Los spillovers son uno de esos conceptos que la economía convencional utiliza para explicar fenómenos reales, pero que al mismo tiempo sirven como puerta de entrada para justificar todo tipo de intervenciones estatales. Entender qué son, cómo funcionan y cuáles son sus verdaderas implicaciones es fundamental para no caer en trampas intelectuales que terminan perjudicando a quienes supuestamente deberían proteger.
En este artículo voy a explicar en profundidad qué es un spillover, cuáles son sus tipos, cómo se ha utilizado el concepto a lo largo de la historia económica, y por qué la interpretación dominante tiene problemas graves que pocos se atreven a señalar.
Qué es un spillover en economía
Un spillover, en su sentido más básico, es el efecto que una actividad económica produce sobre terceros que no participaron directamente en esa actividad. Puede ser positivo o negativo. Es decir, cuando una acción económica genera consecuencias, ya sean beneficios o perjuicios, que «se derraman» hacia personas, empresas o países que no estaban involucrados en la transacción original, estamos ante un spillover.
El ejemplo más simple: una empresa invierte en investigación y desarrollo, descubre un nuevo proceso productivo, y ese conocimiento termina filtrándose hacia otras empresas del sector que lo aprovechan sin haber invertido un solo peso en investigación. Eso es un spillover de conocimiento.
Otro ejemplo clásico: una fábrica contamina un río y los pescadores que viven aguas abajo pierden su medio de vida. La fábrica no les pagó nada por ese daño. Eso, según la literatura convencional, es un spillover negativo.
Hasta acá la descripción es correcta y nadie la discute. El problema empieza cuando se intenta cuantificar estos efectos, asignarles un valor monetario y, sobre todo, cuando se los usa como justificación para que un tercero con poder coercitivo (el Estado) intervenga en el mercado.
Origen del término y traducción al español
El término «spillover» viene del inglés y significa literalmente «derrame» o «desbordamiento». En español se utilizan varias traducciones según el contexto: efecto derrame, efecto desbordamiento, efecto contagio (en finanzas) o simplemente externalidad.
Es importante aclarar que en español existe una confusión frecuente. «Efecto derrame» se usa a veces para referirse a la teoría del trickle-down economics, que es un concepto completamente diferente. El trickle-down habla de cómo la riqueza generada en los estratos superiores supuestamente «gotea» hacia los inferiores. Eso no tiene nada que ver con los spillovers en sentido técnico.
Los spillovers, en cambio, se refieren a los efectos indirectos e involuntarios de cualquier actividad económica sobre terceros. Pueden ir en cualquier dirección: de ricos a pobres, de pobres a ricos, de un país a otro, de una empresa a otra, o de un sector productivo a uno que no tiene nada que ver.
Alfred Marshall fue uno de los primeros en analizar este fenómeno en 1890, aunque sin usar el término «spillover» como tal. Hablaba de «economías externas» para describir los beneficios que las empresas de un distrito industrial generaban unas a otras por el simple hecho de estar concentradas geográficamente.
Spillover vs. externalidad: diferencias clave
Aunque muchas veces se usan como sinónimos, spillover y externalidad no son exactamente lo mismo, al menos no en rigor.
Una externalidad es un concepto más amplio que se refiere a cualquier costo o beneficio que recae sobre un tercero que no participó en una transacción. Es un término que viene directamente de la economía del bienestar desarrollada por Arthur Pigou en 1920.
Un spillover, en cambio, tiene una connotación más dinámica. No se refiere solo al efecto puntual de una transacción, sino al proceso por el cual los efectos se propagan, se derraman, desde un agente o sector hacia otros. Incluye fenómenos de contagio financiero, difusión tecnológica, transferencia de conocimiento y propagación de crisis.
Podríamos decir que toda externalidad implica un spillover, pero no todo spillover se reduce a una externalidad en el sentido técnico pigouviano. Los spillovers financieros entre mercados bursátiles, por ejemplo, no encajan fácilmente en la categoría clásica de externalidad.
