La oferta monetaria es uno de esos conceptos que todo el mundo debería entender, pero que la mayoría de las personas ignora por completo. Y no es casualidad: a los gobiernos y bancos centrales les conviene que nadie preste demasiada atención a cuánto dinero hay circulando en la economía ni, mucho menos, a quién tiene el poder de crear más.
En términos simples, la oferta monetaria es la cantidad total de dinero disponible en una economía en un momento determinado. Incluye desde los billetes y monedas que llevás en el bolsillo hasta los depósitos bancarios que figuran como números en una pantalla. Pero detrás de esa definición aparentemente inocente se esconde uno de los mecanismos más poderosos (y peligrosos) de intervención estatal sobre la vida económica de las personas.
Entender qué es la masa monetaria, cómo se mide, quién la controla y qué consecuencias tiene su manipulación no es un lujo académico. Es una necesidad práctica para cualquiera que quiera proteger sus ahorros, comprender por qué los precios suben y tomar decisiones financieras con información real.
Definición de oferta monetaria
La oferta monetaria, también llamada masa monetaria, oferta de dinero o stock monetario, se define como el volumen total de dinero que existe y circula en una economía en un período dado. Esta definición abarca tanto el dinero físico (billetes y monedas) como el dinero bancario (depósitos en cuentas corrientes, cajas de ahorro y otros instrumentos financieros que funcionan como medios de pago).
Ahora bien, esta definición convencional ya tiene un problema de raíz: trata como «dinero» cosas que no lo son en sentido estricto. Un billete emitido por un banco central es dinero fiduciario, es decir, dinero que no tiene respaldo en ninguna mercancía real. Y un depósito bancario es, en rigor, una promesa del banco de devolverte tu dinero cuando lo pidas. No es lo mismo tener un billete en la mano que tener un número en una cuenta corriente, aunque el sistema financiero actual los trate como equivalentes.
Murray Rothbard fue muy claro al respecto: el dinero, históricamente, surgió como una mercancía seleccionada por el mercado libre (típicamente oro y plata) por sus propiedades superiores como medio de intercambio. Todo lo que vino después (el papel moneda sin respaldo, los depósitos de reserva fraccionaria, la emisión digital) fue una imposición del Estado y del sistema bancario privilegiado, no una evolución natural del mercado.
Componentes de la oferta monetaria: efectivo y depósitos
En su forma más básica, la oferta monetaria se compone de dos elementos:
- Efectivo en manos del público: Son los billetes y monedas que las personas y empresas tienen fuera del sistema bancario. Es el dinero más líquido que existe, porque se puede usar inmediatamente para cualquier transacción.
- Depósitos bancarios: Es el dinero que los agentes económicos mantienen en instituciones financieras. Incluye cuentas corrientes, cajas de ahorro y otros depósitos que pueden convertirse en efectivo con relativa facilidad.
La proporción entre efectivo y depósitos varía enormemente según el país y la época. En economías desarrolladas con sistemas financieros consolidados, los depósitos bancarios representan la inmensa mayoría de la oferta monetaria. En el Reino Unido, por ejemplo, el dinero en depósitos supera al efectivo en circulación en una proporción de más de 30 a 1. Incluso en Estados Unidos, donde el dólar tiene un uso internacional masivo (tanto legal como ilegal), la proporción sigue siendo de más de 8 a 1.
Esto significa algo fundamental: la mayor parte de lo que llamamos «dinero» no existe físicamente. Son apuntes contables en los libros de los bancos. Y eso tiene consecuencias enormes que veremos más adelante.
Diferencia entre oferta monetaria y base monetaria
Estos dos conceptos se confunden con frecuencia, pero son muy distintos.
La base monetaria (también llamada M0 o dinero de alta potencia) es el dinero creado directamente por el banco central. Incluye los billetes y monedas en circulación más las reservas que los bancos comerciales mantienen depositadas en el banco central.
La oferta monetaria, en cambio, es un concepto más amplio. Incluye la base monetaria más todo el dinero bancario creado a través del sistema de reserva fraccionaria. Es decir, la oferta monetaria es la base monetaria multiplicada por el efecto del sistema bancario.
Para ponerlo en perspectiva: si el banco central emite 100 pesos de base monetaria y el sistema bancario opera con un coeficiente de reserva del 10%, la oferta monetaria teórica puede llegar a ser de 1.000 pesos. Los otros 900 pesos fueron creados de la nada por los bancos comerciales al prestar dinero que, en realidad, no tienen.
