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Tipos de Liberalismo: Guía Completa desde el Liberalismo Clásico hasta el Anarcocapitalismo

Si estás acá es porque probablemente escuchaste hablar de liberalismo, tal vez te considerás liberal, o simplemente querés entender por qué hay tantos «tipos» de liberalismo que parecen decir cosas completamente distintas.

Lo que descubrí es que el liberalismo no es una doctrina única y cerrada, sino más bien un camino filosófico donde, dependiendo de qué tan coherente seas con tus propios principios, terminás en lugares muy distintos. Algunos se quedan a mitad de camino, otros llegan hasta el final. Y es justamente esa diferencia lo que genera los distintos tipos de liberalismo.

En este artículo voy a explicarte de forma clara cuáles son las principales corrientes liberales, qué defiende cada una, y sobre todo, por qué algunas son más coherentes filosóficamente que otras.

¿Qué es el liberalismo y por qué hay tantos tipos?

El liberalismo es una filosofía política, social y económica que defiende la libertad individual como valor supremo. En su esencia, el liberalismo sostiene que cada persona tiene derecho a vivir su vida como mejor le parezca, siempre que no agreda a otros ni viole sus derechos. Esto incluye la libertad de expresión, de asociación, de comercio, de culto, y fundamentalmente, el derecho a la propiedad privada.1

Ahora bien, ¿por qué existen tantos tipos de liberalismo si todos parten de la misma base? La respuesta está en una pregunta clave: ¿cuál es el rol legítimo del Estado?

Todos los liberales coinciden en que el Estado debe ser limitado. Pero la discusión filosófica se complica cuando intentamos definir qué significa «limitado». ¿Limitado a la defensa, justicia y seguridad? ¿Limitado a establecer reglas de competencia? ¿O directamente abolido porque cualquier intervención estatal es ilegítima?

Esa diferencia en la respuesta genera las distintas corrientes del pensamiento liberal. Algunos liberales aceptan cierto grado de intervencionismo estatal «por el bien común», otros lo toleran solo en áreas muy específicas, y otros directamente concluyen que la existencia misma del Estado es una contradicción con los principios liberales.

Cuando empecé a estudiar la Escuela Austriaca con Huerta de Soto, entendí que la clave no estaba en buscar «el liberalismo correcto» como si fuera una receta, sino en seguir la lógica de los principios hasta sus últimas consecuencias. Y ahí es donde empieza el verdadero debate.

Los 6 tipos de liberalismo ordenados por coherencia filosófica

Voy a presentar las principales corrientes liberales ordenadas de mayor a menor intervención estatal. Esto no es arbitrario: refleja el grado de coherencia entre los principios proclamados y las conclusiones políticas a las que llega cada corriente.

Socioliberalismo (el «liberalismo» que no es tan liberal)

El socioliberalismo, también conocido como liberalismo progresista o social, defiende la libertad individual pero acepta (e incluso promueve) un Estado grande que intervenga activamente en la economía para «garantizar la igualdad de oportunidades» y el bienestar social.

Los socioliberales dicen defender la libertad, pero en la práctica aceptan impuestos altos, redistribución de la riqueza, educación y salud estatales, y todo tipo de regulaciones económicas. Autores como John Rawls o John Stuart Mill (en su etapa más tardía) se asocian con esta corriente.

El problema filosófico del socioliberalismo es evidente: ¿cómo podés defender la libertad individual y al mismo tiempo justificar que el Estado te saque por la fuerza la mitad de tu salario para financiar programas sociales? ¿Cómo sostenés el derecho a la propiedad privada si el Estado puede expropiarte «por el bien común»?

La respuesta socioliberal suele ser que «la libertad real» requiere ciertas condiciones materiales previas, y que el Estado debe garantizarlas. Pero esto es trampa semántica: están redefiniendo «libertad» para incluir derechos positivos (que alguien te dé algo) en lugar de derechos negativos (que nadie te quite nada).

Desde una perspectiva libertaria o anarcocapitalista, el socioliberalismo es una contradicción en los términos. Es más cercano a la socialdemocracia que al liberalismo genuino.