La distinción importa porque la palabra «externalidad» viene cargada de implicaciones políticas. Cuando un economista dice «hay una externalidad negativa», lo que suele seguir es: «por lo tanto, el gobierno debe intervenir para corregirla». Los spillovers, al ser un concepto más descriptivo, permiten analizar el fenómeno sin saltar automáticamente a la receta intervencionista.
Tipos de spillovers económicos
Los spillovers se presentan en múltiples formas y contextos. La clasificación más útil los divide según el canal a través del cual se propagan.
Spillovers de conocimiento
Son probablemente los más estudiados y los que tienen las implicaciones más interesantes. Ocurren cuando el conocimiento generado por una persona, empresa o institución se difunde hacia otros agentes sin que medie una transacción comercial completa.
Marshall los describió en 1890 al observar los distritos industriales de Inglaterra. Cuando muchas empresas del mismo sector se concentran en una zona geográfica, los trabajadores intercambian ideas, los proveedores se especializan y el conocimiento técnico circula de forma casi natural. «Los secretos de la industria dejan de ser secretos; están, por así decirlo, en el aire», escribió Marshall.
Hoy los spillovers de conocimiento son evidentes en lugares como Silicon Valley, donde la concentración de empresas tecnológicas genera un ecosistema donde las ideas fluyen entre empresas, universidades y emprendedores. Un ingeniero que trabaja en una empresa aprende técnicas que luego lleva a otra empresa o usa para fundar la propia.
Este tipo de spillover es particularmente relevante porque es prácticamente imposible de evitar. El conocimiento, una vez generado, tiende a difundirse. No se puede «des-saber» algo. Y a diferencia de un bien físico, cuando alguien comparte conocimiento no deja de tenerlo: es un bien no rival por naturaleza.
Spillovers de mercado
Estos spillovers se producen cuando una innovación o mejora productiva genera beneficios para los consumidores a través del sistema de precios. El mecanismo es simple: una empresa desarrolla un proceso más eficiente, reduce sus costos de producción y eso se traduce en precios más bajos para los consumidores.
Los consumidores se benefician de una inversión en la que no participaron. La empresa innovadora, por su parte, no captura todo el valor que generó. Parte de ese valor «se derrama» hacia los compradores.
Esto pasa constantemente. Cada vez que una empresa tecnológica mejora un producto y baja su precio, los consumidores capturan un excedente que no les costó nada. El teléfono que hoy cuesta 200 dólares tiene más capacidad de procesamiento que las computadoras de la NASA en los años 60. Esa diferencia brutal es el resultado acumulado de décadas de spillovers de mercado.
Spillovers financieros
Son los que más titulares generan, porque suelen asociarse con crisis. Un spillover financiero ocurre cuando eventos en un mercado financiero se propagan a otros mercados, a veces en cuestión de horas.
El mecanismo principal es el contagio. Cuando los inversores perciben problemas en un mercado, tienden a retirar capital también de mercados relacionados, aunque estos no tengan problemas propios. Esto genera caídas en cadena que pueden convertir un problema local en una crisis global.
La crisis asiática de 1997 es un caso de manual. Lo que empezó como un problema de tipo de cambio en Tailandia se propagó rápidamente a Indonesia, Corea del Sur, Malasia y eventualmente afectó mercados tan lejanos como Rusia y Brasil. Los fundamentos económicos de estos países eran diferentes, pero el comportamiento de los inversores los trató como si fueran iguales.
Este tipo de spillover está amplificado por la globalización financiera y por la política monetaria de los bancos centrales, especialmente la Reserva Federal de Estados Unidos. Pero sobre esto voy a profundizar más adelante.
Spillovers tecnológicos
Están muy relacionados con los de conocimiento, pero tienen una especificidad propia. Se producen cuando la tecnología desarrollada por una empresa o sector se transfiere a otros sectores, ya sea por imitación, por movimiento de trabajadores o por ingeniería inversa.
Un ejemplo potente: la tecnología GPS fue desarrollada originalmente por el ejército de Estados Unidos con fines militares. Hoy la usa cualquier persona con un teléfono celular para llegar a un restaurante. La inversión la hizo el Pentágono (con dinero de los contribuyentes, vale aclarar), pero los beneficios se «derramaron» hacia toda la economía civil.