Los agregados monetarios: M0, M1, M2, M3 y más allá
Para medir la oferta monetaria de forma más precisa, los economistas y bancos centrales utilizan lo que se conoce como agregados monetarios. Son clasificaciones que agrupan distintos tipos de dinero según su grado de liquidez, es decir, según la facilidad con que pueden usarse para hacer pagos inmediatos.
Estos agregados se nombran con la letra «M» seguida de un número. Cuanto más bajo el número, más líquido y «cercano al efectivo» es el agregado. Cuanto más alto, más incluye instrumentos financieros que son menos líquidos pero que también funcionan como formas de dinero en sentido amplio.
M0: la base monetaria
M0, o base monetaria, es el agregado más estrecho. Comprende únicamente el dinero físico: billetes y monedas emitidos por el banco central que están en circulación, más las reservas de los bancos comerciales en el banco central.
Es, digamos, el «dinero real» en el sentido de que fue creado directamente por la autoridad monetaria. Todo lo demás se construye sobre esta base.
En algunos países, como el Reino Unido, M0 se define de forma ligeramente diferente e incluye las reservas bancarias en sentido amplio. Las definiciones exactas varían, lo cual ya nos dice algo: ni siquiera los propios bancos centrales se ponen de acuerdo en qué es exactamente el dinero.
M1: el dinero más líquido
M1 incluye el efectivo en manos del público más los depósitos a la vista (cuentas corrientes y depósitos que pueden retirarse en cualquier momento sin penalización ni preaviso).
Este es el dinero que se usa cotidianamente para comprar y vender. Cuando pagás con tarjeta de débito, hacés una transferencia bancaria o retirás efectivo de un cajero, estás moviendo componentes de M1.
Un dato importante: en 2020, la Reserva Federal de Estados Unidos cambió la definición de M1 al eliminar la distinción regulatoria entre cuentas de transacción y cuentas de ahorro. A partir de ese momento, los depósitos en cajas de ahorro pasaron a incluirse en M1, lo que provocó un salto enorme en las cifras. Este tipo de cambios arbitrarios en las definiciones nos recuerda que las estadísticas monetarias son, en gran medida, construcciones políticas.
M2: incluyendo depósitos a plazo
M2 es un agregado más amplio que incluye todo lo que hay en M1 más los depósitos a plazo de corta duración (generalmente hasta dos años), las cuentas de ahorro con preaviso (hasta tres meses) y las participaciones en fondos del mercado monetario de pequeña denominación.
En otras palabras, M2 añade dinero que no podés usar instantáneamente, pero que podés convertir en efectivo con relativa facilidad y sin grandes costos. Los bancos centrales suelen prestar especial atención a M2 porque lo consideran un indicador más completo de la liquidez disponible en la economía.
M3 y M4: los agregados amplios
M3 va todavía más allá e incluye M2 más instrumentos como cesiones temporales (repos), participaciones en fondos del mercado monetario institucional, depósitos a largo plazo y valores de deuda de corto plazo emitidos por entidades financieras.
En 2006, la Reserva Federal dejó de publicar los datos de M3, argumentando que no aportaba información adicional útil respecto a M2. El congresista Ron Paul criticó duramente esta decisión, señalando que M3 era la mejor medida de cuánto dinero nuevo estaba creando la Fed. Es difícil no sospechar que la decisión de ocultar este dato tenía motivaciones políticas más que técnicas.
M4, que se usa en algunos países como el Reino Unido, es el agregado más amplio e incluye depósitos en instituciones financieras no bancarias y otros instrumentos de muy baja liquidez.
Cómo varían los agregados según el país
No existe un estándar universal para definir estos agregados. Cada banco central tiene sus propias definiciones, lo cual hace que las comparaciones internacionales sean complicadas.
El Banco Central Europeo define M1, M2 y M3 con criterios específicos para la eurozona. El Banco de Japón tiene sus propias categorías que incluyen depósitos postales y fideicomisos monetarios. En la India, el Banco de la Reserva define agregados hasta M4, incluyendo depósitos en oficinas postales.
En Argentina, el Banco Central define M1 como el circulante en poder del público más las cuentas corrientes en pesos del sector privado y público no financiero. Las definiciones cambian con el tiempo y según las necesidades políticas de cada institución, lo que refuerza la idea de que medir el dinero es un ejercicio mucho menos objetivo de lo que parece.
