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Una crítica Económica al Nacionalsocialismo Alemán

Ludwig von Mises, en Omnipotent Government (1944), estableció la naturaleza del sistema económico nazi. El Tercer Reich implementó lo que Mises denominó Zwangswirtschaft (economía dirigida o de obediencia), un modelo en el cual la titularidad nominal de los medios de producción permanece en manos privadas, pero el control efectivo sobre las decisiones empresariales fundamentales es transferido al Estado. Mises fue categórico: este sistema es una variante del socialismo, porque el criterio definitorio de un orden socialista no es la titularidad jurídica formal, sino la localización real del poder de decisión sobre el uso de los factores productivos.

Günter Reimann documentó empíricamente esta realidad en The Vampire Economy: Doing Business Under Fascism (1939), escrito mientras el régimen aún estaba en funcionamiento. Los empresarios alemanes debían obtener autorización estatal para prácticamente toda decisión relevante: qué bienes producir, en qué cantidades, con qué insumos, a qué precios vender, a quién emplear, qué salarios pagar, cómo distribuir beneficios y dónde invertir. El incumplimiento de las directrices del Reichswirtschaftsministerium (Ministerio de Economía del Reich) acarreaba sanciones que iban desde la confiscación hasta el campo de concentración.

Rothbard profundizó este análisis señalando que la distinción entre socialismo de tipo soviético (propiedad estatal formal) y socialismo de tipo nazi (control estatal con propiedad nominal privada) es una diferencia de forma, no de sustancia. En ambos casos, el mecanismo de asignación de recursos basado en la propiedad privada, los precios de mercado y el cálculo económico es sustituido por la planificación burocrática. Las consecuencias económicas (mala asignación de recursos, destrucción de capital, empobrecimiento generalizado) son estructuralmente idénticas.

El problema del cálculo económico bajo el nacionalsocialismo

El teorema de la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo, formulado por Mises en 1920 y desarrollado en Die Gemeinwirtschaft (1922), constituye la herramienta analítica más poderosa para comprender el fracaso económico inherente al modelo nazi.

Mises demostró que en ausencia de propiedad privada genuina sobre los medios de producción no pueden emerger precios de mercado auténticos para los factores productivos. Sin precios de mercado para bienes de capital, tierra y trabajo, el cálculo económico racional (la comparación entre costos y rendimientos esperados de usos alternativos de los recursos) se torna imposible. El planificador central opera a ciegas, sin un mecanismo que le permita determinar si los recursos están siendo asignados a sus usos más valorados por los consumidores o están siendo despilfarrados.

El régimen nazi enfrentó este problema en toda su magnitud. El sistema de controles de precios implementado por el Reichskommissar für die Preisbildung (Comisario del Reich para la Formación de Precios) destruyó progresivamente la función informativa y coordinadora del sistema de precios. Los precios dejaron de reflejar las valoraciones subjetivas de consumidores y productores y las condiciones reales de escasez relativa, convirtiéndose en cifras arbitrarias fijadas por burócratas.

Las consecuencias fueron las que la teoría austríaca muestra: escasez de bienes de consumo, colas, mercados negros, acumulación de inventarios de bienes no deseados, sobreproducción en sectores políticamente privilegiados (industria militar) y subproducción en sectores desatendidos (bienes de consumo civil). El aparente éxito económico del nazismo entre 1933 y 1939 (frecuentemente invocado por historiadores superficiales) fue un artefacto contable sostenido por cuatro pilares insostenibles, gasto militar financiado con deuda y expansión monetaria, confiscación de propiedad judía, controles de precios que ocultaban la inflación real, y la acumulación de desequilibrios que solo la guerra podía resolver (o, más precisamente, postergar.)

Inflación, financiamiento bélico y destrucción monetaria

La política monetaria del Tercer Reich ilustra con particular claridad la tesis rothbardiana sobre la alianza estructural entre el Estado y el sistema bancario como mecanismo de expropiación silenciosa.

El régimen nazi heredó el Reichsbank, el banco central alemán, y lo sometió a un control político directo que eliminó incluso las débiles pretensiones de independencia que había mantenido durante la República de Weimar. Hjalmar Schacht, primero como presidente del Reichsbank y luego como ministro de Economía, diseñó un sofisticado aparato de financiamiento inflacionario encubierto. El instrumento central fueron los Mefo-Wechsel (letras Mefo), pagarés emitidos por una empresa fantasma, la Metallurgische Forschungsgesellschaft, que eran redescontados por el Reichsbank. Este mecanismo permitía al Estado financiar el rearme sin que el gasto apareciera directamente en el presupuesto público y sin una emisión monetaria formalmente visible en las estadísticas oficiales.

Si vemos la teoría austríaca del ciclo económico, desarrollada por Mises en Theorie des Geldes und der Umlaufmittel (1912) y ampliada por Hayek en Prices and Production (1931), la expansión crediticia orquestada por el régimen nazi generó una distorsión masiva de la estructura intertemporal de la producción. La reducción artificial de la tasa de interés mediante la expansión del crédito envió señales falsas a los empresarios, incentivando inversiones en proyectos de largo plazo (particularmente en industria pesada y armamentística) que no estaban respaldados por ahorro voluntario real.

