inflación alta, dolarizar los ahorros es una estrategia de supervivencia básica. El dólar no es perfecto (también se devalúa, solo que más lentamente), pero es considerablemente menos malo que la mayoría de las monedas nacionales. El franco suizo, la corona noruega y otras monedas de países con tradición de disciplina fiscal también son opciones.

Bitcoin y criptomonedas de oferta fija

Bitcoin ofrece una alternativa interesante por su oferta limitada y su descentralización. No está exento de riesgos (volatilidad, riesgo regulatorio, riesgo tecnológico), pero su diseño lo hace intrínsecamente resistente a la inflación monetaria.

Inversión en capital productivo

Invertir en negocios que generan valor real es otra forma de protegerse. Un negocio que produce bienes o servicios que la gente necesita puede ajustar sus precios a la inflación, protegiendo el capital del inversor y generando rentabilidad real.

Educación financiera

Quizás la inversión más importante de todas: entender cómo funciona el dinero, cómo funciona la inflación y cómo funciona el sistema financiero. La ignorancia es el principal aliado de la inflación. Cuanto más entiendas sobre estos temas, mejores decisiones vas a tomar para proteger tu patrimonio y el de tu familia.

Conclusión

La inflación no es un misterio, no es un fenómeno natural y no es inevitable. Es el resultado directo y predecible de una causa específica: la creación de dinero de la nada por parte del Estado a través de su banco central y del sistema bancario de reserva fraccionaria.

Entender esto es entender el problema central de la economía moderna. Mientras el gobierno tenga el monopolio de la emisión monetaria, va a abusar de ese poder. No por maldad intrínseca, sino porque los incentivos del sistema lo garantizan: ningún político resiste la tentación de gastar sin cobrar impuestos explícitos.

La inflación no es un problema técnico que requiere ajustes finos de «política monetaria». Es un problema político que requiere una solución institucional: separar el dinero del Estado. Sea a través del patrón oro, la banca con reserva del 100%, la competencia monetaria o las criptomonedas, el principio es siempre el mismo: quitarle al gobierno el poder de manipular el dinero.

Mientras esperamos ese cambio (si es que llega), cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de entender cómo funciona el sistema y proteger su patrimonio en consecuencia. No esperes que el gobierno te cuide de la inflación. El gobierno es la inflación.

La inflación acabará cuando la gente exija que acabe, y no antes. Y para exigir que acabe, primero hay que entender qué es.

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Economía austríaca, libertad y paz.

Leave a Reply

Your email address will not be published.