Ordoliberalismo (el Estado como árbitro del mercado)

El ordoliberalismo es una corriente nacida en Alemania que defiende la economía de mercado, pero con un Estado fuerte que establezca las reglas del juego y garantice la competencia. Su idea central es que el mercado libre no surge espontáneamente: necesita un marco legal sólido y un Estado que evite monopolios, cárteles y prácticas anticompetitivas.

Esta corriente fue la base del modelo alemán de posguerra, conocido como «economía social de mercado». Acepta la propiedad privada y el libre comercio, pero justifica una intervención estatal activa en la regulación económica, el control de monopolios y la provisión de ciertos servicios públicos.

El ordoliberalismo tiene más rigor que el socioliberalismo, porque al menos reconoce que el mercado es el mejor asignador de recursos. Pero sigue cayendo en la trampa de creer que el Estado puede ser un árbitro neutral. La historia demuestra lo contrario: el Estado siempre termina siendo capturado por grupos de presión, lobbies y corporaciones que usan la regulación para eliminar competencia.

Además, existe una contradicción lógica, si el Estado es necesario para garantizar la competencia, ¿quién garantiza que el Estado mismo no abuse de su poder monopólico sobre la ley y la fuerza? El ordoliberalismo confía demasiado en la ingeniería social estatal, algo que los austriacos demostraron que es imposible por el problema del cálculo económico.

Liberalismo clásico (la base filosófica)

El liberalismo clásico es la corriente que nació entre los siglos XVII y XVIII con pensadores como John Locke, Adam Smith, Frédéric Bastiat y más adelante Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Esta corriente defiende:

  • La libertad individual como derecho natural
  • La propiedad privada como base de la civilización
  • El libre mercado como orden espontáneo
  • Un Estado limitado a funciones mínimas (aunque no siempre bien definidas)
  • La división de poderes y el Estado de derecho

El liberalismo clásico es la puerta de entrada al pensamiento liberal. Es donde la mayoría empieza su camino, porque tiene autoridad histórica, rigor intelectual y resultados comprobables. Adam Smith demostró cómo la mano invisible del mercado coordina intereses individuales para generar prosperidad general. Bastiat destrozó las falacias económicas del proteccionismo y el intervencionismo. Mises desarrolló la teoría del cálculo económico que demuestra la imposibilidad del socialismo.

Pero el liberalismo clásico tiene una debilidad: no termina de resolver coherentemente el problema del Estado. Todos estos autores reconocen que el Estado es peligroso, que tiende al abuso, que distorsiona la economía. Pero al mismo tiempo, defienden que es necesario para ciertas funciones como la defensa, la justicia y la seguridad.

Acá es donde empieza la incoherencia. Si el Estado es ineficiente, corrupto y propenso al abuso en educación, salud, pensiones, infraestructura… ¿por qué mágicamente sería eficiente, justo y confiable en defensa, policía y tribunales? ¿Por qué aplicar la lógica del mercado a todo excepto a esas áreas?

Por mi experiencia, el liberalismo clásico es una etapa necesaria, pero no el destino final de un liberal coherente. Es como quedarse en el primer escalón cuando la lógica te está pidiendo que sigas subiendo.

Minarquismo (el Estado mínimo… que sigue siendo Estado)

El minarquismo es la corriente que lleva el liberalismo clásico a su expresión más depurada. Defiende un «Estado mínimo» o «Estado vigilante nocturno» limitado exclusivamente a tres funciones:

  1. Defensa nacional (ejército)
  2. Seguridad interna (policía)
  3. Administración de justicia (tribunales)

Todo lo demás (educación, salud, infraestructura, regulación económica) debe quedar en manos privadas y del mercado. Pensadores como Robert Nozick, Ayn Rand o incluso algunos austriacos menos radicales defienden esta postura.

El minarquismo es respetable porque al menos es honesto: acepta que el Estado es un problema, pero cree que un problema pequeño y controlado es preferible a la anarquía. Su argumento suele ser pragmático: «La defensa y la justicia son bienes públicos que el mercado no puede proveer eficientemente».