Rothbard, en America’s Great Depression (1963), demostró que este mismo mecanismo fue responsable del auge insostenible de los años veinte en Estados Unidos. El caso nazi presenta la misma estructura causal, pero con una particularidad, el régimen utilizó conscientemente la expansión crediticia no como una política anticíclica keynesiana (doctrina que, irónicamente, aún no estaba formulada cuando los nazis comenzaron a aplicar estas políticas), sino como un instrumento deliberado de financiamiento bélico encubierto.

La inflación resultante fue suprimida superficialmente mediante controles de precios (lo que Mises denominó inflación reprimida), pero se manifestó inevitablemente en escasez generalizada, deterioro de la calidad de los productos, racionamiento y expansión del mercado negro. El consumidor alemán experimentó una reducción real de su nivel de vida que las estadísticas oficiales del régimen ocultaban sistemáticamente.

Autarquía y proteccionismo: la regresión económica

La política comercial del Tercer Reich constituye un caso extremo de lo que Mises analizó como intervencionismo en el comercio exterior. El programa autárquico nazi (la pretensión de autosuficiencia económica nacional) contradice frontalmente la ley ricardiana de la ventaja comparativa y la demostración misesiana de que la división internacional del trabajo es el fundamento de la prosperidad.

El Neuer Plan de Schacht (1934) instauró un sistema de controles de cambio, licencias de importación, acuerdos bilaterales de clearing y asignación burocrática de divisas que destruyó el comercio exterior alemán como mecanismo de mercado. Las importaciones dejaron de estar determinadas por las decisiones de consumidores y empresarios operando con precios de mercado y pasaron a ser asignadas por funcionarios del Reichsstelle für Devisenbewirtschaftung (Oficina del Reich para la Administración de Divisas) según criterios políticos y militares.

Mises había advertido con décadas de anticipación que el proteccionismo genera una cadena causal que conduce lógicamente al conflicto bélico. Cuando un Estado restringe la capacidad de sus ciudadanos para acceder a bienes y recursos extranjeros mediante el intercambio voluntario, crea artificialmente las escaseces que luego invoca como justificación para la conquista territorial. El concepto nazi de Lebensraum (espacio vital) es la expresión geopolítica de una premisa económica mercantilista: la creencia (refutada por toda la ciencia económica desde Adam Smith) de que la prosperidad de una nación depende del control territorial de recursos naturales.

Rothbard fue particularmente incisivo al señalar que bajo un régimen de libre comercio irrestricto, la extensión territorial de una jurisdicción es económicamente irrelevante. Hong Kong, con 1.100 km², alcanzó niveles de prosperidad superiores a los de la Alemania nazi, que controló en su apogeo territorial más de 3,5 millones de km². La diferencia no se explica por recursos naturales, demografía ni geografía, sino por el sistema institucional: propiedad privada y libre comercio versus planificación estatal y autarquía.

El corporativismo nazi y la teoría austríaca del intervencionismo

El sistema corporativista nazi (la organización obligatoria de todas las actividades económicas en cámaras, gremios y asociaciones bajo supervisión estatal) ilustra con precisión la tesis misesiana sobre la dinámica del intervencionismo expuesta en Kritik des Interventionismus (1929) y sistematizada en Human Action (1949).

Mises demostró que toda intervención estatal en el mercado produce consecuencias no deseadas que, desde la perspectiva del propio interventor, son peores que la situación que se pretendía corregir. Esto coloca al gobierno ante una alternativa: o bien retira la intervención y permite que el mercado se reajuste, o bien impone una nueva intervención para «corregir» los efectos de la primera, generando a su vez nuevas distorsiones que demandan nuevas intervenciones. La lógica interna de este proceso es acumulativa y unidireccional: cada intervención exige la siguiente, y el resultado final, si el proceso no se detiene, es la planificación centralizada total, es decir, el socialismo.

El Tercer Reich recorrió esta espiral intervencionista a velocidad acelerada. Los controles de precios generaron escasez; la escasez exigió racionamiento; el racionamiento requirió un aparato burocrático de distribución; la distribución centralizada necesitó controles sobre la producción; los controles sobre la producción demandaron la dirección estatal de la inversión; la dirección de la inversión implicó el control del sistema financiero; y el control del sistema financiero completó el círculo, otorgando al Estado el dominio total sobre la vida económica. Todo esto en menos de seis años (1933-1939).

Jesús Huerta de Soto señaló correctamente, desarrollando las tesis de Mises y Hayek, que este proceso no es meramente una tendencia empírica sino una necesidad teórica derivada de la naturaleza misma de la función empresarial. La intervención estatal no solo distorsiona los precios, sino que impide el ejercicio de la función empresarial (la capacidad de descubrir y explotar oportunidades de ganancia basadas en información dispersa y conocimiento tácito). Al bloquear esta función, el intervencionismo destruye el mecanismo mismo por el cual la sociedad genera y transmite la información necesaria para la coordinación de los planes individuales.