Quién controla la oferta monetaria y cómo lo hace
La respuesta convencional es simple: los bancos centrales. Pero la realidad es bastante más turbia.
El papel de los bancos centrales
Los bancos centrales tienen el monopolio legal de la emisión de dinero base (billetes y monedas). A través de sus decisiones de política monetaria, influyen decisivamente en la cantidad total de dinero que circula en la economía.
Las herramientas principales que usan son:
- Tasas de interés de referencia: Al bajar la tasa de interés, el crédito se abarata, los bancos prestan más y la oferta monetaria se expande. Al subirla, ocurre lo contrario.
- Operaciones de mercado abierto: El banco central compra o vende bonos del gobierno. Cuando compra bonos, inyecta dinero nuevo en el sistema. Cuando los vende, retira dinero de circulación.
- Coeficiente de reserva: Es el porcentaje de los depósitos que los bancos deben mantener como reserva y no pueden prestar. Un coeficiente más bajo permite a los bancos crear más dinero bancario.
- Flexibilización cuantitativa (QE): Un eufemismo elegante para decir «impresión masiva de dinero». Consiste en que el banco central compra activos financieros a gran escala para inyectar liquidez en el sistema.
El multiplicador monetario y la reserva fraccionaria
El sistema de reserva fraccionaria es el mecanismo por el cual los bancos comerciales pueden prestar mucho más dinero del que realmente tienen en reservas. Si el coeficiente de reserva es del 10%, un banco que recibe un depósito de 1.000 pesos puede prestar 900. Esos 900 pesos se depositan en otro banco, que presta 810, y así sucesivamente.
El multiplicador monetario es la relación entre la oferta monetaria total y la base monetaria. Se expresa como:
Oferta Monetaria = Multiplicador x Base Monetaria
Cuanto menor sea el coeficiente de reserva y menor la proporción de efectivo que el público mantiene fuera de los bancos, mayor será el multiplicador. En teoría, con un coeficiente de reserva del 10%, el multiplicador puede llegar a 10. En la práctica, varía según múltiples factores.
Rothbard explicó este mecanismo con absoluta claridad en «El misterio de la banca»: los bancos de reserva fraccionaria crean dinero ex nihilo (de la nada). Cada préstamo que otorga un banco genera simultáneamente un depósito nuevo en la cuenta del prestatario. Ese dinero no existía antes. No salió de ningún ahorro previo. Fue creado por un apunte contable.
La creación de dinero de la nada
Este punto es crucial y merece que nos detengamos. La mayoría de las personas cree que cuando un banco les presta dinero, ese dinero salió de los depósitos de otros clientes. Es lo que los manuales de economía llaman el modelo de «intermediación financiera»: el banco toma dinero de los ahorradores y se lo presta a los prestatarios.
Pero eso no es lo que ocurre. Cuando un banco otorga un préstamo, no toma dinero de ninguna cuenta existente. Simplemente crea un depósito nuevo a favor del prestatario. El dinero aparece de la nada. La única restricción es el coeficiente de reserva, que limita cuánto puede expandir cada banco.
Esto no es una teoría conspirativa. El propio Banco de Inglaterra lo reconoció en un paper de 2014, explicando que los bancos comerciales crean dinero cada vez que hacen un préstamo. Y Rothbard lo venía diciendo décadas antes que cualquier banco central se atreviera a admitirlo públicamente.
El resultado es que la inmensa mayoría del dinero en circulación no fue creado por el banco central, sino por bancos comerciales privados que operan bajo el privilegio de la reserva fraccionaria, un privilegio otorgado y protegido por el Estado.
Oferta monetaria e inflación: la relación que los gobiernos ignoran
La conexión entre oferta monetaria e inflación es uno de los temas más debatidos en economía. Pero desde la perspectiva de la Escuela Austríaca, no hay debate posible: la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario causado por el aumento de la oferta de dinero.
Por qué aumentar la oferta monetaria sube los precios
La lógica es elemental. Si la cantidad de bienes y servicios en una economía se mantiene relativamente estable, pero la cantidad de dinero en circulación aumenta, cada unidad monetaria pierde poder adquisitivo. Los precios, expresados en esa moneda, suben.