Pero filosóficamente, el minarquismo sigue siendo incoherente. Si aceptás que el Estado financia sus actividades mediante impuestos, y que los impuestos son coerción (te obligan a pagar bajo amenaza de violencia), entonces estás aceptando que la coerción es legítima en ciertos casos. ¿Pero no era el principio de no agresión la base del liberalismo?

El minarquista te dice: «Bueno, pero es una coerción mínima, solo para cosas esenciales». Pero eso es lo mismo que dice el socioliberal sobre educación y salud, o el ordoliberal sobre regulación económica. Una vez que aceptás que está bien usar violencia para financiar lo que vos considerás «esencial», perdiste toda autoridad moral para criticar a otros que justifican más violencia para financiar lo que ellos consideran esencial.

Me parece contradictorio que autores como Hayek pasaran gran parte de su vida demostrando que el Estado no debería existir (probando en contra de él en educación, salud, economía, planificación central) pero luego salieran a defenderlo para la defensa, la justicia y la seguridad. ¿Por qué la lógica del cálculo económico no aplica a los tribunales? ¿Por qué la competencia es buena para producir alimentos pero mala para producir seguridad?

La única respuesta coherente es que no hay tal excepción. O el mercado funciona mejor que el Estado en todo, o no funciona en nada. El minarquismo es, en el mejor de los casos, un liberalismo tibio que no se anima a llegar hasta el final.

Libertarismo (el paraguas de los liberales radicales)

El libertarismo es más un paraguas filosófico que una corriente específica. Agrupa a todos los liberales que rechazan el estatismo y defienden la libertad individual de forma radical. Dentro del libertarismo podés encontrar tanto minarquistas como anarcocapitalistas.

Lo que une a los libertarios es su compromiso con el principio de no agresión (PNA): nadie tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza contra otra persona o su propiedad. Todo intercambio debe ser voluntario. Todo derecho es un derecho negativo (que no te agredan), no un derecho positivo (que te den algo).

En la práctica, el libertarismo es la versión radicalizada del liberalismo clásico. Mientras que el liberal clásico acepta cierto grado de pragmatismo estatal, el libertario es intransigente con los principios. No hay «excepciones» al principio de no agresión. No hay «coerción mínima aceptable».

El término «libertario» se usa más en Estados Unidos y Latinoamérica. En Europa, el concepto equivalente sería «liberal radical» o directamente «anarquista de libre mercado» (aunque este último término puede generar confusión con el anarquismo de izquierda, que es totalmente distinto).

La evolución natural del pensamiento liberal, si seguís la lógica de los principios sin miedo, te lleva inevitablemente hacia el libertarismo. Y dentro del libertarismo, hacia su forma más pura: el anarcocapitalismo.

Anarcocapitalismo (la coherencia llevada al extremo)

El anarcocapitalismo, también llamado anarquismo de libre mercado o anarquía de propiedad privada, es la única corriente liberal filosóficamente coherente hasta el final. Defiende la abolición completa del Estado y su reemplazo por instituciones voluntarias de mercado.

Los anarcocapitalistas, siguiendo a autores como Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe, Jesús Huerta de Soto y David Friedman, argumentan que:

  1. El Estado es inherentemente ilegítimo porque se financia mediante robo (impuestos) y mantiene su poder mediante violencia (monopolio de la fuerza).
  2. Toda función estatal puede ser provista por el mercado de forma más eficiente, más justa y más pacífica. Esto incluye defensa, seguridad, justicia, resolución de conflictos, todo.
  3. El principio de no agresión no admite excepciones. Si está mal que yo te robe, está mal que el Estado te robe. Si está mal que yo te secuestre, está mal que el Estado te encarcele por no pagar impuestos. No existe la «violencia legítima».
  4. La ética de la autopropiedad es absoluta. Cada persona es dueña de sí misma y de los frutos de su trabajo. Nadie (ni siquiera una «mayoría democrática») tiene derecho a decidir sobre tu vida o tu propiedad.

Cuando empecé siendo liberal, el anarcocapitalismo me parecía algo utópico. Pero cuanto más estudiaba a Rothbard, Hoppe y otros autores, más claro veía que era la única posición coherente. Si aceptás que la libertad es un principio absoluto, si aceptás que la propiedad privada es inviolable, si aceptás que nadie tiene derecho a agredir a otro… entonces no podés hacer excepciones con el Estado.