Otro ejemplo: las técnicas de producción en masa desarrolladas por Henry Ford para la industria automotriz fueron adoptadas luego por prácticamente todas las industrias manufactureras del mundo. Ford no cobró regalías por ese conocimiento organizativo.
Spillovers de red
Los spillovers de red aparecen cuando el valor de un producto o servicio depende del número de usuarios que lo utilicen. Cuantos más usuarios, más valioso es el producto para cada uno de ellos, y ese beneficio adicional no fue pagado por los nuevos usuarios a los que ya estaban.
El teléfono es el ejemplo histórico perfecto. Un teléfono sin nadie a quien llamar no vale nada. Cada persona que se sumaba a la red telefónica aumentaba el valor del servicio para todos los demás. Ese aumento de valor es un spillover positivo de red.
Hoy lo vemos con las redes sociales, los sistemas operativos, las plataformas de pago y cualquier tecnología donde la interconexión genera valor. WhatsApp es útil porque lo usa mucha gente. Si solo lo usaran diez personas, no tendría valor alguno.
Historia del concepto: de Marshall a Pigou
Entender la historia del concepto de spillover es clave para detectar dónde se introdujeron los errores que hoy dominan el análisis económico convencional.
Los primeros aportes de Alfred Marshall
Alfred Marshall, en sus «Principles of Economics» (1890), fue quien primero analizó sistemáticamente lo que llamó «economías externas». Observó que las empresas en distritos industriales se beneficiaban mutuamente de formas que no pasaban por el mercado: disponibilidad de mano de obra especializada, proveedores cercanos y difusión de conocimiento técnico.
Marshall no veía esto como un «fallo del mercado». Lo describía como un fenómeno natural del proceso económico. Las economías externas eran, para él, una consecuencia de la división del trabajo y la especialización que Adam Smith ya había descrito un siglo antes.
El problema vino después, cuando otros economistas tomaron las observaciones de Marshall y las reformularon para justificar la intervención estatal.
Arthur Pigou y la doctrina de las externalidades
Arthur Cecil Pigou, alumno de Marshall y sucesor de su cátedra en Cambridge, publicó en 1920 «The Economics of Welfare», un libro que cambió la forma en que los economistas piensan sobre los spillovers, y no precisamente para mejor.
Pigou tomó el concepto de economías externas de Marshall y lo reformuló como «externalidades», introduciendo una distinción que tendría enormes consecuencias políticas: la diferencia entre «costo social» y «costo privado».
Según Pigou, cuando una empresa produce un bien, incurre en costos privados (materias primas, mano de obra, capital). Pero si esa producción genera contaminación, hay un costo adicional que recae sobre la sociedad y que la empresa no paga. La diferencia entre el costo social total y el costo privado es la externalidad negativa.
El razonamiento suena lógico, pero tiene problemas fundamentales que Pigou no resolvió y que la mayoría de los economistas modernos ignoran. El más grave: ¿cómo se mide objetivamente el «costo social»? Si los costos y beneficios son subjetivos, como demostró la revolución marginalista, no existe forma de sumar las utilidades de distintas personas para obtener un «costo social» agregado. Es una operación matemáticamente imposible porque implica comparar magnitudes que no son comparables entre sí.
Pigou asumía implícitamente que las utilidades de distintas personas son comparables y sumables. Esto es una petición de principio, no una demostración. Es un juicio de valor disfrazado de análisis técnico.
El impuesto pigouviano como «solución»
De la doctrina de Pigou se derivó una receta política que hoy se aplica en todo el mundo: el impuesto pigouviano. La idea es simple: si una actividad genera una externalidad negativa, hay que cobrar un impuesto igual al «costo social» que no está reflejado en el precio, para que el productor «internalice» ese costo.
Suena elegante en el pizarrón, pero tiene problemas prácticos y teóricos devastadores.
Primero, nadie puede calcular con precisión el valor de una externalidad, porque ese valor depende de las valoraciones subjetivas de millones de personas, y esas valoraciones cambian constantemente. ¿Cuánto vale exactamente la contaminación de un río para cada uno de los millones de personas potencialmente afectadas? Nadie lo sabe ni puede saberlo.