Rothbard fue enfático en este punto: «El dinero nuevo solo sube los precios, es decir, diluye su propio poder adquisitivo». No hay magia. No se crea riqueza real al imprimir billetes o al expandir el crédito bancario. Lo único que se logra es redistribuir riqueza de unos a otros de forma encubierta.
Es importante entender que, para la Escuela Austríaca, la inflación no es «la suba generalizada de precios» (eso es solo la consecuencia). La inflación, en su sentido original y correcto, es el aumento de la oferta monetaria. La suba de precios es el efecto inevitable de esa inflación monetaria.
Los gobiernos manipularon el lenguaje a propósito. Al redefinir inflación como «suba de precios», desviaron la atención de la verdadera causa (la emisión monetaria) y pudieron culpar a comerciantes, especuladores o factores externos por algo que ellos mismos provocan.
El efecto Cantillon: no todos pierden por igual
Richard Cantillon, economista del siglo XVIII, descubrió algo fundamental: cuando se inyecta dinero nuevo en la economía, no llega a todos al mismo tiempo ni de la misma forma. Los primeros en recibirlo se benefician porque pueden gastar ese dinero nuevo a los precios viejos. A medida que el dinero va circulando, los precios van subiendo, y los últimos en recibirlo (generalmente los más pobres, los jubilados, los asalariados) se encuentran con precios más altos sin haber tenido acceso al dinero nuevo.
Rothbard lo sintetizó perfectamente: «Los primeros receptores del dinero nuevo son los que más ganan, y a expensas de los últimos receptores». Esto significa que la expansión monetaria no es neutral. Es una transferencia de riqueza de los pobres hacia los ricos, de los que están lejos del grifo monetario hacia los que están cerca de él (bancos, grandes empresas, el propio gobierno).
Este efecto Cantillon destruye por completo el mito de que la política monetaria es una herramienta técnica y neutral. Es, en realidad, un mecanismo de redistribución regresiva de la riqueza, oculto bajo tecnicismos que la mayoría de la población no entiende.
Ejemplos históricos de expansión monetaria descontrolada
La historia está llena de casos que demuestran lo que ocurre cuando los gobiernos pierden todo control sobre la oferta monetaria:
República de Weimar (1921-1923): El gobierno alemán financió sus gastos imprimiendo marcos a un ritmo desenfrenado. En noviembre de 1923, se necesitaban billones de marcos para comprar un pan. Los billetes se usaban literalmente como papel para empapelar paredes porque valían menos que el papel tapiz.
Zimbabwe (2007-2009): Bajo el gobierno de Robert Mugabe, la hiperinflación alcanzó cifras absurdas. En noviembre de 2008, la tasa de inflación mensual llegó al 79.600 millones por ciento. El banco central emitía billetes de 100 billones de dólares zimbabuenses que no alcanzaban ni para comprar un huevo.
Venezuela (2016-presente): La expansión monetaria descontrolada del Banco Central de Venezuela para financiar el déficit fiscal del gobierno chavista llevó a una hiperinflación que destruyó los ahorros de toda la población. El bolívar perdió prácticamente todo su valor, forzando una dolarización informal de la economía.
Argentina: Un caso de libro por su persistencia. Argentina lleva décadas financiando déficits fiscales con emisión monetaria. El resultado es una inflación crónica que ha destruido múltiples monedas (peso ley, peso argentino, austral, peso convertible). Cada vez que el gobierno expande la oferta monetaria para cubrir sus gastos, los precios responden con subas que castigan especialmente a los sectores más vulnerables.
En todos estos casos, el patrón es idéntico: un gobierno que gasta más de lo que recauda recurre al banco central para que financie el déficit creando dinero nuevo. La oferta monetaria se dispara. Los precios se descontrolan. La moneda se destruye. Y la población paga las consecuencias.
La visión austríaca: por qué cualquier cantidad de dinero es suficiente
Aquí es donde la Escuela Austríaca se separa radicalmente de todas las demás corrientes económicas. Mientras keynesianos, monetaristas y teóricos de la MMT (Teoría Monetaria Moderna) debaten sobre cuál es la cantidad «óptima» de dinero que debería haber en una economía, los austríacos responden con una verdad incómoda: cualquier cantidad de dinero es suficiente.
Rothbard y la crítica a la manipulación monetaria
La posición de Murray Rothbard sobre este tema es inequívoca y demoledora. En «What Has Government Done to Our Money?», Rothbard explica que el dinero, a diferencia de los bienes de consumo, no se «usa» en un sentido físico. No se consume. Se intercambia por otros bienes y se mantiene en espera de futuros intercambios. El dinero simplemente se transfiere de una persona a otra.
