Hay una regla que Rothbard aplicaba a cualquier sistema político: juzgar a los hombres por sus acciones, no por sus proclamas. Cuando un individuo dice una cosa y hace exactamente lo contrario, la única conclusión intelectualmente honesta es que estaba mintiendo desde el principio o que carece de los principios que afirma sostener. En el caso de Milei, ambas posibilidades son igualmente devastadoras.
A ocho meses de gestión, el hombre que llegó a la Casa Rosada prometiendo destruir a la casta la puso cómodamente en el poder.
El 70% que no se puede ignorar
El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica publicó en febrero de 2024 un análisis que todo libertario honesto debería haber tomado como una alarma. El índice de casta del gobierno de Milei resultó ser del 70,5%, siete de cada diez personas de su gobierno son casta según su propia definición. Sobre un total de 78 personas que ocupan los puestos de más alto nivel, hay 55 funcionarios que ya fueron parte de otros períodos de gestión.
Esto no lo dijo la izquierda para atacarlo ideológicamente. Esto surge de aplicar la definición que el propio Milei utilizó durante toda su campaña, la casta es todo aquel que haya participado de una u otra forma en la vieja política, sea con cargo en el Poder Ejecutivo, Legislativo o Judicial, a nivel nacional, provincial o municipal, o que haya tenido algún tipo de responsabilidad en un partido político antes del nacimiento de La Libertad Avanza. Con ese criterio, Milei construyó un gobierno de casta.
Esto no es una sorpresa táctica ni una concesión pragmática tolerable. Es la demostración de que el aparato estatal no cambia de naturaleza porque cambie el orador que lo ocupa. El Estado es el Estado, atrae, selecciona y reproduce a quienes saben operar dentro de él. Y quienes saben operar dentro del Estado argentino son, precisamente, los mismos de siempre.
Los macristas en el comando
La composición del gabinete inicial muestra claramente cuál fue el verdadero acuerdo político detrás del balotaje. Patricia Bullrich ocupa el Ministerio de Seguridad y Luis Caputo el Palacio de Hacienda. Ambos son macristas de la primera hora. A estos se suma Federico Sturzenegger, otro cuadro del macrismo, como ministro sin cartera.
Que Milei haya incorporado a Bullrich y a Toto Caputo no es un detalle menor de armado político. Es la definición misma de lo que él llamaba casta. Patricia Bullrich tiene décadas en la política argentina, fue ministra de Trabajo de De la Rúa, ministra de Seguridad de Macri, y candidata presidencial del PRO. El mismo la llamó montonera terrorista. Luis Caputo fue secretario de Finanzas y ministro de Hacienda de Macri, el mismo gobierno que en cuatro años de gestión duplicó la deuda externa y cerró con un acuerdo con el FMI por 57.000 millones de dólares, el mayor de la historia de ese organismo. Milei también lo criticó a Caputo en su momento.
Estos son los hombres y mujeres de la supuesta libertad.
En el dispositivo oficial hay referentes de enorme protagonismo ya desde el inicio: la propia Bullrich, Luis Toto Caputo, y Federico Sturzenegger. Y además hay sembrados dirigentes del PRO en segundas y terceras líneas, más por orfandad de cuadros técnicos que por decisión del Presidente. La confesión es que Milei no tenía cuadros propios porque nunca construyó nada. Llegó al poder sobre el lomo del establishment político y mediático que decía combatir.
Scioli, el símbolo perfecto del fraude
Si hubiera que elegir un solo nombre para ilustrar la hipocresía del proyecto mileísta, ese nombre es Daniel Scioli. Daniel Scioli continuó como embajador de Brasil bajo el gobierno de Milei.
Daniel Scioli. El hombre que fue vicepresidente de Néstor Kirchner, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante ocho años, candidato presidencial del kirchnerismo en 2015 y ministro de Desarrollo Productivo de Alberto Fernández. Ese Scioli, ese hombre que encarna con mayor nitidez que casi nadie la continuidad del modelo estatista kirchnerista, fue ratificado por el anarcocapitalista Milei en uno de los cargos más importantes de la diplomacia argentina.
No hay manera de racionalizar esto desde la teoría libertaria. No hay argumento praxeológico posible. Es simplemente política de la peor especie, la que dice A y hace B.
La rosca que reemplazó a la motosierra
El método de gobierno que Milei desplegó es exactamente el que siempre criticó. En campaña, la casta era una categoría amplia donde entraban radicales, el PRO, peronistas, sindicatos, empresarios amigos del Estado y cualquier dirigente con más de dos reuniones en un despacho oficial. Ya en el Gobierno, en cambio, la palabra fue achicando hasta desaparecer. En la última apertura de sesiones ordinarias, Milei no usó la palabra casta en su discurso.
¿Por qué desapareció la palabra? Porque el método desapareció también. En la práctica convive con un sistema político al que supo domesticar en parte y negociar, ante la necesidad de gestión y gobernabilidad. La casta dejó de ser una práctica y pasó a ser un problema de identidad partidaria.
Esto es lo que Rothbard llamaba el ciclo inevitable del reformismo estatal, quien entra al Estado para cambiarlo termina siendo cambiado por el Estado. No porque el individuo sea necesariamente corrupto en el sentido vulgar del término, sino porque la lógica de la acción política dentro del aparato estatal produce esos resultados con la misma regularidad con que el mercado produce precios. La institución moldea al actor.
La absorción del PRO
Milei decidió crear una mesa política reducida con asiento para Karina Milei, secretaria General de la Presidencia, Santiago Caputo, asesor y estratega presidencial, Guillermo Francos, Patricia Bullrich y Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados.
Que Martín Menem sea el presidente de la Cámara de Diputados merece un párrafo aparte. Los Menem, la familia que representa con mayor transparencia el modelo de capitalismo de amigos, la obra pública como botín, el endeudamiento irresponsable y la convertibilidad fraudulenta que terminó en el colapso de 2001. Esa es la familia que hoy preside el cuerpo legislativo del gobierno libertario.
La convergencia con el PRO no fue una negociación entre iguales. Fue la colonización del proyecto mileísta por parte del establishment político que ya gobernó Argentina entre 2015 y 2019 y la dejó en peores condiciones que cuando llegó, con más deuda, más déficit diferido y el mismo aparato regulatorio intacto. Santiago Caputo lidera el nexo con el sindicalismo, con Héctor Daer y Gerardo Martínez entre sus interlocutores preferidos. Lo ayuda Manuel Vidal, ex funcionario del PRO. De esa cantera surgió otra ex funcionaria macrista que trabaja en Casa Rosada, Noelia Ruiz.
El sindicalismo, el PRO, los Menem, Scioli. ¿Dónde está la revolución?