Segundo, asume que el gobierno tiene la información y los incentivos necesarios para establecer el impuesto correcto. Pero los funcionarios públicos no tienen acceso a la información dispersa que solo el sistema de precios del mercado puede procesar. Están tan ciegos como cualquier otro actor, con el agravante de que sus errores los pagan otros: los contribuyentes.
Tercero, ignora que el propio gobierno es el mayor generador de externalidades negativas de la historia. Las guerras, la inflación monetaria, las regulaciones que destruyen sectores productivos enteros, los subsidios que distorsionan la asignación de recursos: todo eso genera spillovers negativos masivos que ningún impuesto pigouviano va a corregir.
Spillovers positivos y negativos
La clasificación entre spillovers positivos y negativos es la más básica y la más utilizada. Veamos algunos ejemplos concretos de cada tipo.
Ejemplos de spillovers positivos
Los spillovers positivos se producen cuando una actividad genera beneficios para terceros que no pagaron por ellos.
La vacunación es un ejemplo clásico. Cuando una persona se vacuna, no solo se protege a sí misma sino que reduce la probabilidad de contagio para quienes la rodean. Esos terceros se benefician sin haber pagado por la vacuna de esa persona.
La educación es otro caso habitual. Una persona más educada tiende a ser más productiva, a cometer menos delitos, a tomar mejores decisiones de salud. Esos beneficios no los captura solo la persona educada, sino que se «derraman» hacia su entorno.
La investigación básica genera spillovers positivos enormes. Los descubrimientos fundamentales de la física, la química o la biología terminan siendo utilizados por industrias que no invirtieron en esa investigación. El láser, por ejemplo, fue un descubrimiento de la física fundamental que hoy se usa en medicina, telecomunicaciones, industria y entretenimiento.
Ahora bien, hay que ser cuidadosos con estos ejemplos. Que existan beneficios para terceros no significa automáticamente que haya una «falla» que corregir. El panadero que hornea pan fresco beneficia a sus vecinos con un aroma agradable. ¿Hay que subsidiarlo por eso? El florista que embellece su local beneficia a los peatones. ¿Eso justifica una transferencia de dinero público? Llevado al extremo, cualquier actividad humana genera algún tipo de spillover positivo, y pretender «compensarlos» todos es absurdo e imposible.
Ejemplos de spillovers negativos
Los spillovers negativos ocurren cuando una actividad impone costos no deseados sobre terceros.
La contaminación es el ejemplo más citado. Una fábrica que emite gases tóxicos afecta la salud de los vecinos, que no eligieron participar en esa transacción ni recibieron compensación alguna.
El ruido excesivo es otro caso. Un bar con música a volumen extremo reduce la calidad de vida de los vecinos y probablemente el valor de sus propiedades. Los vecinos cargan con un costo que no generaron.
La congestión vehicular es un spillover negativo de la decisión individual de usar el automóvil. Cada conductor adicional en la ruta aumenta el tiempo de viaje de todos los demás.
Sin embargo, la cuestión central no es si estos spillovers existen (evidentemente existen), sino cuál es la forma correcta de abordarlos. La respuesta convencional es: regulación estatal e impuestos. Pero hay una respuesta mucho más coherente y efectiva que pasa por la definición clara de derechos de propiedad. Si los derechos de propiedad están bien definidos y son ejecutables, el propietario afectado puede demandar al contaminador por invasión de su propiedad. No se necesita un burócrata calculando «costos sociales» imaginarios: se necesita un sistema legal que proteja la propiedad privada.
Ejemplos históricos de spillovers
A lo largo de la historia económica moderna, los spillovers han jugado un papel central en la propagación de crisis y en la transferencia de efectos entre economías. Veamos los casos más relevantes.
La Gran Depresión de 1929
La Gran Depresión es quizás el ejemplo más dramático de cómo un evento económico en un país puede propagarse al resto del mundo. Lo que comenzó como una crisis bursátil en Estados Unidos terminó hundiendo a la economía global durante una década.
El mecanismo del spillover fue múltiple. La contracción del crédito en Estados Unidos redujo drásticamente las importaciones, lo que golpeó a las economías exportadoras europeas y latinoamericanas. La caída de la demanda de materias primas hundió los precios de commodities, devastando a los países productores. Y la imposición del arancel Smoot-Hawley en 1930 desencadenó una guerra comercial que contrajo aún más el comercio internacional.