Si el dinero no se consume, entonces no necesita ser «reabastecido» ni expandido artificialmente. Un aumento en la oferta monetaria no crea más bienes ni satisface más necesidades ni ahorra recursos. Lo único que hace es diluir el poder adquisitivo de cada unidad monetaria existente.
Rothbard argumenta que si mañana la oferta monetaria se redujera a la mitad, lo único que pasaría es que los precios se ajustarían a la baja. La economía real (la producción de bienes y servicios, el intercambio voluntario entre personas) seguiría funcionando exactamente igual. Lo mismo si la oferta se duplicara: los precios subirían, pero no habría más riqueza real.
La conclusión lógica es devastadora para los bancos centrales: no existe justificación económica legítima para manipular la oferta monetaria. Toda intervención sobre la cantidad de dinero es, necesariamente, una distorsión artificial que beneficia a unos a costa de otros.
Oferta monetaria y ciclos económicos
La Teoría Austríaca del Ciclo Económico (TACE), formulada originalmente por Ludwig von Mises y desarrollada por Hayek, Rothbard y Jesús Huerta de Soto, explica cómo la manipulación de la oferta monetaria causa los ciclos de auge y recesión.
El mecanismo es el siguiente:
- El banco central expande la oferta monetaria a través del sistema de reserva fraccionaria.
- Esta expansión crediticia reduce artificialmente las tasas de interés por debajo de su nivel natural (el que reflejaría las verdaderas preferencias temporales de los ahorradores).
- Con tasas artificialmente bajas, los empresarios emprenden proyectos de inversión que parecen rentables pero que no están respaldados por ahorro real.
- Se produce un «auge» artificial: las inversiones se multiplican, el empleo crece, todo parece ir bien.
- Eventualmente, la realidad se impone. Los recursos no alcanzan para completar todos los proyectos iniciados. Las malas inversiones se revelan como tales.
- Llega la recesión: quiebras, desempleo, caída de la actividad económica.
El ciclo completo (auge-recesión) es causado enteramente por la expansión artificial de la oferta monetaria. No es una «falla del mercado». Es una falla del intervencionismo estatal sobre el dinero y el crédito.
Rothbard demostró este mecanismo de forma magistral en «La Gran Depresión de América», donde prueba que la crisis de 1929 no fue causada por el capitalismo sino por la expansión crediticia de la Reserva Federal durante los años 20. La Fed infló la oferta monetaria de forma casi ininterrumpida entre 1914 y 1928, creando un auge artificial insostenible que inevitablemente colapsó.
El caso del patrón oro y la banca con reserva 100%
La solución que propone la tradición rothbardiana es clara: volver a un sistema de dinero-mercancía (patrón oro) con banca de reserva 100%.
Con el patrón oro, la oferta monetaria está limitada por la producción de oro. Ningún gobierno ni banco central puede crear oro de la nada. Esto elimina la posibilidad de expansión monetaria arbitraria y, con ella, la principal fuente de inflación y ciclos económicos.
Con la banca de reserva 100%, los bancos no pueden prestar los depósitos a la vista de sus clientes. Si alguien deposita 1.000 pesos, el banco debe mantener esos 1.000 pesos disponibles en todo momento. No puede prestar 900 y crear dinero de la nada. Esto elimina el multiplicador monetario y la fragilidad inherente del sistema de reserva fraccionaria.
Es cierto que los críticos objetan que un sistema así sería «deflacionario». Pero como bien señala la tradición austríaca, la deflación de precios causada por el aumento de la productividad es algo maravilloso: significa que con la misma cantidad de dinero se pueden comprar más bienes y servicios. Es un dividendo de crecimiento que beneficia a toda la población, especialmente a los más pobres.
El miedo a la deflación es, en realidad, el miedo de los bancos y los gobiernos a perder su privilegio de crear dinero de la nada. No es una preocupación legítima por el bienestar económico.
Oferta monetaria en la economía actual: datos y tendencias
La expansión monetaria tras 2008 y 2020
La crisis financiera de 2008 marcó un antes y un después en la política monetaria mundial. Los bancos centrales de las principales economías respondieron con una expansión monetaria sin precedentes en la historia.