El recorrido lógico es claro: liberal clásico → minarquista → anarcocapitalista. No es un camino fácil, porque requiere abandonar muchos dogmas y enfrentar el miedo a lo desconocido («¿pero quién va a construir las rutas?»). Pero es el camino de la coherencia.

Y acá viene algo importante: ser anarcocapitalista no significa ser ingenuo. David Friedman, por ejemplo, defiende el anarcocapitalismo desde un enfoque consecuencialista: no solo es lo moralmente correcto, sino que además funciona mejor en la práctica. Sociedades históricas sin Estado (Islandia medieval, Irlanda celta, el viejo oeste americano) demostraron que es posible el orden sin gobierno.

La gran contradicción de los «liberales a medias»

Uno de los fenómenos más frustrantes en el pensamiento liberal es la cantidad de autores brillantes que pasaron décadas demostrando la superioridad del mercado sobre el Estado pero se detuvieron justo antes de llegar a la conclusión lógica.

El caso Hayek es el más paradigmático. Friedrich Hayek escribió obras maestras como «Camino de servidumbre» donde demuestra cómo el intervencionismo estatal lleva inevitablemente al totalitarismo. Desarrolló la teoría del conocimiento disperso que explica por qué la planificación central es imposible. Demostró una y otra vez que el Estado no puede calcular, no puede coordinar, no puede competir con el mercado.

Y sin embargo, cuando llegaba el momento de sacar conclusiones, Hayek defendía la existencia del Estado para defensa, justicia y seguridad. ¿Por qué? ¿Acaso el conocimiento no está disperso también en esas áreas? ¿Acaso los burócratas de los tribunales son más sabios que los empresarios de servicios de arbitraje privado?

La incoherencia es evidente. Hayek pasó su vida probando que el Estado es ineficiente, pero luego lo defendía en las áreas que más monopolio tienen. No hay justificación filosófica para esto, solo pragmatismo conservador.

David Friedman vs su padre es otro ejemplo revelador. Milton Friedman fue un economista brillante que defendió el libre mercado y criticó duramente el intervencionismo. Pero seguía siendo un minarquista tibio: proponía vouchers educativos en lugar de abolir la educación estatal, defendía un banco central «bien administrado» en lugar de abolir el banco central, y aceptaba impuestos «mínimos» para financiar al Estado.

Su hijo, David Friedman, llegó a conclusiones mucho más coherentes. En «The Machinery of Freedom», David demuestra cómo todas las funciones estatales (incluida la defensa y la justicia) pueden ser provistas por el mercado de forma más eficiente y menos violenta. No se quedó a mitad de camino como su padre.

Y después está Milei. Javier Milei se presenta como libertario, cita a Rothbard, dice admirar a los austriacos. Pero en la práctica gobierna como un liberal clásico muy moderado. Mantiene el Estado de bienestar, mantiene impuestos altísimos, mantiene el banco central, mantiene miles de regulaciones. Dice una cosa y hace otra.

Entiendo el argumento pragmático: «No podés abolir el Estado de un día para otro en un país estatista como Argentina». Pero el problema no es la gradualidad, sino la falta de coherencia en el discurso. Si sos anarcocapitalista, decilo claramente y explicá por qué estás haciendo concesiones temporales. Si sos minarquista, admitilo y no vendas otra cosa. Además, las concesiones temporales de Milei no son congruentes ni coherentes.

La coherencia entre principios y práctica importa. No solo por honestidad intelectual, sino porque cuando hacés concesiones sin explicarlas, terminás legitimando al estatismo que supuestamente combatís.

¿Cómo saber qué tipo de liberalismo te representa?

Si llegaste hasta acá, probablemente te estés preguntando: «Bueno, ¿y yo qué soy?». La respuesta depende de qué tan coherente estés dispuesto a ser con tus principios.

Acá va un test simple:

¿Creés que el Estado es necesario para algo?