Pero lo que pocos mencionan es la causa raíz del problema: la expansión crediticia artificial de la Reserva Federal durante la década de 1920. La Fed mantuvo las tasas de interés artificialmente bajas, lo que generó una burbuja especulativa en el mercado de valores y una mala asignación masiva de recursos. Cuando la burbuja estalló, los spillovers fueron globales y devastadores.
Es decir, el mayor spillover negativo de la historia económica moderna fue causado, en última instancia, por una institución estatal: el banco central.
La crisis financiera de 2008
La crisis de 2008 repite el mismo patrón con variaciones modernas. La Reserva Federal, bajo la dirección de Alan Greenspan, mantuvo tasas de interés excesivamente bajas tras la crisis de las punto-com en 2001. Esto, combinado con regulaciones que incentivaban el crédito hipotecario de alto riesgo (como la Community Reinvestment Act y las garantías implícitas de Fannie Mae y Freddie Mac), generó una burbuja inmobiliaria de proporciones gigantescas.
Cuando la burbuja estalló, los spillovers financieros se propagaron por todo el mundo. Los bancos europeos que habían comprado activos respaldados por hipotecas estadounidenses sufrieron pérdidas masivas. Los mercados de valores se desplomaron globalmente. El comercio internacional se contrajo. El desempleo se disparó en decenas de países que no tenían ninguna relación directa con el mercado inmobiliario norteamericano.
La ironía es brutal: las mismas instituciones que supuestamente existen para «corregir fallas del mercado» (bancos centrales, reguladores financieros) fueron las que causaron la mayor falla del mercado en 80 años. Y los spillovers que generaron fueron infinitamente más destructivos que cualquier externalidad privada.
El contagio en América Latina
América Latina es particularmente vulnerable a los spillovers financieros y monetarios que se originan en Estados Unidos y, más recientemente, en China.
Argentina es un caso paradigmático. La crisis de 2001 no fue solo el resultado de errores domésticos (la Ley de Convertibilidad, el gasto público descontrolado), sino también de spillovers externos: la crisis rusa de 1998, la devaluación brasileña de 1999 y el endurecimiento de las condiciones financieras globales. Cada uno de estos eventos redujo el flujo de capitales hacia Argentina y encareció su deuda externa, acelerando el colapso.
Brasil, México y Chile también han experimentado los efectos del spillover financiero. Las fluctuaciones en los precios del petróleo, el cobre y la soja impactan directamente en sus economías. Y estas fluctuaciones están cada vez más determinadas por la política monetaria de la Fed y por la demanda china, dos variables sobre las cuales estos países no tienen ningún control.
Lo que esto revela es que en un mundo de monedas fiduciarias y bancos centrales que manipulan constantemente la oferta de dinero, los spillovers financieros son un fenómeno sistémico y permanente. No son «accidentes» ni «fallas del mercado»: son consecuencias directas de un sistema monetario basado en la intervención estatal.
La pandemia de COVID-19
La pandemia de 2020 generó spillovers económicos sin precedentes en tiempos de paz. El cierre de fronteras, las cuarentenas obligatorias y la paralización de cadenas de suministro globales provocaron una contracción económica simultánea en prácticamente todos los países del mundo.
Lo que empezó como un problema sanitario en China se transformó rápidamente en una crisis económica global. Los spillovers operaron a través de múltiples canales: reducción del comercio internacional, interrupción de cadenas de producción, colapso del turismo, caída de la demanda de materias primas y, sobre todo, las respuestas gubernamentales (confinamientos, prohibiciones de actividad económica, cierres de fronteras) que amplificaron enormemente el daño.
Un dato que suele pasarse por alto: la respuesta monetaria a la pandemia, con bancos centrales inyectando cantidades astronómicas de dinero nuevo, generó un spillover diferido en forma de inflación global durante 2021 y 2022. Los precios al consumidor se dispararon en todo el mundo, erosionando el poder adquisitivo de millones de personas. Este spillover inflacionario fue enteramente producido por decisiones de política estatal.