El gasto militar como destrucción de riqueza

Persiste en la historiografía económica mainstream la tesis de que el régimen nazi resolvió el desempleo y reactivó la economía alemana mediante el gasto militar. Esta interpretación, de raíz proto-keynesiana, confunde actividad económica con creación de riqueza.

Rothbard, siguiendo a Mises, insistió en la distinción categórica entre producción para el mercado (bienes y servicios que satisfacen las necesidades de los consumidores según sus propias valoraciones) y producción para el Estado (bienes que el Estado sustrae del proceso de mercado y destina a fines políticos). Un tanque Panzer, una fábrica de municiones o una autopista construida con trabajo forzado no constituyen riqueza en ningún sentido económico significativo. Representan recursos (acero, combustible, mano de obra, capital) que fueron sustraídos de usos productivos que los consumidores habrían elegido voluntariamente y redirigidos hacia fines determinados por la burocracia estatal.

El pleno empleo nazi fue un fraude contable de la misma naturaleza que el pleno empleo soviético. Si el Estado obliga a millones de hombres a cavar trincheras o fabricar bombas, el desempleo estadístico desaparece, pero la riqueza real de la sociedad no aumenta: disminuye, porque esos millones de hombres han sido sustraídos de la producción de bienes que los consumidores realmente demandaban. Bastiat lo había formulado con claridad insuperable un siglo antes en su parábola de la ventana rota: lo que se ve (el empleo generado por el gasto militar) oculta lo que no se ve. Los bienes de consumo, las viviendas, los alimentos, la ropa, los servicios que no fueron producidos porque los recursos fueron desviados a la maquinaria bélica.

Henry Hazlitt, en Economics in One Lesson (1946), generalizó este principio y lo aplicó explícitamente al caso de la economía de guerra. El nivel de vida del ciudadano alemán promedio en 1939 era inferior al de 1929 en términos reales, a pesar de una década de estímulo fiscal masivo. El racionamiento de alimentos, textiles, combustible y bienes de consumo básicos estaba en vigor antes del inicio de la guerra. La prosperidad nazi era una Potemkin económica sostenida por propaganda, controles de precios y represión.

Confiscación, arianización y la destrucción del capital

La política de arianización (la expropiación sistemática de empresas y bienes propiedad de ciudadanos judíos) constituye, además de un crimen contra la propiedad privada, un caso paradigmático de destrucción de capital.

Cuando el Estado confisca una empresa y la transfiere a un nuevo propietario seleccionado por criterios políticos y raciales en lugar de por su capacidad empresarial, se destruye el vínculo entre propiedad y función empresarial que es el fundamento de la eficiencia económica. Hoppe enfatizó que la propiedad privada no es meramente un derecho, es un mecanismo de selección que asegura que los recursos productivos tiendan a concentrarse en manos de quienes demuestran mayor capacidad para satisfacer las demandas de los consumidores. La arianización invirtió este proceso: los recursos fueron transferidos de empresarios competentes a individuos cuyo único mérito era su clasificación racial, con la consiguiente destrucción de conocimiento empresarial acumulado, redes comerciales, capital relacional y capacidad de gestión.

Este fenómeno es análogo a lo que ocurre con toda redistribución estatal de la propiedad: la expropiación destruye los incentivos para la acumulación de capital, penaliza la previsión y la eficiencia, y recompensa la cercanía al poder político. Como Rothbard señaló en Power and Market, todo impuesto y toda regulación es, en esencia, una confiscación parcial que opera bajo la misma lógica que la arianización nazi, aunque en grado menor. La diferencia entre el impuesto a la renta y la confiscación nazi es cuantitativa, no cualitativa: en ambos casos, el Estado se arroga el derecho de disponer de la propiedad ajena.

La economía de guerra como reductio ad absurdum del estatismo

La transición de la economía nazi a una economía de guerra total a partir de 1939 (y particularmente tras la designación de Albert Speer como ministro de Armamentos en 1942) representa la culminación lógica del proceso intervencionista descrito por Mises. Cuando el Estado controla ya la totalidad de las decisiones económicas relevantes, la distinción entre economía de paz y economía de guerra se disuelve, todo el aparato productivo es un instrumento del poder estatal, y la guerra es simplemente la manifestación exterior de la violencia que el Estado ya ejerce internamente contra su propia población.

Speer logró incrementos notables en la producción de armamento entre 1942 y 1944 mediante una racionalización de la producción que los historiadores convencionales citan frecuentemente como evidencia de eficiencia. Este argumento ignora que dicha eficiencia fue lograda mediante trabajo esclavo a escala industrial (millones de trabajadores forzados y prisioneros de campos de concentración), la destrucción completa de la producción civil, y una explotación depredadora del stock de capital existente sin reposición, lo que es consumo de capital. La Alemania de 1945 estaba físicamente destruida no solo por los bombardeos aliados, sino por la canibalización sistemática de su propia estructura productiva.


«El programa económico del nacionalsocialismo no difiere del de otros partidos socialistas e intervencionistas. Lo que lo distingue es su método político: la violencia abierta en lugar de la manipulación gradual» — Ludwig von Mises, Omnipotent Government

Miguel Hernández

Miguel Hernández

Economía austríaca, libertad y paz.

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