  • «Sí, para todo o casi todo» → No sos liberal. Sos estatista, socialdemócrata o algo similar.
  • «Sí, para garantizar el bienestar social, redistribuir riqueza y corregir desigualdades» → Sos socioliberal. Tenés ideas liberales en lo cultural pero estatistas en lo económico.
  • «Sí, para establecer las reglas del mercado y evitar abusos» → Sos ordoliberal. Confiás más en el mercado que un socioliberal, pero seguís creyendo en la ingeniería estatal.
  • «Sí, pero solo para defensa, justicia y seguridad» → Sos minarquista (o liberal clásico). Sos coherente en economía, pero tenés un punto ciego con el monopolio estatal de la fuerza.
  • «No, el Estado no es necesario para nada» → Sos anarcocapitalista. Llevaste los principios liberales hasta su conclusión lógica.

Ahora bien, es importante aclarar algo: no se trata de quién es más «puro» o más «radical». Se trata de coherencia lógica. Si vos defendés la propiedad privada, el libre mercado y el principio de no agresión, pero después hacés excepciones para justificar impuestos y monopolios estatales… tenés que explicar por qué esas excepciones son legítimas.

El minarquista tiene que explicar por qué el argumento del cálculo económico no aplica a los tribunales. El ordoliberal tiene que explicar por qué confía en que el Estado regule bien el mercado cuando no puede ni administrar un hospital. El socioliberal tiene que explicar cómo es que redistribuir riqueza por la fuerza no viola la libertad individual.

Podés quedarte en cualquier escalón del camino liberal. Pero al menos sé honesto sobre por qué te quedás ahí y no seguís avanzando.

Autores clave para profundizar en cada corriente

Si querés estudiar en serio las distintas corrientes liberales, acá te dejo los autores más importantes de cada una:

Socioliberalismo:

  • John Rawls: «Teoría de la justicia», «Liberalismo político»
  • John Maynard Keynes: «Teoría general del empleo, el interés y el dinero»

Ordoliberalismo:

  • Walter Eucken: fundador de la Escuela de Friburgo
  • Wilhelm Röpke: defensor de la economía social de mercado

Liberalismo clásico:

  • John Locke: «Dos tratados sobre el gobierno civil»
  • Adam Smith: «La riqueza de las naciones»
  • Frédéric Bastiat: «La ley», «Sofismas económicos»
  • Ludwig von Mises: «La acción humana», «Teoría e historia»
  • Friedrich Hayek: «Camino de servidumbre», «Los fundamentos de la libertad»

Minarquismo:

  • Robert Nozick: «Anarquía, Estado y utopía»
  • Ayn Rand: «La rebelión de Atlas», «El manantial»

Anarcocapitalismo:

  • Murray Rothbard: «La ética de la libertad», «Por una nueva libertad»
  • Hans-Hermann Hoppe: «Democracia: el dios que falló», «Una teoría del socialismo y del capitalismo»
  • Jesús Huerta de Soto: «Socialismo, cálculo económico y función empresarial», «Dinero, crédito bancario y ciclos económicos»
  • David Friedman: «The Machinery of Freedom»

Si tenés que elegir por dónde empezar, yo arrancaría con Bastiat (es cortito, claro y demoledor), después seguiría con Rothbard («Por una nueva libertad» es más accesible que «La ética de la libertad»), y finalmente profundizaría con Hoppe y Huerta de Soto.

Errores comunes al clasificar tipos de liberalismo

Hay varias confusiones que se repiten constantemente cuando la gente habla de liberalismo. Voy a aclarar las más comunes:

1. Confundir libertarismo con anarcocapitalismo

El libertarismo es un paraguas que incluye tanto minarquistas como anarcocapitalistas. No todos los libertarios son ancaps, pero todos los ancaps son libertarios. La diferencia está en si aceptás o no un Estado mínimo.

2. Pensar que neoliberalismo es una corriente filosófica

El término «neoliberalismo» fue acuñado en los años 30 por Alexander Rüstow para describir una tercera vía entre socialismo y capitalismo. Hoy en día, casi nadie se autodefine como neoliberal. El término lo usan principalmente los críticos del libre mercado para atacar cualquier política que no les gusta.

Técnicamente, el «neoliberalismo» original era más parecido al ordoliberalismo o al socioliberalismo que al liberalismo radical. Pero en el debate público, «neoliberal» se convirtió en un insulto vago sin contenido filosófico serio.