Spillovers y política monetaria: el canal más destructivo
Si hay un tipo de spillover que merece atención especial por su capacidad destructiva, es el que se origina en la política monetaria de los bancos centrales.
Cómo la Reserva Federal exporta inflación al mundo
La Reserva Federal de Estados Unidos no es solo el banco central de una nación: es, de facto, el regulador monetario del mundo. El dólar es la moneda de reserva global, la divisa en la que se denominan la mayoría de las transacciones internacionales, las deudas soberanas y las materias primas.
Esto significa que cuando la Fed decide expandir la oferta monetaria (bajando tasas de interés, comprando bonos, imprimiendo dinero), los efectos no se quedan en Estados Unidos. Se derraman hacia todo el planeta.
El mecanismo funciona así: la Fed baja las tasas, lo que genera un exceso de liquidez en dólares. Esa liquidez busca rendimiento y fluye masivamente hacia los mercados emergentes, inflando los precios de activos y de materias primas. Los países receptores experimentan una euforia temporal: sus monedas se aprecian, sus bolsas suben, el crédito se expande.
Pero cuando la Fed decide endurecer la política monetaria (subiendo tasas, reduciendo su balance), el flujo se revierte. Los capitales huyen de los mercados emergentes de vuelta hacia Estados Unidos. Las monedas locales se deprecian, las deudas en dólares se encarecen, los precios de las materias primas caen. Lo que parecía prosperidad se revela como una burbuja inflada por dinero ajeno.
Este ciclo se ha repetido docenas de veces desde los años 70. La crisis de deuda latinoamericana de los 80, la crisis mexicana del 94, la crisis asiática del 97, la crisis de 2008: en todas ellas, la política monetaria de la Fed jugó un papel central como generadora de spillovers destructivos.
El caso de las economías emergentes
Las economías emergentes son particularmente vulnerables a estos spillovers monetarios por varias razones.
Primero, muchas de ellas tienen deuda denominada en dólares. Cuando el dólar se fortalece, esa deuda se encarece en términos de moneda local, lo que puede generar crisis de solvencia.
Segundo, sus exportaciones suelen depender de materias primas cuyos precios se determinan en dólares y están fuertemente influidos por la política monetaria de la Fed.
Tercero, sus mercados financieros son relativamente pequeños y poco profundos, lo que los hace más susceptibles a movimientos bruscos de capital.
El resultado es un patrón perverso: los errores de política monetaria de un banco central en Washington generan spillovers que empobrecen a millones de personas en Buenos Aires, San Pablo, Yakarta o Lagos. Y a diferencia de una externalidad privada, donde al menos podés identificar al causante y demandarlo, no hay ningún recurso legal contra la Reserva Federal.
Esto plantea una pregunta incómoda que la economía convencional rara vez aborda: si los spillovers más grandes y destructivos del mundo son causados por instituciones estatales, ¿tiene sentido proponer más intervención estatal como solución a los spillovers?
El problema real detrás de los spillovers
Hasta ahora describimos qué son los spillovers, cómo se clasifican y cuáles son sus ejemplos más importantes. Ahora vamos a lo que realmente importa: el análisis crítico del concepto y sus implicaciones.
La subjetividad del valor y los «costos sociales»
El concepto de spillover, tal como lo utiliza la economía convencional, depende de una premisa que rara vez se examina: la idea de que es posible calcular un «costo social» o un «beneficio social» que sea diferente de la suma de los costos y beneficios privados.
Pero esto choca frontalmente con uno de los principios más sólidos de la ciencia económica: la subjetividad del valor. El valor no es una propiedad intrínseca de los bienes o las acciones. Es una apreciación personal, subjetiva, que cada individuo hace según sus propias preferencias, circunstancias y conocimientos.
Si el valor es subjetivo, no hay forma de sumar las «utilidades» o «desutilidades» de distintas personas para obtener un número agregado. No puedo sumar tu molestia por el ruido de una fábrica con mi indiferencia ante ese mismo ruido y obtener un «costo social» objetivo. Son magnitudes inconmensurables.