La Reserva Federal implementó múltiples rondas de «flexibilización cuantitativa» (QE1, QE2, QE3), comprando billones de dólares en bonos del gobierno y valores respaldados por hipotecas. La base monetaria de Estados Unidos se multiplicó varias veces en pocos años.
Pero lo de 2008 fue un ensayo comparado con lo que vino en 2020. La respuesta a la pandemia de COVID-19 fue una expansión monetaria de proporciones históricas. Solo la Reserva Federal creó más de 4 billones de dólares en nuevos activos entre marzo de 2020 y fines de 2021. El Banco Central Europeo, el Banco de Japón y prácticamente todos los bancos centrales del mundo siguieron el mismo camino.
El resultado fue exactamente el que la teoría austríaca predice: una explosión inflacionaria global. Los precios de los alimentos, la energía, la vivienda y prácticamente todo lo demás se dispararon en 2021 y 2022. Los bancos centrales, que durante años habían sostenido que la inflación estaba «bajo control» y que la expansión monetaria era «necesaria», se vieron obligados a subir las tasas de interés agresivamente para intentar contener el monstruo que ellos mismos habían creado.
Consecuencias reales que estamos viviendo
Las consecuencias de décadas de expansión monetaria no se limitan a la inflación de precios. La manipulación de la oferta monetaria ha producido distorsiones profundas en toda la estructura económica.
Los precios inmobiliarios se han disparado en casi todo el mundo, haciendo imposible que generaciones enteras accedan a una vivienda. Esto no es un «problema de oferta» como repiten muchos analistas: es la consecuencia directa de que cantidades masivas de dinero nuevo fluyen hacia activos reales como refugio frente a la depreciación monetaria.
Los mercados financieros viven desconectados de la economía real. Las bolsas de valores alcanzan máximos históricos mientras la capacidad adquisitiva de los salarios se deteriora. Esto es el efecto Cantillon en acción: el dinero nuevo llega primero a los mercados financieros (beneficiando a los que ya tienen activos) y solo después, diluido y debilitado, alcanza a los trabajadores y consumidores comunes.
La desigualdad se amplía. No por culpa del capitalismo ni del libre mercado, sino por culpa del privilegio monetario del Estado y el sistema bancario. Quienes están cerca del grifo de dinero nuevo se enriquecen. Quienes están lejos se empobrecen. Y luego los mismos gobiernos que causaron el problema proponen «soluciones» que implican más intervención, más gasto y más emisión.
Los datos de los agregados monetarios en las principales economías son elocuentes. En Estados Unidos, el M3 registró en 2023 su mayor caída desde la Gran Depresión, una señal clara de contracción monetaria después de años de expansión desenfrenada. En la eurozona, el M1 cayó por primera vez desde 1980. Estos movimientos anticipan exactamente lo que la teoría austríaca predice: después del auge artificial viene la recesión necesaria para liquidar las malas inversiones acumuladas.
Conclusión
La oferta monetaria no es un tecnicismo reservado para economistas. Es el mecanismo a través del cual los gobiernos y bancos centrales ejercen un poder enorme sobre la vida económica de millones de personas, generalmente sin que estas lo sepan ni lo consientan.
Entender qué es la oferta monetaria, cómo se mide a través de los agregados M0, M1, M2 y M3, quién la controla y qué efectos tiene su manipulación es el primer paso para comprender por qué los precios suben, por qué hay crisis económicas recurrentes y por qué la desigualdad se amplía a pesar de las supuestas políticas diseñadas para combatirla.
La perspectiva austríaca ofrece la explicación más coherente y honesta: toda expansión artificial de la oferta monetaria es inflacionaria, distorsiona los precios relativos, genera malas inversiones y redistribuye riqueza de forma injusta desde los últimos receptores del dinero nuevo hacia los primeros. No hay cantidad «óptima» de dinero que un planificador central pueda determinar. Cualquier cantidad de dinero es suficiente para que una economía funcione, siempre que los precios sean libres para ajustarse.
La solución no es una mejor gestión de la política monetaria. La solución es eliminar el monopolio estatal sobre el dinero y permitir que el mercado libre determine tanto la naturaleza como la cantidad del medio de intercambio. Mientras eso no ocurra, cada expansión de la oferta monetaria seguirá siendo un impuesto oculto sobre todos los que guardan sus ahorros en la moneda que el gobierno les obliga a usar.