3. Creer que todos los austriacos son anarcocapitalistas

La Escuela Austriaca de Economía es una escuela de pensamiento económico, no una posición política específica. Dentro de los austriacos hay liberales clásicos (como Hayek), minarquistas (como Mises en algunas interpretaciones) y anarcocapitalistas (como Rothbard, Hoppe).

Lo que los une es la metodología (individualismo metodológico, praxeología, rechazo del positivismo) y ciertas teorías económicas (teoría subjetiva del valor, teoría del ciclo económico, crítica al intervencionismo). Pero no todos llegan a las mismas conclusiones políticas.

4. Pensar que liberalismo es solo economía

El liberalismo es primero una filosofía moral y política, y recién después una teoría económica. La defensa del libre mercado es una consecuencia de los principios éticos liberales (autopropiedad, no agresión, propiedad privada), no un dogma económico aislado.

Por eso un liberal coherente no puede defender el libre mercado en economía pero apoyar el estatismo en otras áreas. O sos libre en todo (incluyendo drogas, armas, inmigración, expresión) o no sos libre en nada.

5. Confundir conservadurismo con liberalismo

En muchos países, especialmente en Estados Unidos, se usa «liberal» para referirse a la izquierda progresista (lo que en realidad sería socioliberalismo o directamente socialdemócracia). Y se usa «conservador» para referirse a los defensores del libre mercado.

Pero esto es un error histórico. El liberalismo clásico es progresista en el sentido original del término: defiende el cambio, la innovación, la ruptura con tradiciones opresivas. El conservadurismo, en cambio, tiende a defender instituciones tradicionales, el orden establecido, la autoridad.

Puede haber solapamiento (como en el paleolibertarismo, que combina anarcocapitalismo con valores conservadores), pero no son lo mismo. Un liberal coherente no puede defender el autoritarismo cultural ni el nacionalismo.

Conclusión: El liberalismo como proceso evolutivo

Después de este recorrido por las distintas corrientes liberales, la conclusión es clara: el liberalismo no es una foto fija, es un camino de coherencia lógica.

La mayoría de la gente que se acerca al liberalismo empieza como liberal clásico. Es lo más intuitivo, lo más aceptado socialmente, lo que tiene más respaldo académico e histórico. Desde ahí, si seguís estudiando, empezás a notar las contradicciones.

¿Por qué el Estado es malo para producir zapatos pero bueno para producir justicia? ¿Por qué la competencia funciona en supermercados pero no en tribunales? ¿Por qué los impuestos son robo cuando financian educación pero son legítimos cuando financian defensa?

Si sos intelectualmente honesto, esas preguntas te llevan más allá del liberalismo clásico. Te llevan hacia el minarquismo, donde al menos admitís que el Estado debe ser mínimo. Y si seguís siendo honesto, el minarquismo también empieza a mostrar grietas.

Al final, la lógica interna del liberalismo te empuja hacia el anarcocapitalismo. No por radicalismo, no por utopismo, sino por simple coherencia. Si la libertad es valiosa, si la propiedad es legítima, si la agresión es ilegítima… entonces no hay justificación para el Estado. Ninguna.

Por mi experiencia, ese fue el camino que recorrí. Arranqué mirando a Huerta de Soto en YouTube, pensando que era liberal. Me parecía razonable tener un Estado pequeño para ciertas funciones. Pero cuanto más leía a Rothbard y Hoppe, más claro veía que estaba siendo inconsistente. Y cuando finalmente acepté que el anarcocapitalismo era la única posición coherente, todo empezó a tener sentido.

No te voy a mentir: ser anarcocapitalista en un mundo estatista es incómodo. La gente te mira raro, te acusan de utópico, te dicen que sos extremista. Pero la verdad es que defender la libertad total no es extremismo, es coherencia. Extremismo es justificar la violencia estatal.

Así que si estás en el camino liberal, te invito a que sigas avanzando. No te quedes en el liberalismo clásico por miedo o por conveniencia. Seguí la lógica de los principios hasta el final. Estudiá a Rothbard, a Hoppe, a Huerta de Soto, a David Friedman. Y después decidí por vos mismo si querés quedarte a mitad de camino o llegar hasta el final.