Cuando un economista dice «el costo social de la contaminación es de X millones de dólares», está haciendo un juicio de valor disfrazado de cálculo técnico. Está asumiendo que puede ponderar las valoraciones de millones de personas diferentes, con preferencias diferentes, en situaciones diferentes, y llegar a un número preciso. Esto no es ciencia: es presunción intelectual.
La falsa distinción entre costo social y costo privado
La distinción entre «costo social» y «costo privado» que introdujo Pigou es, en el fondo, una distinción arbitraria. Toda acción humana tiene consecuencias que se extienden más allá del actor inmediato. Cuando abrís un negocio exitoso, tus competidores pierden clientes. ¿Es eso una «externalidad negativa» que hay que compensar? Cuando plantás un jardín bonito, tus vecinos disfrutan de la vista. ¿Es eso una «externalidad positiva» que hay que subsidiar?
Llevada a sus consecuencias lógicas, la doctrina de las externalidades convierte toda interacción humana en un problema potencial que requiere intervención gubernamental. Si cualquier efecto sobre terceros cuenta como externalidad, entonces no existe ninguna actividad económica libre de externalidades, y el gobierno tendría que intervenir en absolutamente todo.
El problema es más profundo aún. Cuando decimos que hay una «divergencia» entre el costo social y el privado, estamos asumiendo implícitamente que existe alguien capaz de conocer el «verdadero» costo social. ¿Quién tiene esa información? El mercado la procesa a través de los precios, pero el mercado es precisamente lo que la doctrina de externalidades dice que «falla». ¿El gobierno? Los funcionarios no tienen acceso a información que los participantes del mercado no tengan. De hecho, tienen menos, porque no están sujetos a las señales de ganancias y pérdidas que disciplinan a los actores privados.
Externalidades como problema de derechos de propiedad
Existe una forma mucho más coherente y práctica de abordar los spillovers negativos: tratarlos como lo que realmente son en la mayoría de los casos, es decir, violaciones a derechos de propiedad.
Si una fábrica contamina un río y eso daña la propiedad de los pescadores aguas abajo, el problema no es una abstracta «falla del mercado». El problema es que alguien está invadiendo la propiedad de otro. La solución no es un impuesto calculado por un burócrata, sino una demanda judicial por daños a la propiedad.
Este enfoque tiene ventajas enormes sobre el pigouviano.
Primero, no requiere calcular ningún «costo social» agregado. Solo requiere demostrar que hubo un daño concreto a una propiedad concreta. El juez no necesita conocer las utilidades de millones de personas: solo necesita evaluar el daño material sufrido por el demandante.
Segundo, genera incentivos correctos. Si las empresas saben que van a ser demandadas y obligadas a compensar a quienes dañen, tienen incentivos reales para minimizar el daño. Un impuesto pigouviano, en cambio, puede terminar siendo simplemente el «precio» de contaminar, especialmente si es más barato pagar el impuesto que cambiar el proceso productivo.
Tercero, descentraliza la resolución del conflicto. En lugar de depender de un regulador central que nunca tiene toda la información, cada caso se resuelve entre las partes afectadas, con la mediación de un sistema judicial. Esto es mucho más eficiente y justo que una regulación uniforme aplicada desde arriba.
Muchos de los spillovers negativos que la literatura convencional atribuye a «fallas del mercado» son, en realidad, consecuencias de una mala definición o protección de los derechos de propiedad. Si no hay derechos de propiedad claros sobre un recurso (como el aire o un curso de agua), nadie tiene incentivos para cuidarlo ni capacidad legal para demandar a quien lo dañe. La solución no es más Estado, sino mejores y más claros derechos de propiedad.
Por qué los spillovers no justifican la intervención estatal
La conclusión lógica de todo lo anterior es que los spillovers, por sí mismos, no constituyen un argumento válido para la intervención del gobierno en la economía.
Las razones son múltiples.
Primero, la mera existencia de un spillover no demuestra que la intervención gubernamental vaya a mejorar la situación. El gobierno puede equivocarse en el diagnóstico, en la magnitud del problema, en la solución aplicada y en la implementación. Cada uno de estos errores genera nuevos spillovers (negativos) que pueden ser peores que el problema original.
Segundo, los funcionarios públicos no son ángeles omniscientes. Tienen sus propios intereses, sus propias limitaciones de información y sus propios incentivos políticos. La historia está llena de regulaciones que, creadas para «corregir externalidades», terminaron beneficiando a los grupos de presión que las promovieron y perjudicando al público general.
Tercero, como ya vimos, los spillovers más grandes y destructivos de la historia moderna han sido causados por instituciones estatales: bancos centrales que inflaron burbujas, gobiernos que declararon guerras, reguladores que distorsionaron mercados. Darle más poder a la institución que genera los peores spillovers para que «corrija» los spillovers privados es, como mínimo, contradictorio.
Cuarto, el mercado libre, cuando opera con derechos de propiedad bien definidos, tiene mecanismos propios para lidiar con los spillovers: negociación directa entre las partes, demandas por daños, sistemas de reputación, boicots de consumidores, innovación tecnológica que reduce externalidades. Estos mecanismos no son perfectos, pero ningún sistema lo es. La cuestión relevante no es si el mercado resuelve todo perfectamente, sino si la alternativa gubernamental lo resuelve mejor. Y la evidencia histórica sugiere abrumadoramente que no.
Cómo se miden los spillovers (y por qué es problemático)
La medición de spillovers es una de las áreas más problemáticas de la economía empírica. Los métodos más utilizados son los siguientes.
Las tablas de insumo-producto multirregionales (MRIO) combinan datos de comercio internacional y producción sectorial para estimar cómo las actividades económicas en un país afectan a otros. Son útiles para una primera aproximación a nivel macro, pero usan promedios que no capturan la realidad específica de cada empresa o transacción.
Los análisis de ciclo de vida (LCA) evalúan el impacto ambiental y económico de productos específicos a lo largo de toda su cadena de producción. Son más detallados pero requieren cantidades enormes de datos que muchas veces no están disponibles.
Los análisis de flujo de materiales (MFA) rastrean flujos físicos de materias primas a través de cadenas de suministro y entre países. Son útiles para spillovers ambientales pero limitados para los económicos y financieros.
Los modelos econométricos de vectores autorregresivos (VAR) se usan especialmente para medir spillovers financieros y de volatilidad entre mercados. Son los que permitieron cuantificar, por ejemplo, cómo los movimientos de precios del petróleo se propagan hacia las economías latinoamericanas.
El problema fundamental con todos estos métodos es que intentan medir algo que, por su propia naturaleza, resiste la cuantificación precisa. Los spillovers involucran valoraciones subjetivas de millones de personas, efectos que se propagan por canales difíciles de rastrear, y consecuencias que se manifiestan en plazos variables e impredecibles.
Esto no significa que no debamos estudiar los spillovers. Significa que debemos ser honestos sobre las limitaciones de nuestras mediciones y, sobre todo, no usar cifras imprecisas como justificación para políticas públicas que afectan la vida de millones de personas.
Conclusión
Los spillovers son un fenómeno real e importante de la economía. Describir cómo las acciones de unos agentes afectan a otros es perfectamente válido y necesario para entender el funcionamiento del mundo económico.
El problema no está en el concepto descriptivo, sino en el uso político que se le ha dado. La doctrina de las externalidades, desde Pigou en adelante, ha convertido los spillovers en una herramienta retórica para justificar la expansión del poder estatal. Cada vez que alguien identifica un efecto sobre terceros, la conclusión automática es: «se necesita regulación», «se necesita un impuesto», «se necesita una agencia gubernamental que lo controle».
Esta lógica ignora que los costos son subjetivos y no pueden agregarse en un «costo social» objetivo. Ignora que el gobierno carece de la información necesaria para calcular y corregir externalidades. Ignora que los mayores spillovers negativos de la historia fueron causados por los propios gobiernos. Y, sobre todo, ignora que existe una alternativa superior: un sistema de derechos de propiedad bien definidos y un marco legal que permita a los afectados buscar compensación directa.
Entender los spillovers es importante. Pero más importante aún es no dejarse engañar por quienes usan el concepto como excusa para concentrar más poder en manos de quienes, históricamente, han causado los mayores desastres económicos del planeta.