Porque al final del día, la libertad no admite medias tintas.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre liberal y libertario?

«Liberal» es el término general que engloba todas las corrientes que defienden la libertad individual y el libre mercado. «Libertario» es una versión más radical del liberalismo, que rechaza el estatismo de forma más intransigente. Todos los libertarios son liberales, pero no todos los liberales son libertarios.

En la práctica, «libertario» suele referirse a minarquistas y anarcocapitalistas, mientras que «liberal» puede incluir también a liberales clásicos más moderados.

¿Qué tipo de liberal es Milei realmente?

Milei se presenta como libertario y ha citado a autores anarcocapitalistas como Rothbard. Sin embargo, en la práctica gobierna como un liberal clásico moderado o incluso como un ordoliberal. Mantiene el Estado de bienestar, mantiene impuestos altos, mantiene el banco central.

Es difícil saber si Milei es genuinamente libertario pero hace concesiones pragmáticas, o si en realidad es un liberal clásico que usa retórica libertaria para diferenciarse. Lo que es claro es que hay una brecha entre su discurso y su práctica.

¿Por qué Hayek defendía el Estado si probó su ineficiencia?

Esa es exactamente la contradicción que señalo en el artículo. Hayek demostró brillantemente por qué el Estado no puede calcular, no puede coordinar, no puede competir con el mercado. Pero cuando llegaba el momento de sacar conclusiones, se detenía y defendía un Estado mínimo para defensa y justicia.

No hay una justificación filosófica coherente para esto. Es más bien una concesión pragmática o conservadora. Hayek tal vez temía que el anarcocapitalismo fuera demasiado radical o irrealista, pero eso no cambia el hecho de que su teoría del conocimiento disperso aplica también a las funciones estatales que él quería preservar.

¿El anarcocapitalismo es viable en la práctica?

Esta es la pregunta que todo anarcocapitalista escucha mil veces. La respuesta corta es: sí, y de hecho ya existió en diferentes formas históricas.

La Islandia medieval (930-1262) funcionó sin Estado durante más de 300 años. La Irlanda celta tuvo un sistema de derecho privado (las Brehon Laws) durante siglos. El viejo oeste americano, antes de que llegara la estatalización, tuvo agencias privadas de seguridad y justicia que funcionaban razonablemente bien.

Pero más allá de los ejemplos históricos, la pregunta importante es: ¿es lógicamente posible? Y la respuesta es que sí. David Friedman en «The Machinery of Freedom» explica cómo podrían funcionar la defensa privada, los tribunales de arbitraje, las agencias de seguridad, todo sin necesidad de monopolio estatal.

¿Sería perfecto? No. Pero el Estado tampoco es perfecto. La pregunta no es «¿el anarcocapitalismo es utópico?» sino «¿es mejor que el estatismo?». Y la evidencia teórica e histórica sugiere que sí.

¿Qué tipo de liberalismo es más popular en Argentina?

Históricamente, Argentina tuvo una tradición liberal clásica bastante fuerte en el siglo XIX (la Generación del 80, la Constitución de 1853). Pero durante el siglo XX, el peronismo y el estatismo arrasaron con eso.

Hoy en día, con el surgimiento de Milei y el movimiento libertario, hay un resurgimiento del interés por el liberalismo. Dentro de ese movimiento hay de todo: liberales clásicos moderados, minarquistas, y una cantidad importante de anarcocapitalistas (especialmente entre los más jóvenes que descubrieron el liberalismo por YouTube y redes sociales).

El anarcocapitalismo en Argentina tiene una presencia sorprendentemente fuerte comparado con otros países, en gran parte gracias a la difusión de autores austriacos como Huerta de Soto y la traducción de obras de Rothbard y Hoppe. Hay muchos pibes que, como yo, arrancaron viendo conferencias en YouTube y terminaron siendo ancaps coherentes.

  1.  Real Academia Española. «liberalismo»Diccionario de la lengua española (23.ª edición). ↩︎

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Economía austríaca, libertad y paz.

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